"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Geoingeniería solar: experimentando con el clima terrestre

Muchos son los que se oponen a rociar partículas en la atmósfera, pero un pequeño grupo de investigadores dicen que merece la pena estudiar estos enfoques antes de que sea demasiado tarde

Por Tien Nguyen, 26 de marzo de 2018

cen.acs.org

Estos proyectos grandiosos que los climatólogos más sensatos rechazan por las “acciones imprevistas” que podrían desencadenar, recuerdan los delirios de un científico loco de tebeo”. – “Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible”, René Riesel y Jaime Semprun.

La primera vez que Frank Keutsch oyó hablar de la geoingeniería solar, pensó que la idea era aterradora. Para el químico atmosférico de la Universidad de Harvard, proyectos como rociar millones de toneladas de partículas de sulfato en el cielo para reflejar los rayos del sol y enfriar el planeta parecían peligrosos. Las estrategias no sólo podrían alterar la atmósfera de manera inesperada, sino que también podrían alterar dramáticamente el clima y dañar la vida de los habitantes de la Tierra.

“Es un tema muy polémico, y por una buena razón”, dice Keutsch. Claro, las incógnitas de abrir lo que equivale a una sombrilla química sobre nuestras cabezas son preocupantes. Pero aún más preocupante, dice Keutsch, es el “riesgo moral” de la geoingeniería solar: la idea de que en lugar de abordar directamente la causa del cambio climático, reduciendo el uso de combustibles fósiles, los seres humanos recurrirían a la geoingeniería solar para simplemente evitar sus síntomas. El término “riesgo moral”, tomado de los economistas, describe la tentación de las personas de adoptar decisiones más arriesgadas cuando se sienten a salvo de las consecuencias.

Los científicos han discutido la geoingeniería solar en voz baja durante años, pero temores como el de Keutsch significaban que los experimentos eran un tema tabú. Eso comenzó a cambiar en 2006, cuando Paul J. Crutzen, que había compartido el Premio Nobel de Química más de una década antes por su trabajo sobre el deterioro de la capa de ozono, escribió un polémico ensayo en el que solicitaba la investigación de la geoingeniería estratosférica (Clim. Change 2006, DOI: 10.1007/s10584-006-9101-y). Si bien esperaba un mundo en el que redujéramos las emisiones de carbono hasta el punto de que estas medidas arriesgadas nunca fueran necesarias, escribió: “En la actualidad, esto parece un anhelo piadoso”.

En la década transcurrida, un número relativamente pequeño de grupos de investigación ha asumido el compromiso de Crutzen, en su mayoría realizando estudios teóricos. Ahora algunos dicen que están listos para realizar experimentos en el mundo real, posiblemente a finales de este año.

Pero la mayoría de los científicos todavía encuentran esta idea profundamente preocupante. Entre ellos se encuentra Daniel Cziczo, un científico de la atmósfera del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Para Cziczo, la idea de rociar sulfatos en el aire como respuesta al cambio climático es un fracaso porque destruiría el ozono. Tampoco aborda la acidificación de los océanos, uno de los efectos secundarios más perjudiciales del cambio climático.

Investigadores de Harvard proponen, a finales de este año, realizar el primer experimento de geoingeniería solar en la vida real: un globo volando a 20 km del suelo que liberaría un penacho de partículas, como hielo y CaCO3, para luego estudiar sus propiedades físicas y químicas.

“Los científicos están lanzando propuestas que a veces son una locura absoluta”, dice Cziczo. Es “totalmente ilógico”, dice, enseñar a la gente a reducir las emisiones de carbono a la vez que se impulsa una opción que les permite ignorar sus consejos.

Aún así, los responsables gubernamentales y los partidarios de la investigación en geoingeniería siguen evaluando sus opciones. Dos son las clases principales que componen las técnicas de geoingeniería: la geoingeniería solar -también conocida como modificación de albedo- que se centra en reflejar la luz solar antes de que llegue a la Tierra, y la captura directa de aire, un conjunto de técnicas para succionar el dióxido de carbono del aire exterior. En 2015, las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EE. UU. evaluaron las propuestas para ambos tipos de enfoques en un par de informes y concluyeron que no había suficiente información para recomendar ninguna de estas tecnologías de geoingeniería para su aplicación a gran escala.

