"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Científicos queridos y detestados por la Industria Agroquímica

En las investigaciones financiadas por la Industria, “no hay ningún científico que salga indemne”

Por Danny Hakim, 31 de diciembre de 2016

The New York Times

abejas_plaguicidas

Sus hallazgos sobre las abejas no fueron los que Syngenta esperaba.

La gran Empresa productora de plaguicidas encargó a James Cresswell, un experto en flores y abejas de la Universidad de Exeter, Inglaterra, que estudiara por qué muchas de las colonias de abejas del mundo estaban desapareciendo. Empresas como Syngenta han culpado del declive de las abejas a un pequeño ácaro, la varroa, en lugar de a sus propios pesticidas.

El Dr. Cresswell también fue un científico que mostraba escepticismo en torno a las preocupaciones planteadas por los plaguicidas, e incluso por el alcance de las muertes de las abejas. Pero su investigación inicial de 2012 vino a cambiar su percepción de este problema y la incidencia de la varroa. Así que la Empresa, con sede en Suiza, comenzó a presionarlo para que considerara nuevos datos y diese un enfoque diferente a su investigación.

Haciendo un repaso de sus relaciones con la Empresa, el Dr. Cresswell dijo en una reciente entrevista que “Está claro que Syngenta tenía una Agenda”. En un correo electrónico resumió esa Agenda: “Es la varroa, estúpido”.

Para el Dr. Cresswell, un hombre de 54 años de edad que usa unos Birkenstock, la incursión en la investigación financiada por la Industria le ha supuesto una crisis personal. Algunos de sus colegas le han condenado al ostracismo. Incluso su esposa y sus hijos dudaron de él.

No podían creer que hubiese aceptado el dinero. Se imaginaron que iba a estar sometido a una gran presión y que eso me haría ceder”, dijo de su familia.

El uso en propio beneficio de la investigación científica está bien documentado en los campos de las bebidas azucaradas y de los productos farmacéuticos. Pero es raro el caso de un científico que hable de las relaciones con las Corporaciones y las expectativas que acompañan a esas relaciones.

Una revisión de la estrategia de Syngenta muestra que la experiencia del Dr. Cresswell encaja con las prácticas utilizadas por otras Corporaciones, tales como Monsanto y la Industria Agroquímica. Los científicos financiados por la Industria suelen obtener unos resultados favorables a las Empresas, mientras que los Departamentos Universitarios de investigación apoyan a las Corporaciones. Las Universidades y las Agencias de Regulación sacrifican su autonomía mediante la firma de acuerdos de confidencialidad. Y los investigadores muy a menudo actúan como consultares pagados por la Industria.

En Gran Bretaña, Syngenta ha construido un red con investigadores y responsables de las Agencias de Regulación, incluso reclutando al científico más destacado del Gobierno en la cuestión de las abejas. En los Estados Unidos, Syngenta ha pagado a científicos tales como James W. Simpkins, de la Universidad de West Virginia, cuyo trabajo ha ayudado en la evaluación de riesgos de sus productos. No sólo las investigaciones del Dr. Simpkins han sido financiadas por Syngenta, sino que también actúa como consultor para la Empresa, a razón de 250 dólares la hora. Y se asoció con un Ejecutivo de Syngenta para crear una empresa de consultoría, según los correos a los que ha podido acceder The New York Times.

El Dr. Simpkins no ha querido hacer comentarios. Un portavoz de la Universidad de West Virginia dijo que su trabajo de consultoría “lo puede realizar gracias a sus 42 años de experiencia en la neuroendocrinología reproductiva”.

Pero los científicos que se cruzan con la Industria pueden mostrar su desacuerdo con ella. Es el caso de la científica Angelika Hilbeck, investigadora del Instituto Federal Suizo de Tecnología, en Zurich. La Industria viene criticando desde hace tiempo sus investigaciones, y ella se mantiene firme en sus posiciones.

Volviendo a la década de 1990, su investigación descubrió que el maíz modificado genéticamente, diseñado para matar a los insectos que se alimentan de la planta, podría dañar también a los insectos beneficiosos. Por aquel entonces, Syngenta todavía no se había fundado, pero dijo que uno de las empresas predecesoras, Ciba-Geigy, intentó silenciar su investigación haciendo referencia a un acuerdo de confidencialidad que había firmado con su empleador, un centro de investigación del Gobierno suizo llamado Agroscope.

