"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

La UE vuelve a aprobar el glifosato y pone en entredicho la estrategia de los grupos ecologistas

Por Jonathan Latham, 27 de noviembre de 2017

independentsciencenews.org

Imagen: Science

Los ecosistemas de la tierra se está desmoronando rápidamente bajo una creciente contaminación de residuos tóxicos y plásticos, ya que en todos los sectores de la economía los productos y métodos naturales son reemplazados por sintéticos. Un ejemplo, recientemente publicado, es que en 1974 la producción de trigo no ecológico en el Reino Unido requería de 2 aplicaciones por año. En 2014 el trigo del Reino Unido requirió de 20,7 aplicaciones de pesticidas.

La estrategia principal del movimiento ecologista para detener esta marea tóxica es cuestionar los productos químicos como “malos actores” y forzar su retirada del mercado. Ocasionalmente, esto ha logrado algún éxito. Muchos países ya no aplican DDT o lindano, por ejemplo. Pero dado que hay entre 70.000 y 100.000 productos químicos artificiales en el mercado, la mayoría de los cuales no han sido evaluados correctamente, pueden ser tóxicos, y es probable que este esfuerzo concluya con éxito dentro de un millón de años. Suponiendo que eso sea así, y que la industria química no invente entretanto ningún producto nuevo, y que la eliminación de un producto químico tóxico sólo requiera de diez años de campaña, ambas hipótesis son muy optimistas.

Hay otro problema con este enfoque medioambiental: asume que las pruebas cuidadosamente realizadas, honestamente llevadas a cabo, pueden diferenciar los productos químicos tóxicos y no tóxicos de una manera adecuada. De hecho, las evidencias sugieren lo contrario. Puede demostrarse fácilmente que las evaluaciones de los productos químicos son un procedimiento inútil porque los daños potencialmente graves de los productos químicos tóxicos son interminables, mientras que las evaluaciones de los productos químicos determinan estos riesgos: carcinogenicidad, neurotoxicidad, toxicidad hepática, toxicidad reproductiva, efectos multigeneracionales, sólo uno a la vez. Haría falta una inmensa cantidad de ratas para determinar si un producto es perjudicial, y eso, sólo perjudicial para las ratas. Si ese producto químico fuera perjudicial para las personas seguiría estando abierto a considerables interrogantes.

La extrapolación que se realiza de manera convencional por los toxicólogos entre roedores y otros animales a los humanos no es científica. Es una convención arbitraria que a menudo resulta ser errónea. Esta equivocación es aceptada tácitamente incluso por las Agencias de Regulación. La IARC de la Organización Mundial de la Salud, que ha sido el que más ha hecho por condenar el uso del glifosato, tiene categorías toxicológicas que distinguen entre la toxicidad humana y la animal; esto admite que los experimentos con animales no predicen, después de todo, la toxicidad humana.

Dejando de lado la ética de someter a prueba a millones de animales sin ningún sentido, este tipo de lógica difusa por parte de los reguladores es el maná para la Industria Química. Cada vez que una sustancia química se encuentra que es irrefutablemente tóxica para los animales, simplemente insiste en las evidencias epidemiológicas en humanos. En el patio de recreo de las escuelas esto se llama mover las porterías.

Así que lo que parece ser una estrategia medioambiental moderadamente satisfactoria, desafiar las aprobaciones de los productos químicos con la investigación científica, es en realidad una táctica pobre y una estrategia de derrota; no sólo por eso, sino porque parece implicar que todos los demás productos químicos son seguros. E incluso cuando parece tener éxito, realmente falla. Un producto químico se elimina paulatinamente (o se exporta) y simplemente se sustituye por otro. ¿Atrazina por glifosato?

Por el contrario, los que se oponen a la contaminación química podrían preferir recurrir a campañas como la realizada contra los transgénicos. Éstos han logrado mantener con más o menos éxito los transgénicos fuera de Europa, China y Asia, y África, y han convertido a los transgénicos en parias incluso en el lugar donde se cultivan.

