"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Una historia de ficción en un Informe del Gobierno sobre los efectos de una guerra nuclear

Por Alexis C. Madrigal, 25 de enero de 2018

The Atlantic

De nuevo se abre la posibilidad de una guerra nuclear. El incidente más sorprendente se produjo hace unos días, cuando un empleado del Estado accionó accidentalmente una alerta de emergencia, que fue transmitida a los teléfonos móviles de todo Hawai. Pero lo sorprendente del caso es que la gente creyó realmente que estaban ante un ataque. En los últimos 30 años, quizás hubiese resultado inverosímil y se habría considerado un error. Pero con el aumento de la tensión entre el presidente Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong, y el intercambio de comentarios sobre sus botones nucleares, se hizo más creíble. Así que la gente está comprando de nuevo pastillas de yoduro de potasio. En el número de diciembre de la revista Harper’s se presentaba a siete escritores que “evaluaban nuestro presente nuclear”. Las armas atómicas y sus terribles efectos han vuelto a la conciencia de las gentes.

Aunque nunca se ha ido del todo esta posibilidad. Una combinación del activismo a favor de la paz, la caída de la antigua Unión Soviética y la aparición de otras amenazas, como la guerra contra el terrorismo, hicieron que tal perspectiva de una guerra nuclear estuviese algo más lejos.

Ahora es posible una consideración más serena, y con un cierto desconcierto, los informes gubernamentales que planificaban la Guerra Fría. Por ejemplo, la Oficina de Correos de los Estados Unidos imprimió 60 millones de tarjetas de cambio de dirección y las envió a las oficinas regionales, y solamente se haría uso de ellas en el caso de que se produje una guerra nuclear que diese lugar a un gran número de refugiados. La Administración Federal de la Defensa Civil diseñó unas caricaturas que mostraban a los niños cómo agacharse y cubrirse, lo cual no habría sido de mucho utilidad en un ataque nuclear que mate a cientos de miles de personas. Se diseñaron planes detallados y prácticos de una posible sucesión el gobierno, basándose en otros interminables informes. Mirando hacia atrás, al año 2003, Slate decía: “Es difícil hoy en día no reírse de las locuras de la Guerra Fría”. Incluso el pasado mes de abril, The Washington Post revisó un libro sobre los planes del Gobierno estadounidense en torno a la Guerra Fría, “encontrando detalles ridículos, directrices repulsivas y diversos escenarios de la guerra, resultando de todo ello algo de aleatorio e incluso cómico en la planificación del Apocalipsis”, escribió Carlos Lozada. “¿Cuántos empleados de Export-Import-Bank deben calificar el rescate? ¿Cuántos del Departamento de Agricultura?”.

El sociólogo Lee Clarke describió este tipo de informes como “documentos de fantasía”. Ante lo impensable, una tragedia equivalente a varias veces lo daños producidos durante la Segunda Guerra Mundial pero en unas pocas horas, con la posibilidad de acabar con nuestra actual civilización, se desarrolló todo un proceso de documentación como una forma de mantener el control. ¿Alguien tiene un plan ante una guerra nuclear? La Burocracia lo diseñó. Y lo utilizaron para asegurarse que tanto ellos como los ciudadanos tenían un plan. Se construyeron refugios antiatómicos con papel. Pero estos eran, como esos sótanos prolijamente abastecidos de linternas y comida enlatada, un ejercicio de la imaginación, o, simplemente, pura ficción.

Incluso el propio Gobierno, en 1978, patrocinó una historia de ficción, que fue insertada en un apéndice de un Informe del Congreso, que sirvió posteriormente como base para la realización de una exitosa serie de televisión.

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El Informe se titulaba Los efectos de la guerra nuclear. Fue elaborado por la Oficina de Evaluación Tecnológica, la OTA, antes de que fuera disuelta por los republicanos en 1995. La OTA era una oficina de investigación independiente que llevaba a cabo investigaciones para los miembros del Congreso. En este caso, el Comité del Senado de Relaciones Exteriores había solicitado a la OTA que “examinase los efectos de la guerra nuclear en la población y las economías de los Estados Unidos y la Unión Soviética”, de tal manera que las “medidas abstractas del poder estratégico” pudieran traducirse en “términos más comprensibles”. Los senadores se estaban preparando para un debate sobre el Tratado de Limitación de Armas ·Estratégicas, que finalmente quedó en nada después de la invasión soviética de Afganistán. No obstante, se redactó el Informe.