Algunos en el Congreso están ahora pidiendo a las Academias Nacionales que reevalúen sus estudios, especialmente de geoingeniería solar.

A finales del año pasado, después de la primera audiencia del Congreso sobre geoingeniería, centrada principalmente en tecnologías solares, en la Cámara de Representantes de Estados Unidos, los demócratas Jerry McNerney de California y Eddie Bernice Johnson de Texas propusieron el proyecto de ley H.R. 4586 para que “las Academias Nacionales estudien e informen sobre una agenda de investigación para avanzar en la comprensión de las estrategias de modificación de albedo, y para otros fines”. La captura directa de aire, la otra rama de la geoingeniería, también ha captado el interés federal. Este mes, el Congreso introdujo un incentivo fiscal diseñado para estimular el gasto en la captura de carbono, tanto desde fuentes puntuales como las centrales térmicas como directamente desde el aire circundante.

Mientras tanto, con un océano entre medias, representantes de muchas de las naciones del mundo se reunían en Bonn para discutir los próximos pasos en la reducción de emisiones para cumplir con las metas del Acuerdo de París de 2015, que tiene como objetivo limitar el aumento de las temperaturas globales a menos de 2 °C para el año 2100. Los EE.UU. no estuvieron presentes en esta reunión, después de haber dejado el acuerdo unos meses antes.

De hecho, todavía creo que es un concepto aterrador”.

-Frank Keutsch , químico líder en experimentos de geoingeniería solar al aire libre, Universidad de Harvard

En medio de todas estas discusiones científicas y políticas, un equipo de investigadores de Harvard propone lanzar el primer experimento de geoingeniería solar al aire libre cerca de Tucson a finales de este año. El grupo planea lanzar al aire a 20 km de altura un globo con mecanismos que permitirían la descarga de partículas en una superficie de 1 km de largo y 100 metros de ancho, luego dar la vuelta y estudiar las propiedades físicas básicas de las partículas en la atmósfera superior.

Dirigiendo esta prueba estratosférica, a pesar de su inquietud inicial, está Keutsch.

“De hecho, sigo pensando que es un concepto aterrador”, dice. “Pero al mismo tiempo, si miras las predicciones del cambio climático, creo que también son muy aterradoras”.

Keutsch, al igual que los demás científicos que estudian la geoingeniería solar, insiste en que la reducción de las emisiones de carbono debe ser la primera prioridad de la sociedad. Pero mientras tanto, dice, una mayor comprensión de los riesgos que implica la geoingeniería solar a través de experimentos podría ser útil. “El conocimiento es mejor que la ignorancia.”

Si el incipiente campo avanza -y algunos esperan asegurarse de que no lo haga-, los investigadores en geoingeniería solar no carecerán de preguntas a las que responder: ¿Qué tipos de partículas deberían liberarse en el cielo? ¿Cuántas partículas y dónde? ¿Qué pasa cuando caen a la Tierra? Y tal vez lo más apremiante: ¿Quién decide si es algo apremiante y cuándo hacerlo?

Modelos avanzados muestran que rociar partículas de sulfato en la atmósfera podría enfriar la Tierra a medida que las emisiones de gases de efecto invernadero continúan provocando el aumento de la temperatura global, pero estas estrategias conllevan peligrosos efectos secundarios, como el agotamiento de la capa de ozono, la lluvia ácida y los cambios en los patrones climáticos.

La geoingeniería solar, aunque suene a ciencia ficción, no fue concebida desde el aire. Los científicos se inspiraron en un acontecimiento natural: la erupción del Monte Pinatubo en 1991 en Filipinas. El segundo estallido volcánico más importante del siglo XX, arrojó cenizas y 17 megatones de dióxido de azufre a 35 km hacia el cielo. Durante varios años, el SO2 permaneció en la atmósfera, reaccionando con los productos químicos de la atmósfera para formar partículas de aerosol de sulfato que reflejaban la luz solar y provocaban una caída de la temperatura global de 0,5 °C. Una vez que esas partículas finalmente descendieron a la Tierra, la temperatura se recuperó.