Los acuerdos de confidencialidad se han vuelto algo rutinario. El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) ha firmado más de 43 acuerdos de confidencialidad con Syngenta, Bayer y Monsanto desde principios de 2010, lo que se ha sabido gracias a una solicitud de la Ley de Libertad de Información. Agroscope firmó otros cinco acuerdos con Empresas agroquímicas suizas.

Muchos de los acuerdos ponen de relieve cómo las Agencias de Regulación actúan más como colaboradoras que como vigilantes, realizando investigaciones conjuntas y estableciendo acuerdos de patentes que mantienen en secreto.

Un acuerdo entre la USDA y Syngenta, que tenía un plazo de confidencialidad de cinco años, abarcaba desde “actividades de investigación y desarrollo” hasta “procesos de fabricación.. e información financiera y de marketing relacionados con la protección de los cultivos y las tecnologías de las semillas”. A un científico del Gobierno incluso se le impidió divulgar información que había escuchado en un Simposio financiado por Monsanto.

James Cresswell, profesor de la Universidad de Exeter, Inglaterra, ha regresado a áreas menos controvertidas de investigación con las abejas. Aquí se observa la reacción de una abeja en un túnel aerodinámico en una investigación diseñada para estimar la densidad normal de la abeja. Imagen: Andrew Testa.

James Cresswell, profesor de la Universidad de Exeter, Inglaterra, ha regresado a áreas menos controvertidas de investigación con las abejas. Aquí se observa la reacción de una abeja en un túnel aerodinámico en una investigación diseñada para estimar la densidad normal de la abeja. Imagen: Andrew Testa.

El Departamento de Agricultura, en un comunicado, dijo que sin tales acuerdos y asociaciones “la gente no se beneficiaría de muchas soluciones tecnológicas”, agregando que los resultados de las investigaciones fueron dados a conocer “objetivamente sin la inapropiada influencia de socios internos o externos”.

Luke Gibbs, portavoz de Syngenta, que ahora está en proceso de adquisición por parte de la empresa china National Chemical Corporation, dijo en un comunicado: “Estamos orgullosos de las colaboraciones y asociaciones que hemos construido”.

Todos los investigadores con los que nos asociamos tienen libertad para expresar sus opiniones públicamente con respecto a nuestros productos y enfoques. Syngenta no presiona a los investigadores para que obtengan unas determinadas conclusiones y permite la libertad e independencia de los trabajos encargados de investigación “.

Pero si echamos un vistazo a las experiencias de tres científicos, el Dr. Creeswell, el Dr. Simpkins y la Dra. Hilbeck, se revelan las formas en que las Empresas Agroquímicas moldean el pensamiento científico.

Un socio reacio

Para James Cresswell, aceptar dinero de Syngenta no fue una decisión fácil.

El Dr. Cresswell ha sido investigador en la Universidad de Exeter, situada en el suroeste de Inglaterra, donde ha trabajado durante un cuarto de siglo, explorando sobre todo la reproducción de las plantas, en trabajos como “Los conos ovulados de las coníferas acumulan polen principalmente por simple retención”. No estaba acostumbrado a los titulares de la Industria.

Pero hace aproximadamente 5 años se interesó por el debate en torno a los plaguicidas neonicotinoides, una clase de pesticidas derivados de la nicotina y sus efectos sobre la salud de las abejas. Muchos estudios han establecido una relación entre estos productos químicos y el colapso de las colonias de abejas. Otros estudios, muchos de ellos respaldados por la Industria, han señalado al ácaro varroa como el responsable, y algunos han visto a ambos factores en juego.

La investigación inicial de Dr. Creeswell le llevó a pensar que las preocupaciones sobre los pesticidas eran exageradas. En 2012, Syngenta se ofreció para financiar más investigaciones.

Aunque muchos investigadores no han atendido la solicitud de The Times para hablar de sus relaciones con Syngenta, el Dr. Creeswell no cuestionó nuestra solicitud enviada a su Universidad. Y habló con sinceridad.

James Creeswell en su laboratorio de la Universidad de Exeter, Inglaterra, junto al túnel aerodinámico utilizado en la investigación de las abejas. Foto: Andrew Testa

James Creeswell en su laboratorio de la Universidad de Exeter, Inglaterra, junto al túnel aerodinámico utilizado en la investigación de las abejas. Foto: Andrew Testa

Lo última cosa que quisiera hacer es meterme en la cama con Syngenta. No soy un fanático de la Agricultura Intensiva”, dijo el Dr. Cresswell.