El Proyecto estuvo dirigido por Peter Sharfman, el investigador que dirigió los Estudios de Seguridad Nacional en la OTA. El resumen ejecutivo no se anda con rodeos:

Es de esperar que un ataque nuclear plausible desde el punto de vista militar, incluso de carácter limitado, mate a personas y cause unos daños económicos a una escala sin precedentes en la experiencia estadounidense. Un ataque nuclear a gran escala sería in desastre sin precedentes en la historia de la humanidad”, dice el Informe. “La mente se resiste ante el esfuerzo de prever los detalles de tal calamidad, y ante la explicación de las incertidumbres inevitables sobre si las personas morirán por el daño provocado por las explosiones, la radiación incidente o por la inanición durante el invierno posterior”.

El Informe describe varios escenarios diferentes: varias detonaciones, ataques a refinerías de petróleo, ataques a instalaciones militares y una guerra nuclear total que ocasionaría la muerte de al menos 160 millones de estadounidenses.

En este último escenario, los autores proponen que todavía se mantendrían unas ciertas estructuras los días o meses posteriores a la guerra. Durante estos primeros días, la gente buscaría un refugio y trataría de enfrentarse a la situación, sin embargo, el informe predice que “el aburrimiento reemplazará gradualmente al pánico, pero no será fácil de manejar”. Después de un “período de refugio”, seguiría un “período de recuperación”.

Se deben anticipar cambios importantes en la estructura social a medida que los supervivientes intenten adaptarse a un entorno adverso y deprimente, algo nunca experimentado. La pérdida de 100 millones de personas, principalmente en las grandes ciudades, podría plantear una pregunta sobre la conveniencia de reconstruir las ciudades… La población superviviente podría tratar de alterar la estructura social y geopolítica de la nación en reconstrucción, con la esperanza de minimizar los efectos de cualquier otro conflicto futuro”.

Y es a este conjunto de adversidades a largo plazo al que se dirige esa historia de ficción, el Apéndice C, titulado “Charlottesville”. La historia fue escrita por Nan Randall, una periodista que había redactado artículos para The Washington Post y Newsweek, y que había trabajado durante un par de años en el Comité Nacional para una Sensata Política Nuclear, como directora del programa. En la primavera de 1978, el St. Petersburg Times encargó a William Kincade, director ejecutivo de la Asociación de Control de Armas, que escribiera una historia que “tuviese en cuenta el escenario posterior a una guerra nuclear”. Se puso en contacto con Randall, y pensaron en tal escenario: dos bombas nucleares que caen cerca de Tampa Bay, como parte de una guerra nuclear a gran escala. Fue publicado durante cuatro días, en A1, comenzando el 25 de febrero de 1979. Llamaron a la serie “El día del Juicio Final”.

El trabajo se sitúa entre la ficción y no ficción, imaginando la ubicación exacta de las bombas, los movimientos del Presidente, la situación de la familia Wechek, que se atrincheró dentro de “un gran armario situado en el dormitorio principal de su casa” cuando una segunda explosión destruye su hogar; y las ambiciones de los Braggs, que esperan durante las primeras horas dentro de un refugio apenas funcional”.

La historia es rica en detalles. Se sigue el día a día de los Wecheks y los Braggs, y hay escenas muy perturbadores y emocionalmente fuertes. Después de que la Sra. Wechek muere, el sr. Wechek es “reclutado” para construir un almacén de alimentos. “Su hija lo seguía todos los días y lo miraba en silencio. No podía perderlo de vista. No hablaba con nadie y apenas comía. Por la noche, se acurrucaba a los pies de su padre, a pesar de que se encontraba en un dormitorio improvisado para hombres y no se permitía que las niñas estuvieran allí. Durante un tiempo, las autoridades permitieron que la hija y el padre permanecieran juntos, pero finalmente fue enviada tierra adentro, a un departamento especial para ancianos y niños que sufrían la fuerte conmoción”.