Erupción del volcán Pinatubo en 1991, Filipinas. Los efectos de la erupción se sintieron en todo el mundo. Envió grandes cantidades de gases hacia la estratósfera más que cualquier otra erupción desde la del Krakatoa, en Indonesia, en 1883. Los gases emitidos produjeron una capa global de ácido sulfúrico durante los meses siguientes. Las temperaturas globales bajaron aproximadamente 0,5 °C , y la destrucción de la capa de ozono aumentó de manera importante.

Siguiendo el ejemplo de la explosión tropical, algunos científicos desarrollaron modelos climáticos que simularon lo que sucedería si los sulfatos fueran rociados en la atmósfera en el ecuador, donde se encuentra el Monte Pinatubo. Otros fueron aún más simples, eliminando los sulfatos de la ecuación y simulando lo que pasaría si pudiéramos bajar el brillo del sol con un interruptor de atenuación imaginario. Ambos tipos de modelos revelaron que las temperaturas globales descenderían; sin embargo, el enfriamiento ocurriría de manera desigual, siendo mayor en los trópicos y menor en las áreas árticas.

El pasado otoño, varios de estos investigadores en modelos de geoingeniería solar que participaron en una colaboración que incluía a cuatro instituciones, presentaron uno de los modelos de geoingeniería solar más avanzados. El modelo tiene en cuenta la química atmosférica compleja, la dinámica atmosférica y la formación de aerosoles de sulfato y, por primera vez, permite a los científicos diseñar, en lugar de sólo predecir, resultados climáticos específicos (J. Geophys. Res.: Atmos. 2017, DOI: 10.1002/2017jd026888).

Según el modelo, que asume que los seres humanos no van a tener éxito en la reducción de sus emisiones, si la geoingeniería solar comenzara en 2020, las temperaturas globales podrían estabilizarse en el nivel de ese año para el resto del siglo. La estrategia consistiría en rociar cantidades cada vez mayores de dióxido de azufre en cuatro lugares situados a 15° y 30° al norte y al sur del ecuador. Para 2090, según los cálculos del equipo, necesitaríamos rociar anualmente una cantidad de SO2 equivalente a hasta la mitad del volumen total que la quema de combustibles fósiles libera a nivel mundial cada año.

“No es algo que veamos como un plan B”, enfatiza Simone Tilmes, una de las coautoras del estudio y científica del proyecto en el Centro Nacional de Investigación Atmosférica de Estados Unidos. Todavía necesitamos reducir las emisiones de carbono, dice Tilmes, pero este planteamiento podría mantener las temperaturas bajas mientras lo hacemos. El mundo puede tener sólo de cinco a 10 años más para aprobar un plan de lucha contra el cambio climático, dice, antes de que seamos incapaces de cumplir los objetivos del Acuerdo de París. “Para mí, ni siquiera se trata de ganar tiempo; ya hemos perdido el tiempo que podríamos tener que recuperar”, dice.

Pero por cada grado que bajan las temperaturas al rociar con aerosoles de sulfato, el equipo ve varios posibles efectos secundarios peligrosos.

Aunque las partículas de sulfato reflejan y dispersan la luz, también pueden absorber la radiación solar, calentando la estratosfera inferior y modificando el transporte de productos químicos atmosféricos, lo que produce efectos impredecibles sobre los patrones meteorológicos y las precipitaciones, señalan los investigadores. Las partículas grandes de sulfato, que se formarían a medida que el SO2 se vierte continuamente en el aire, no son tan buenas como las partículas pequeñas que se encuentran en las partes altas de la atmósfera y que reflejan la luz, y pueden caer del cielo más rápidamente, potencialmente como lluvia ácida, agregan.