El secreto de esta campaña ha sido no distinguir entre diferentes cultivos transgénicos. Oponerse a una distinción entre los transgénicos permite que diversas personas e intereses se unan detrás de un estandarte, ya sea que se opongan a las patentes sobre la vida, el control corporativo o la contaminación química, o simplemente a peligros específicos de los transgénicos. Es un espacio amplio, y no requiere un conocimiento técnico detallado por parte de la gente. ¿Qué es más fácil, ponerse detrás de una pancarta que diga “NO A LOS TRANSGÉNICOS”, o una que diga “Me opongo al ingrediente activo 1-metonomethyl-2-arbitrazine debido a sus efectos hiperplásicos acumulativos sobre los ovarios y las glándulas vestigiales de ciertas especies de ranas en dosis entre 1 y 0.1ng/ml (Doolittle y Dally, 1983)”?

Como demostré anteriormente, oponerse a las sustancias químicas por estrictos motivos científicos es conceder eficacia de los ensayos toxicológicos convencionales. Reconocer la parcialidad y a menudo la deshonestidad abierta de las Agencias de Regulación controladas por el gobierno. Admite la confianza en las regulaciones basadas en las evidencias generadas por la Industria. Reconoce que la industria orientó el desarrollo de las regulaciones toxicológicas de los productos químicos desde el principio. Reconoce la ética de la experimentación animal. Admite el uso de directrices GLP que obligan a los reguladores a ignorar la literatura científica revisada por pares que los contribuyentes tan costosamente costearon. Reconoce que las empresas pueden ocultar sus pruebas tras las afirmaciones de “Información comercial confidencial”. Reconoce que la mayoría de las pruebas químicas realizadas por laboratorios independientes probablemente sean fraudulentas; y admite que la reducción de la exposición a productos químicos es una cuestión científica, en primer lugar.

Por lo tanto, aunque es cierto que los activistas se quejarán de tales prácticas injustas y poco éticas, las campañas contra productos químicos específicos como el glifosato suponen reconocer que tales defectos son, en última instancia, aceptables, cuando la realidad es que condenan desde el principio cualquier posibilidad real de un juicio justo en el tribunal de la ciencia.

Así que, mientras que las campañas contra los transgénicos tienen su propia desafío con la edición de genes, lo que conlleva la propia definición de organismo transgénico, este es un buen complemento en comparación con las burlas de la Industria Química, que ahora estará celebrando la aprobación del glifosato con cantidades copiosas de cerveza belga habiendo persuadido a la UE para que lo aprobase bruscamente, y probablemente de forma fraudulenta, una vez más, sobre las sutilezas de las normas que regulan los productos químicos y el proceso democrático, aprobando el glifosato por cinco años más.

La solución al problema de la contaminación química es, por lo tanto, una estrategia de oposición que es igual a la naturaleza existencial de la amenaza en cuestión. El movimiento ecologista debe poner fin a las campañas individuales contra los productos químicos y golpear a la industria química donde más duele. Prohibir TODOS los productos químicos sintéticos de la agricultura. Prohibir TODOS los productos químicos sintéticos de las escuelas y terrenos escolares. Prohibirse de áreas públicas, o de todo su municipio (puede hacerse), incluyendo el contacto con los alimentos.

Algunas de estas campañas ya han sido probadas, y en los casos en que han tenido éxito, a diferencia de la prohibición de determinadas sustancias químicas, los resultados marcan una verdadera diferencia. Pero el movimiento ecologista podría ir más allá: ¿Qué tal si hacemos responsables a las Agencias de Regulación de sus decisiones? ¿Qué tal si proponemos poner fin a las subvenciones a las industrias que utilizan productos químicos sintéticos en o sobre los alimentos? ¿Qué tal compensar de manera automática a las personas cuyos cuerpos contengan sustancias químicas tóxicas y que enfermen, con un fondo aportado por la Industria Química que produjo ese producto químico? Eso atraería la atención de la Industria Química, y también podría estimular a la gente.

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Clasificado en:agricultura, Contaminación química, glifosato, Régimen político y económico

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  1. Ha llegado el momento de una agricultura libre de venenos – noticias de abajo

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