Es algo brutal, convincente, a la altura de los documentos fantásticos y otros informes del Gobierno. Este trabajo, o quizás su relación con Kincade, atrajo la atención de la Oficina de Evaluación Tecnológica sobre Randall. Sabemos que ella leyó el Informe y visitó Charlottesville.

En el Informe, la historia está precedida por una breve introducción que explica que la ficción es “un esfuerzo para proporcionar una comprensión más concreta de la situación a la que tendrían que enfrentarse los supervivientes de una guerra nuclear”. Agrega que si bien sólo se considera un posible escenario, “proporciona detalles que agregan una nueva dimensión al abstracto análisis presentado en el Informe”.

Charlottesville” es una mezcla de ficción y diversos hechos, pero faltan los personajes de la historia publicada en el St. Petersburg Times, concentrándose en las relaciones comunitarias en un mundo postnuclear. Se detalla la “construcción del mundo”, algo común a este tipo de ficción, pero después de la exposición detallada de lo sucedido, no se entra en la narración de la vida de las personas.

En las semanas previas a la guerra, los estadounidenses empiezan a abandonar las ciudades, preparándose para la guerra nuclear que está a punto de estallar. Se refugian en distintos lugares, manteniendo a sus hijos lejos de las escuelas, esperando el inicio de la guerra. Antes de que las armas nucleares empiecen a caer, los refugiados ya han llenado todos los refugios de la ciudad. Cuando caen las primeras bombas nucleares, se produce una especie de alivio, ya que Charlottesville conserva su estatus de “santuario distinguido”.

Pero con el paso del tiempo, las cosas empiezan a desmoronarse, a medida que se agotan los alimentos y las personas luchan por volver a una forma de vida agraria, sin acceso a grandes cantidades de petróleo y de electricidad. Los disturbios comienzan cuando el gobierno envía los granos de trigo en crudo, sin moler.

El conflicto se recrudece por el enfrentamiento entre las personas que son de Charlottesville y los han venido de fuera, de las ciudades de los alrededores que han sido destruidas. Forman una subclase que habla de las ansiedades de la lucha racial de los años 1970. “Uno de los principales problemas, algo obvio para todos, era la resistencia de los refugiados hacia el esfuerzo que tenían que realizar para intentar la recuperación” escribe Randall, haciéndose eco de los informes que hablaban de las grandes ciudades del norte y del oeste después de la Gran Migración que llevó a los afroamericanos a estas áreas, y sobre el espíritu cívico de los residentes de Charlottesville, racial y de clase, no vinculado a una visión más amplia de la humanidad.

Los negros desconfían de los blancos, los pobres desconfían de los ricos, y todos desconfían de los refugiados como extraños”, escribe Randall. La actitud de los blancos hacia los negros no se tiene en cuenta.

Las personas no tienen nombre, aunque un “administrador de la ciudad” aparece de vez en cuando para instaurar un “gobierno muy centralizado, casi totalitario” en la ciudad. La perspectiva narrativa es sinóptica, casi académica si no fuera por los detalles coloristas que la distinguen de los escenarios tradicionales que presenta el Gobierno.

Los entusiastas de la radio de banda ciudadana, dicen que “intentaron instalar un sistemas de relevos en las líneas al estilo de un Pony Express electrónico”. También se lee que “ el robo de caballos había vuelto cuando parecía algo ya anacrónico” o que la gente se peleaba por las bicicletas. Al final hay una larga sección dedicada a un grupo postapocalíptico instalado en lo que había sido la Universidad de Virginia.

En buena medida, se observa que se ha consultado la mayoría de las obras de ficción en torno a la guerra nuclear. “Uno podría asumir que la descripción de las consecuencias más inmediatas de una guerra nuclear sería un asunto principal como en la obra de ficción que aquí se considera”, escribió Paul Brians en su investigación literaria “Holocausto Nuclear”. “Nada más lejos de eso. Aparte de unos pocos autores que han tratado el bombardeo atómico de Japón, sólo unos pocos autores se han preocupado de hacer una descripción detallada de los efectos de un bombardeo atómico. Están más interesados en la política o en los efectos sociales a largo plazo de la guerra”.