Podría decirse que el efecto secundario más grave es que los sulfatos podrían llevar a la degradación de la capa de ozono. La pérdida de ozono ocurre cuando las moléculas halógenas, como el ácido clorhídrico y el nitrato de cloro, se transforman en radicales halógenos que destruyen el ozono. Las partículas de sulfato aceleran este proceso al proporcionar una superficie para la formación de radicales.

Los efectos secundarios de la geoingeniería solar podrían ser numerosos, desde el momento en que se despliega un proceso de tratamiento atmosférico hasta el momento en que se interrumpe abruptamente. Debido a que la geoingeniería solar sólo aborda los síntomas y no la causa del cambio climático -el tratamiento para detener los gases de efecto invernadero- podría tener consecuencias devastadoras, dice el ecologista Christopher Trisos, becario postdoctoral del Centro Nacional de Síntesis Socioambiental.

Las temperaturas globales se volverían a elevar tan rápidamente a los niveles anteriores que muchas especies podrían tener dificultades para sobrevivir, dice.

Trisos fue coautor de un estudio que evaluó la velocidad, llamada velocidad climática, a la que una especie tendría que moverse para alejarse de los efectos negativos del clima si la geoingeniería solar se interrumpiera abruptamente (Nat. Ecol. Evol. 2018, DOI: 10.1038/s41559-017-0431-0).

Las especies tendrían que moverse, en promedio, de dos a seis veces más rápido de lo que requeriría el cambio climático sin la geoingeniería solar para escapar de los efectos dañinos del clima en su hábitat, según el modelo. Los monos aulladores, por ejemplo, pueden migrar a un nuevo hábitat a aproximadamente a una velocidad de 1 km/año. Si las temperaturas cambiaran drásticamente después de la terminación de la geoingeniería solar, tendrían que moverse a 10 km/año.

Ante estos riesgos, los ecologistas han emitido una de las pocas directivas sobre geoingeniería. En 2010, el Convenio sobre la Diversidad Biológica, un instituto de las Naciones Unidas con más de 190 miembros -excluyendo a Estados Unidos- emitió lo que equivale a una moratoria sobre cualquier actividad de intervención climática a gran escala, incluyendo la geoingeniería solar o la captura de carbono, hasta que haya suficiente evidencia científica para justificar tales estrategias.

La decisión, sin embargo, permite que experimentos de investigación a pequeña escala, como el experimento con globos de Harvard, avancen en un intento de recopilar esas evidencias.

Avanzando

Mientras que los estudios con modelos han explorado los efectos de los sulfatos en la estratosfera, los investigadores también han estado investigando las posibles consecuencias de otro enfoque de geoingeniería solar que se aleja de las partes altas de la atmósfera.

Esta estrategia apunta un poco más bajo en las nubes. Llamadas nubes marinas brillantes, el planteamiento se inspiró en los portacontenedores, cuyos gases de escape crean nubes que, a menudo, tienen cientos de kilómetros de largo y que se denominan “trayectoria de los barcos” mientras cruzan el océano. Estas trayectorias de los barcos reflejan la luz del sol, pero también pueden perturbar las precipitaciones de manera impredecible.

En lugar de usar los gases de escape, los investigadores argumentan que la aspersión de agua de mar, que es más segura, también puede hacer el trabajo. Investigadores involucrados con el Proyecto Nubes Marinas Brillantes, una colaboración entre científicos de la atmósfera, ingenieros y científicos sociales, ha desarrollado una boquilla especial de alta presión que expulsa partículas de aerosol de agua salada de tamaño nanométrico al cielo. Para generar una sola trayectoria de barco, dice Robert Wood, un colaborador de la Universidad de Washington, 500 de estas boquillas tendrían que ser agrupadas e instaladas en cada barco especialmente diseñado, un recurso que requiere de más fondos. El equipo ha estado esperando financiación durante bastante tiempo, dice Wood, estimando que podría tardar 10 o 20 años más. “No estoy conteniendo mientras tanto la respiración”, dice.