Pero rechazar la financiación de una investigación es difícil. El Gobierno británico clasifica a las Universidades según la utilidad de sus trabajos para la Industria y la sociedad, de modo que las subvenciones que reciben del Gobierno están relacionadas con sus evaluaciones.

Mi Universidad me presionó sobremanera para que aceptara esa financiación. Es como ser el mejor vendedor ambulante y tener el mejor mercado de ventas posible y decirle al jefe, “No, no voy a realizar esas ventas”. Realmente no puedes hacer eso”.

La cuestión se planteó pronto en la casa del Dr. Cresswell.

Mi madre y yo le dijimos: “¡Cómo que vas a aceptar ese dinero!” No es que hubiera una discusión, pero el ambiente se caldeó bastante, Sólo le dijimos: “No lo hagas”, dice su hija Fay, ahora estudiante universitaria de 21 años de edad recordando la conversación que tuvo lugar.

Duncan Sandes, un portavoz de la Universidad de Exeter, se negó a hablar de las subvenciones específicas destinadas a investigación, aunque dijo que hasta el 15% de la investigación universitaria de Gran Bretaña estaba financiada por la Industria: “Los patrocinadores de la Industria son conscientes de que se realizará una evaluación independiente, honesta y desapasionada”, dijo Sandes.

Pero el grado de independencia está en duda.

El Dr. Cresswell y Syngenta redactaron una lista con las ocho posibles cusas de las muertes de las abejas para su investigación. Discutieron los pormenores de la financiación. Revisaron el personal ayudante de la investigación. El Dr. Cresswell pidió permiso a Syngenta para investigar siguiendo otras hipótesis, preguntando en un determinado momento: “Por favor, ¿pueden confirmarme si ustedes están contentos con la dirección que está tomando actualmente nuestro trabajo?”.

Pero también algunas veces dio marcha atrás. Un correo electrónico de Syngenta dirigido a la Universidad decía que el Dr. Cresswell “tendrá completo control editorial “, pero en otro correo el Dr. Cresswell expresó su preocupación por una cláusula de confidencialidad “que concedía a Syngenta el derecho a silenciar los resultados. No estoy contento al trabajar bajo una cláusula que impide la libertad de movimientos”. Dice que finalmente esta cláusula quedó reducida a un período de sólo unos meses.

Los neonicotinoides están actualmente sometidos a una moratoria en la Unión Europea. Un reciente estudio del Centro de Ecología e Hidrología de Gran Bretaña atribuye a los plaguicidas la desaparición de al menos el 20% de muchos tipos de abejas silvestres.

Syngenta y otras empresas sostienen que la responsabilidad de la desaparición de las abejas es una enfermedad denominada varroasis, que se propaga por el ácaro varroa. El Bayer Bee Care Center en Alemania incluye esculturas amenazadores de estos pequeños ácaros.

Pero la investigación inicial del Dr. Cresswell para Syngenta no apoyaba las tesis de la varroasis. “Estamos descubriendo que es bastante improbable que la varroasis sea la responsable de la disminución de la población de abejas”, escribió a Syngenta en el año 2012.

Un Ejecutivo escribió de nuevo sugiriendo al Dr. Cresswell que mirase los datos más detenidamente en lugar de observar las tendencias más amplias de las poblaciones de abejas. ¡Quizás nos pueda llevar a respuestas diferentes!”.

En las semanas posteriores, la Empresa pidió de manera reiterada al Dr. Cresswell que volviera a enfocar su evaluación de la varroa. En otro correo electrónico, el Ejecutivo le dijo al Dr. Cresswell: “También resultaría interesante considerar a la varroa como un posible factor de incremento” en aquellos países donde podría haber jugado un importante papel en la pérdida de abejas.

En el mismo correo electrónico, siguiendo con el mismo asunto sobre el “Informe sobre la varroasis”, se pedía al Dr. Cresswell que examinara los cambios producidos en Europa en lugar de hacerlo en todo el mundo. El Dr. Cresswell estuvo de acuerdo y dijo: “Tengo algunas otras perspectivas para evaluar más adelante sobre el tema de la varroasis”.

Al cambiar los parámetros, el ácaro varroa se convirtió en un factor significativo: “Estamos considerando seriamente que la varroasis podría tener un fuerte impacto a gran escala en la pérdida de las colonias”, escribió el Dr. Cresswell en enero de 2013. Un correo electrónico posterior incidía en la misma idea que apoyaba la tesis de la varroa.