La gente y la prensa también parecían estar más interesados en eso. El relato ficticio de Randall resultó ser el portal a través del cual los medios de comunicación explorarían las conclusiones del informe. Una revisión del informe en New Scientist encontró a Charlottesville “con mucho la parte más elocuente” del enorme documento. “Los relatos ficticios ciertamente reflejan la naturaleza de la catástrofe mucho más creíblemente que detalles técnicos como la lluvia radiactiva en los mapas de Detroit y Leningrado “, concluye. En un reportaje de la NPR sobre el informe, la historia de Charlottesville fue el tema principal de la entrevista.

Hubo muchas, muchas otras historias de ficción antes de este caso en particular, pero ninguna tenía el sello de los propios investigadores del gobierno. Era un tipo diferente de documento de ficción, uno diseñado para abrir la imaginación a los horrores de la guerra, en lugar de excluirlos.

“Tiendo a pensar que elegimos un escenario algo optimista. Asumimos que el espíritu cívico perdura; que la mayoría de la gente trata bien a sus vecinos; que no hay motines, ni desórdenes, ni saqueos masivos, ni ley marcial. Pero no se puede estar seguro “, dijo Sharfman, el director del informe, a NPR. “Recuerda, en un ambiente de guerra nuclear estás hablando de decenas de millones de personas muriendo. En tal ambiente, una de las cosas que se tiene en cuenta es que una sola vida humana es preciosa. Supongo que ésa es una de las maneras para saber si la guerra ha terminado, que el período de recuperación ha terminado, que los supervivientes habían superado la guerra, el momento en el que la vida humana volviese a tener un valor precioso. Eso podría tardar mucho tiempo “.

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Después de este primer período de atención en torno al informe, éste dejó de ser un tema de interés nacional. Al fin y al cabo, era un documento técnico del gobierno, por muy llamativo que fuera su componente ficticio.

Pero luego una serie de circunstancias lo empujaron a adquirir de nuevo un mayor relieve. En primer lugar, se había desarrollado una oleada de activismo político en torno a impedir que las armas nucleares fueran probadas, producidas o desplegadas. Se conoció como el movimiento de congelación nuclear, que un politólogo describió en 1983 como “el movimiento ciudadano más importante del siglo pasado”, que movilizó a millones de personas. Estos activistas se convirtieron en un público que podía sacar a la luz de nuevo aquel Informe.

Y lo hicieron con una serie de artículos de Jonathan Schell en el New Yorker sobre la posibilidad de que un bombardeo nuclear significara la extinción de la humanidad. Estos artículos fueron recogidos en el libro El Destino de la Tierra en la primavera de 1982, y se convirtieron en la parte más oscura del espectro del Holocausto nuclear. “ La maquinaria de destrucción es completa, preparada para saltar a la mínima, esperando que el’ botón’ sea’ presionado’ por un ser humano desequilibrado o trastornado, o que un chip de ordenador defectuoso envíe la instrucción de fuego “, escribe Schell. “Que por un hecho tan fortuito -que el fruto de 4.500 millones de años puede deshacerse en un momento de descuido- es un hecho contra el que se rebela la conciencia.”

Casi al mismo tiempo, un físico de la Universidad de Stanford, escritor científico y editor de libros llamado Michael Riordan estaba preparando para su publicación otro libro sobre los efectos de la guerra nuclear.

Ese libro era The Day After Midnight (El día después de medianoche), una versión revisada del informe de la Oficina de Evaluación Tecnológica que, por ser un documento del gobierno, era de dominio público. Riordan había recibido una información de Sidney Drell, un físico de Stanford que había consultado el informe, y se había enterado de que la administración Reagan estaba tratando de ocultar la investigación negándose a imprimir más copias a través de la Oficina de Imprenta del Gobierno. Riordan, que había publicado libros sobre energía solar (incluida la primera, A Golden Thread) cogió el informe, puso el relato de ficción en primer lugar, hizo algunos otros cambios y lo publicó a través en Cheshire Books.