Cómo la Geoingeniería solar podría enfriar el planeta

Wood reconoce los temores que muchos tienen sobre el riesgo moral de la geoingeniería solar, pero no cree que el desarrollo de una tecnología signifique necesariamente su uso. “No estoy haciendo esto para probar que funciona”, dice. En cambio, está tratando de demostrar que no funciona, lo cual, según él, también puede revelar información útil.

Otros laboratorios, como los de Keutsch y su colaborador, el defensor de la geoingeniería David Keith, que también trabaja en Harvard, han investigado alternativas químicas a los aerosoles de sulfato. “Es un gran problema químico”, dice Keutsch.

En el laboratorio, Keutsch y sus colegas esperan encontrar partículas capaces de atrapar menos calor en la atmósfera y de reflejar más luz hacia el cielo. Entre los candidatos químicos están el diamante, el dióxido de titanio y el carbonato de calcio. Debido a que es inerte, el diamante tiene las mejores propiedades, pero su precio es muy elevado. Según los investigadores, el TiO2 puede resultar problemático, ya que el compuesto es un fotocatalizador conocido y, por lo tanto, podría causar reacciones secundarias no deseadas.

Eso deja al CaCO3 barato y fácilmente disponible. Según los modelos del equipo, el CaCO3 puede calentar la estratosfera inferior una décima parte de la cantidad de lo que lo hacen los aerosoles de sulfato, y puede contrarrestar la pérdida de ozono neutralizando los ácidos emitidos por los seres humanos (Proc. Natl. Acad. Sci. USA 2016, DOI: 10.1073/pnas.1615572113).

V. Faye McNeill, un químico de la atmósfera que estudia el impacto de las partículas de aerosol en el clima de la Tierra en la Universidad de Columbia, advierte que queda por ver cómo el CaCO3 interactuará con el ozono estratosférico en la realidad. McNeill contrasta estas partículas de calcita con aerosoles de sulfato, que han sido estudiados a fondo porque se encuentran naturalmente en la atmósfera y porque fueron emitidos en abundancia después de la erupción del Monte Pinatubo. “Hasta ahora lo que he visto en la literatura son conjeturas razonables y educadas sobre la química estratosférica heterogénea del CaCO3”, dice, “pero necesita ser respaldado con datos de laboratorio”.

El equipo de Harvard está estudiando actualmente partículas del material en el laboratorio, utilizando reactores de flujo para exponer el CaCO3 a diversos gases atmosféricos. Otra idea es cubrir las partículas de CaCO3 con compuestos que harían que sus superficies sean menos atractivas para la formación de radicales que agotan la capa de ozono.

El equipo planea probar cantidades extremadamente pequeñas de CaCO3 en su experimento al aire libre, programado para llevarse a cabo sobre Tucson, después de descargar partículas de hielo, un material de menor riesgo.

“El experimento en sí no afectará a nadie, pero tiene implicaciones para todos”, dice Keutsch.

La gente ha expresado preocupación, y a veces emociones mucho más fuertes, acerca de este tipo de experimentos. Los teóricos de la conspiración de las Estelas Químicas, por ejemplo, quienes postulan que el gobierno ha estado envenenando al público con químicos esparcidos por aviones comerciales, han reaccionado de manera bastante ruidosa a la idea de rociar aerosoles en la atmósfera.

A lo largo de los años, Keith dice que ha recibido cientos de correos electrónicos de personas acerca de la geoingeniería solar, desde curiosidad educada hasta amenazas. Otros en el campo de la geoingeniería solar también han recibido correo llenos de odio e incluso amenazas de muerte, incluyendo a Douglas MacMartin de la Universidad de Cornell, quien testificó en la audiencia congresional del año pasado sobre geoingeniería. MacMartin informó que había visto un aumento en tales misivas el año pasado. “Existe el riesgo de que alguien salga herido”, dice Keith.

Fue por la opinión pública en parte por lo que descarriló un intento de llevar a cabo un experimento de geoingeniería solar al aire libre en el Reino Unido en 2012. Llamado Stratospheric Particle Injection for Climate Engineering (Inyección de partículas estratosféricas para la ingeniería climática) o SPICE, el proyecto proponía bombear agua a través de una manguera de 1 km de longitud hasta un globo cautivo, que rociaría el agua a la atmósfera.

