"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

No confiar en nadie: modernización, paranoia y cultura de las conspiraciones (I)

Por Stef Aupers, de la Universidad Erasmus, Holanda, 12 de junio de 2012

Revista Europea de Comunicación

Resumen

Las más populares teorías de las conspiraciones, como las de JFK, los ataques del 11 de septiembre, la muerte de la princesa Diana o la vacunación contra la gripe porcina, se presentan generalmente en las Ciencias Sociales como algo patológico e irracional, y esencialmente antimoderno. En este ensayo se presenta en cambio la cultura de las conspiraciones como una manifestación radical y generalizada de desconfianza, que está inmersa en la lógica cultural de la Modernidad y, en última instancia, producida por los procesos de modernización, y en particular sobre las dudas en torno a la validez de las afirmaciones sobre el conocimiento científico, la inseguridad ontológica de ciertos sistemas sociales como el Estado, las multinacionales y los medios de comunicación, y una implacable “voluntad de creer” en un mundo desencantado, algo ya reconocido por Adorno, Durkheim, Marx y Weber, todo lo cual ha propiciado un giro hacia la cultura de la conspiración en Occidente.

Introducción

La paranoia prospera,

las transmisiones PR se reanudarán,

intentarán controlarnos con las drogas que nos mantienen a todos idiotizados,

esperando que nunca veamos la verdad que hay a nuestro alrededor…

( Musa, “Sublevación”, 2009)

En el año 2009, la propagación de la gripe porcina en varias partes de Europa estuvo acompañada de especulaciones sobre sus causas en los medios de comunicación y se dijo que supuestamente esta epidemia estuvo diseñada en los Estados Unidos para reducir la población mundial e instigar un Nuevo Orden Mundial mediante la administración de una vacuna que contenía sustancias tóxicas o un pequeño chips, que una vez inyectado permitiría el control de los ciudadanos por parte del Estado.

No es el único ejemplo: también son conocidas las teorías conspirativas sobre lo hay que detrás del SIDA, la muerte de la princesa Diana, el asesinato de JFK, sobre Osama Bin Laden, los ataques del 11S y muchos otros acontecimientos que se han convertido en parte de la cultura dominante en los países occidentales. Hoy en día forman parte de una verdadera “cultura de las conspiraciones” (Knight, 2000) o “ cultura de la paranoia” (Melley, 2000).

Tradicionalmente, las Ciencias Sociales han tendido a pasar por alto o condenar moralmente esta cultura de las conspiraciones, realizando una lectura freudiana de tipo “personalidad paranoica” (Hofstadter, 1965 y Pipes, 1997), rechazando de manera inequívoca el “estilo paranoico” de la política estadounidense como una distorsión y una peligrosa empresa [El estilo paranoico en la política estadounidense I, II y III) Así es, Pipes sostiene un “discurso envenenado” que “alienta un vórtice de ilusión y superstición” (1997:173). Una teoría de la conspiración, argumenta Jameson, “es la representación cognitiva de una persona pobre en la era posmoderna en su intento desesperado de representar el… Sistema” (1991:356). Todas estas historias indican un “pánico moral” (Khight, 2000:8) y resulta tentador decir que son, de hecho, teorías de la conspiración sobre teóricos de la conspiración. Sea como sea, debido a su sentido moral obstruyen un estudio empírico desinteresado de las teorías de la conspiración como una cultura por derecho propio. Determinar lo que es “racional” y lo que no lo es, lo que es sano y lo que no lo es, lo que es bueno y lo que es malo, es decir, lo que debe o no debe jugar un papel en el estudio de la cultura (por ejemplo, Weber, 1948 [1919]. En este caso particular, tales condenas de las teorías de las conspiraciones pueden explicarse desde la modernidad. Bajo el estandarte de la objetividad de la Ciencia, pero realmente sometida a la ideología de la era Moderna de la Ilustración (por ejemplo, Toulmin, 1992 [1990]), estos estudios desacreditan las teorías de la conspiración como una anomalía exótica y las describen como una amenaza para la razón y la objetividad. Este panorama que establece rígidas distinciones entre los malos “irracionales” paranoicos y las buena Ciencia “racional” es un excelente ejemplo de “límites en el trabajo profesional” (Locke, 2009:568) en las Ciencias modernas y ejemplifica lo que Bruno Latour (1993 [1991]) llama una “práctica moderna de purificación”: refuerza la “moderna división” entre Ciencia “racional” y sus supuestas contrapartes “irracionales”, minimizado las semejanzas y explotando las diferencias entre ambos discursos.

En este artículo argumento, en cambio, que la cultura de la conspiración no es el antídoto a la Modernidad. Todo lo contrario: es una manifestación radical y generalizada de desconfianza que forma parte de la lógica cultural de la modernidad y está, en última instancia, provocada por los procesos de modernización de la sociedad contemporánea. En particular, demuestro que los medios de comunicación modernos desempeñan un papel crucial en su difusión en Occidente.