El “Día después de la Medianoche” entró en el mercado en un momento en que había un exceso de libros sobre la guerra nuclear, al menos 130 según Publisher Weekly, después del éxito del libro de Shell. ” Algunos de los libros han estado en circulación durante años, ya que los títulos de temática nuclear han aparecido ocasionalmente en las listas de los editores “, escribió The New York Times en noviembre de 1982. ” La diferencia es la gran cantidad de libros este año, muchos de los cuales fueron impresos apresuradamente para comercializar la popularidad del éxito de ventas de Jonathan Schell, El Destino de la Tierra “.

El Times también señalaba que pocos de los libros se vendían bien, pero que The Day After Midnight fue una excepción. “Lo hizo realmente bien “, recordó Riordan. “Vendimos muchas copias y vendimos muchos derechos al extranjero. Nos mantuvo vivos un año más “.

A medida que salían todos estos libros, ABC estaba trabajando para hacer una película que dramatizase el holocausto nuclear. Firmaron con el director de cine Nicholas Meyer, que había hecho The Wrath of Khan, y contrataron al guionista Edward Hume para elaborar un guión original. Y cuando fueron a investigar la historia, encontraron el informe de la OTA, incluyendo la ficción de Charlottesville.

La película, conocida como The Day After (El Día Después), costó unos 7 millones de dólares, un gran presupuesto en ese momento. ABC, a pesar de que los anunciantes se retiraron de la franja horaria, publicitó el estreno, sacando sus propios anuncios por todo el país.

Cuando el 20 de noviembre de 1983, la película rodada para la televisión fue finalmente transmitida, algo así como 100 millones de espectadores en un país de unos 230 millones de personas sintonizó para ver la película. En la historia de las series de televisión, sólo el final de M*A*S*H tuvo más espectadores. Hoy en día, los únicos espectáculos que se acercan a esos números es la Super Bowls de la NFL, y ahora residen 350 millones de personas en los Estados Unidos. Fue un gran, gran negocio. Incluso hubo un debate organizado por Ted Koppel después de la película protagonizada por Henry Kissinger, Carl Sagan, William F. Buckley Jr. y Robert McNamara, con un mensaje del Secretario de Estado de Reagan, George Shultz. “Al obtener su información en gran medida de un estudio realizado por la Oficina de Evaluación de Tecnología de los Estados Unidos, evitó cualquier acusación de exageración “, señaló un revisor en el Boletín de Científicos Atómicos.

Reagan menciona la película en sus diarios.

“Por la mañana en Camp D. Corrí a ver la película que estaban transmitiendo en televisión el 20 de noviembre. Se llama El Día Después. Lawrence, Kansas, aniquilado por una guerra nuclear con Rusia. Tiene fuerza -todos por 7 millones. Vale la pena. Es muy convincente y me dejó muy deprimido. Hasta ahora no han vendido ninguno de los 25 anuncios programados y puedo entender por qué. No puedo decir si será de ayuda para los “anti-nucleares” o no. Mi propia reacción es la de que tenemos que tener elementos de disuasión para que nunca haya una guerra nuclear”.

Varios años más tarde, después de que Reagan y Gorbachov firmaron un tratado en Reykjavík, Meyer, el director, dice que la administración Reagan le envió una nota que decía:”No creas que tu película no tiene nada que ver con esto, porque sí lo tuvo”.

En resumen, este extraño anexo de una historia breve tuvo un impacto notable, mucho más allá de lo que se podía esperar. En un mundo plagado de estadísticas sobre la supremacía nuclear mundial, una simple ficción sobre la vida cotidiana en un mundo postnuclear sirvió de antídoto a la magia burocrática que se había desarrollado en torno a la posibilidad de conflicto.

“Realmente trajo a nuestra mente lo que sería si esto se convirtiera en una realidad: esto es lo que podría parecer “, dice Riordan, que volvió a publicar el informe. “Y la gente dijo:” ¡No!” Creo que tuvo algún impacto en atenuar el entusiasmo nuclear de la época “.

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