La controversia podría definitivamente detener la geoingeniería solar, dice Tim Kruger, gerente del Programa de Geoingeniería de Oxford y miembro de la junta directiva que decidió si SPICE sería financiado. Dice que en medio de la preocupación del público, el experimento finalmente se vino abajo después de que se reveló que otro miembro de la junta de financiación había presentado una patente sobre tecnología similar a uno de los investigadores de SPICE. Dado el claro conflicto de intereses y la reacción pública simultánea, el proyecto fue cancelado, dice Kruger.

El equipo de Harvard no tiene planes de patentar ninguna de las tecnologías del experimento, dice Keutsch. Pero sigue preocupado por la opinión pública. “Lo que no quiero que suceda es que digamos :’Oh, estamos listos para hacer el experimento’, y luego haya una reacción tan negativa que haga que la futura investigación en geoingeniería solar sea imposible durante mucho tiempo”.

¿Quién decidirá?

Peter Frumhoff, director de ciencia y política de la Unión de Científicos Preocupados (Union of Concerned Scientists), fue coautor de un artículo de opinión el año pasado junto con Jennie Stephens, de la Universidad Northeastern, en el que detallaba las formas en que los investigadores en geoingeniería solar pueden progresar de manera responsable obteniendo el consentimiento informado del público.

Los científicos deberían crear un comité asesor independiente, algo que el equipo de Keutsch está en proceso de hacer, cuyas recomendaciones deberían tomarse en serio. Los investigadores también deben ser transparentes sobre las fuentes de financiación y restringir la financiación a las entidades que se comprometen a reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Los científicos deberían incorporar en las conversaciones a un conjunto diverso de actores de la sociedad civil, especialmente aquellos que están en mayor riesgo, como los países en desarrollo, dice Frumhoff.

El artículo concluye que “la investigación en el campo de la geoingeniería solar no debe llevarse a cabo a menos y hasta que se haya establecido una mayor legitimidad social”.

Varias partes han ofrecido una guía similar para la investigación responsable de la geoingeniería. En 2009, Kruger y algunos otros académicos idearon los “Principios de Oxford”, y en 2015, los juristas elaboraron un código de conducta voluntario para la investigación en geoingeniería que ha sido actualizado recientemente por una iniciativa internacional llamada el Proyecto de Gobernanza de la Investigación en Geoingeniería.

“Hay fragmentos de gobernabilidad, pero la suma total no equivale a lo que se necesita”, dice Janos Pasztor, ex subsecretario general de las Naciones Unidas para el cambio climático del Secretario General Ban Ki-moon.

Pasztor es el director ejecutivo de Carnegie Climate Geoengineering Governance Initiative (C2G2), un pequeño grupo que fomenta el debate y el desarrollo de marcos de gobernabilidad sobre la geoingeniería solar pero que no toma posición sobre el despliegue de estas estrategias.

Desde el año pasado, Pasztor y su equipo han estado discutiendo la geoingeniería solar con comunidades de todo el mundo, incluyendo países como Kenia y Sudáfrica, que hasta ahora no han sido parte de la conversación. Mientras que muchas de las personas con las que habla son positivas cuando se trata de aprender acerca de la geoingeniería solar, Pasztor dice, “Es un paso difícil pasar de positivo a proactivo.”

El equipo espera facilitar la presentación de una resolución en la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente en Nairobi, Kenia, en marzo de 2019. Esa resolución serí aun llamamiento a los gobiernos a acordar no desplegar técnicas de geoingeniería solar hasta que los científicos entiendan mejor los riesgos y la sociedad esté de acuerdo en la gobernabilidad de la geoingeniería solar. Aunque algunos aspectos de la resolución podrían cambiar durante las negociaciones, dice Pasztor, el equipo espera que la acción evite cualquier decisión unilateral por parte de naciones deshonestas de desplegar la geoingeniería solar. Esto plantea un riesgo, dado el precio relativamente barato de las técnicas, estimado recientemente en unos 50.000 millones de dólares para el equipo inicial y luego en 12.500 millones de dólares cada año posterior (Earth’s Future 2018, DOI: 10.1002/2017ef000735).