Transformación de la paranoia: del exotismo a la normalización

La paranoia ya no es simplemente una etiqueta diagnóstica aplicada por psicólogos y psiquiatras, sino que se ha convertido en un verdadero fenómeno sociológico. Más de la mitad de los ciudadanos estadounidenses, por ejemplo, creen que hubo un encubrimiento oficial o una conspiración en el asesinato de JFK y en los sucesos del 11 de septiembre, y cerca del 80% cree que el Gobierno sabe más sobre los extraterrestres de lo que admite (Knight, 2000:78, 27). Además, las narrativas de las conspiraciones impregnan la cultura popular, instigando así una constante retroalimentación entre realidad y ficción (Barkun, 2003): escándalos políticos reales en los Estados Unidos, como el caso Watergate u operaciones con presupuestos reservados de la CIA, fueron el inicio de un género de thrillers en la década de 1970, como El último testigo (1974), Los tres días del cóndor (1975) o Todos los hombres del Presidente (1976), lo que a su vez incrementó una mayor sensibilidad de las teorías de la conspiración entre la población. Los libros más vendidos y los mayores éxitos de taquilla, como el Código da Vinci y The Matrix, y series populares como 24, Profiler y Expediente X, juegan con que el estado paranoide de la realidad social es una ilusión, una sala de espejos y pantallas de humo construidos para ocultar los poderes secretos que de facto determinan la Historia (por ejemplo, Bell y Bennion-Nixon, 2001; Kellner, 2002).

Esta proliferación de las teorías de la conspiración en Occidente es tanto causa como consecuencia de su normalización en la cultura contemporánea, de modo que la confianza en las autoridades y la creencia en las versiones oficiales de los Estados, los políticos y los medios de comunicación son ahora motivo de desacreditación y un signo de ingenuidad. Conspiraciones ha habido después de todo, y los sucesos de los años 1970 han reforzado la verosimilitud y credibilidad de los teorías más rebuscadas. Pensemos en particular en el Watergate de 1972, que generó una desconfianza generalizada frente a los Gobiernos y plantó las semillas de creciente visión paranoica (por ejemplo, Schudson, 1992). Desde una perspectiva cultural, la teoría de la conspiraciones no puede ser desechada simplemente como algo irracional o ilusorio, ya que está respaldadas por hechos reales y encarna una forma radical de reflexión, crítica y escepticismo (Knight, 2000; Parker, 2001). En Expediente X, que en defensa de la racionalidad de las teorías de la conspiración, se dice: “No importa lo paranoico que seamos, nunca seremos lo suficiente”.

La cultura de las conspiraciones evolucionó de este modo y de ser un fenómeno extraño y anormal pasó a ser algo cotidiano que se ha difundido a través de los medios de comunicación y normalizado, institucionalizado y comercializado (por ejemplo, Birchall, 2002; Goldberg, 2001). Desde una perspectiva histórica, sin embargo, las teorías de la conspiración han formado parte de la Cultura en todas las edades y pueden remontarse, como mínimo, a las Cruzadas Cristianas de la Edad Media y las teorías sobre los judíos y las sociedades secretas de los Templarios, los Rosacruces, los Iluminati y los Francmasones (Pipes, 1997). Lo más importante para nuestra consideración es la afirmación hecha por diferentes estudios de que el discurso de las conspiraciones se ha transformado en las últimas décadas, se ha desplazado desde una sociedad “exterior” de los “Otros” a la paranoia sobre la propia sociedad moderna (por ejemplo, Knight, 2000; Melley, 2000). Las teorías tradicionales de la conspiración, nacidas con anterioridad y en torno a los años 1950, demonizaron a los judíos, musulmanes y comunistas como conspiradores, grupos que amenazaban la sociedad o perturbaban las fronteras entre “nosotros” y “ellos”. Esta forma de paranoia sobre un “Otro” extraño, paradójicamente, reforzó la identidad y proporcionó alguna forma de catarsis cultural. La cultura contemporánea de la conspiración es algo diferente: se trata menos de un chivo expiatorio de un “Otro” real o imaginario y más de una paranoia sobre las instituciones humanas de la sociedad moderna. Ideal y típicamente, esta forma moderna es diametralmente opuesta al tipo tradicional, ya que las teorías hacen referencia a un “enemigo interior” (Golberg, 2001), lo desconocido y las fuerzas malévolas operan dentro de los laboratorios científicos, las Corporaciones, la Política y los Estados. Knight (2000) escribe a este respecto y dice que se ha pasado de una “paranoia segura” a una “paranoia insegura”: “Para la generación posterior a 1960, [la paranoia] se ha convertido más en una expresión de sospecha e incertidumbre inagotables que en una forma dogmática de alarmismo” (2000: 75) y la consideración popular de las conspiraciones se ha transformado de una obsesión por un enemigo inamovible a una sospecha generalizada de fuerzas que conspiran… una versión mucho más insegura de la ansiedad conspiratoria, que se traduce en un retroceso infinito de la sospecha” (2000: 4). Puesto que la verdad resulta reticente en la moderna cultura de las conspiraciones, no es de extrañar que los teóricos que tejen implacablemente nuevas teorías, siempre aparecen historias sobre las posibles conexiones para descubrir esta verdad. Por ejemplo, como nos ofrece Devon Jackson en su Conspiranoia (2000): “Descubre la verdadera historia detrás de la IRS, los Nazis, JFK, Bill Gates, el LSD, el KKK, el complejo militar-industrial, el FBI… los Teletubbies, la NASA, la enfermedad de las vacas locas, Jerry García, y cómo todo ello está relacionado”.

La cultura contemporánea de la conspiración

es algo diferente: se trata menos de un chivo expiatorio

de un “Otro” real o imaginario y más de una paranoia

sobre las instituciones humanas de la sociedad moderna.

La cuestión sigue siendo cómo puede explicarse la proliferación de este tipo inestable de teorías de la conspiración. En general, se argumenta que estas ideas y conceptos aparentemente antimodernos están provocados particularmente por el descontento cultural de la modernidad, algo que ha sido tratado por los científicos sociales desde la aparición de esta disciplina y que se ha generalizado durante el último medio siglo.

Parte II

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