“El manejo de esto es muy, muy difícil”, dice Pasztor. “No es demasiado pronto para empezar a hablar de estos temas, incluso si estas tecnologías no fueran relevantes durante un par de décadas, porque ese es el tiempo que podría llevar construir el marco de gobernabilidad”.

Sin embargo, quienes se oponen a la geoingeniería no creen que la gobernanza de la geoingeniería sea el tema principal. Linda Schneider, oficial superior de programas de la Fundación Heinrich Böll, un grupo de reflexión afiliado al Partido Verde de Alemania, encuentra problemático gran parte del discurso en torno a la geoingeniería.

“La mayoría de los investigadores en el campo parten del supuesto de que podríamos necesitar las técnicas de geoingeniería”, dice, lo cual, en su opinión, da paso a la pregunta básica de si la geoingeniería debería realizarse. Schneider dice que fue una de las pocas voces no científicas y críticas entre los asistentes a la Conferencia de Ingeniería Climática 2017 en Berlín en octubre, que atrajo principalmente a científicos físicos y sociales.

Schneider y la fundación dicen que es crítico enfocarse en la reducción de emisiones. En la conferencia, dirigió una sesión en la que presentó una vía para limitar el aumento de la temperatura mundial a 1,5 °C, una versión más estricta del objetivo del Acuerdo de París. El plan implica una reducción radical de las emisiones y la ausencia de geoingeniería. La sesión esencialmente se transformó en una “gran pelea”, dice.

Como Schneider abogó por respuestas climáticas sin geoingeniería, los proponentes criticaron los escenarios que se basaban sólo en la reducción drástica del carbono como políticamente poco realistas. “Creo que lo que les molestó es que se vieron obligados a enfrentarse a sus propios valores políticos que subyacen a su propia investigación”, dice Schneider. Los científicos quieren que sus experimentos se desarrollen fuera del contexto real y político, argumenta.

Su grupo se opone a cualquier investigación de geoingeniería solar al aire libre, incluyendo el experimento con globos de Harvard. “Si siguen adelante, definitivamente sería algo que desafiaríamos pública y abiertamente”, dice.

Schneider dice que incluso si el grupo de Harvard reuniera un consejo asesor independiente, se pregunta si los miembros de un consejo selecto serían verdaderamente independientes. Frumhoff, de la Unión de Científicos Preocupados, está de acuerdo en que es una preocupación legítima, pero también se pregunta quién más podría formar una junta.

Frumhoff dice que la discusión es increíblemente difícil, pero eso no significa que debamos rehuirla. “La comunidad científica está luchando con todo tipo de tecnologías que no nos tomábamos en serio hace unos años”, dice. “Ahora es el momento de tener esta conversación porque viene hacia nosotros.”

Por ahora, es probable que la geoingeniería solar siga siendo una conversación polémica. Cziczo, del MIT, dice que está dispuesto a equivocarse sobre la geoingeniería solar, pero que “nadie me ha demostrado que sea una buena idea”.

Cziczo y Keutsch son colegas en el mismo campo y en realidad son buenos amigos. Incluso han discutido sus puntos de vista opuestos. “No estoy seguro de que ninguno de los dos pueda convencer al otro”, dice Cziczo.

Sin embargo, piensa que es importante enseñar la ciencia de la geoingeniería y le dedica algunas conferencias en un curso especial para estudiantes universitarios del MIT basado en los informes de geoingeniería de las Academias Nacionales. Señala que estos estudiantes serán los que se ocuparán del impacto de las decisiones climáticas que tome su generación.

Después de la lección, le gusta preguntar a la clase si elegirían una opción de geoingeniería solar de bajo costo o si pagarían más por reducir las emisiones para responder al cambio climático. Dice que puede ser la forma en que enseña el tema, pero “los estudiantes siempre eligen abordar el problema subyacente”.

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