El Sr. Gibbs de Syngenta dijo: “Hemos discutido y definido la dirección de la investigación con el objetivo de focalizar el objeto pertinente de investigación. No hemos minado la independencia del Dr. Cresswell al dictarle un enfoque de evaluación de los ocho factores acordados con él, ni restringido cualquiera de las conclusiones que posteriormente obtuvo”.

Dicho esto, Syngenta se convirtió en cliente y el Dr. Cresswell en el prestador del servicio.

Recordando lo ocurrido, el Dr. Cresswell dijo que si bien pensaba que las preocupaciones por la incidencia de los pesticidas eran exageradas, diferentes aspectos de su investigación estuvieron inevitablemente influenciados por la naturaleza de la relación.

Sería algo así como decir que Syngenta tenía una influencia sobre mí. No puedo negar que no la tuvieran. No es que hubiese una connivencia entre ambas partes, pero influyeron en los resultados del estudio”.

Para el Dr. Cresswell, la relación con Syngenta se convirtió en una carga. Los ecologistas lo veían como un adversario y su conexión con la Industria se convirtió en objeto de artículos periodísticos. Cuando fue llamado para dar su testimonio en el Parlamento, Dave Goulson, profesor de Biología de la Universidad de Sussex, se sentó a su lado. El Dr. Goulson comparó las prácticas de la Industria Agroquímica con la Industria del Tabaco, que negó durante mucho tiempo los perjuicios del tabaco.

Algunas personas prosperan en medio de las controversias; el Dr. Cresswell no.

Me dolió más de lo que llegué a admitir en aquel momento. Todo ocurrió muy rápido”, dijo.

Se produjo una ruptura y dijo que empezó a sentir que “era prácticamente incompetente”, que su trabajo era un desastre. Terminó dejando el trabajo durante varios meses. Aunque presentó públicamente sus investigaciones, nunca se publicaron.

En una entrevista, el Dr. Goulson dijo: “Conozco a James desde hace mucho tiempo y siempre pensé que era una persona en quien se podía confiar. No hay forma de salir bien parado. Si su investigación está financiada por la Industria, la gente empieza a sospechar de su investigación. Si no está financiada, se le acusa de ser un ecologista abrazando un árbol. No hay científico que salga de este embrollo indemne”.

Actualmente el Dr. Cresswell ha regresado a áreas de investigación de las abejas menos controvertidas. Dice respetar a los científicos que conoció en Syngenta, pero considera que la colaboración con la Industria es un negocio fáustico.

Ha calificado a Syngenta como una especie de diablo:

De lo que no me di cuenta es que la confraternización con ellos influiría en la forma con que el mundo me vería como científico. Ese fue el lado negativo de mi decisión”.

Una relación enrevesada

Si algunos científicos tratan de justificar el dinero recibido de la Industria para la financiación de sus investigaciones, otros aceptan unas relaciones comerciales complejas.

James W. Simpkins, profesor de la Universidad de West Virgina y Director de su Centro de Investigación Básica y Translational Stroke Research, es uno de los muchos investigadores externos a los que Syngenta se ha dirigido para realizar investigaciones.

Se ha centrado en un producto fabricado por Syngenta, la atrazina, el segundo herbicida más popular en los Estados Unidos, muy utilizado en el césped y los cultivos, y ha realizado investigaciones conjuntamente con científicos de Syngenta.

La atrazina, prohibido en la Unión Europea, también es objeto de polémica en los Estados Unidos. Syngenta que embarcó en una campaña para desacreditar a Tyrone B. Hayes, un profesor de la Universidad de California, Berkeley, al que financió, hasta que descubrió que la atrazina cambiaba el sexo de las ranas.

El Dr. Simpkins ha tenido una relación diferente con la Empresa. En el año 2003, representó a Syngenta ante las Agencias de Regulación, diciendo que “no podemos identificar ningún mecanismo biológicamente plausible por el cual la atrazina provoque un aumento en los cánceres de próstata”.

El Dr. Simpkins también fue el autor principal de un estudio del año 2011 que no encontró evidencias de que la atrazina causase cáncer de mama. Y el año pasado, formó parte de un pequeño equipo de científicos respaldados por Syngenta que luchó contra un movimiento de California que exigía que la atrazina fuese vendida con una etiqueta de advertencia. Recientemente, ha publicado una serie de artículos sobre la atrazina para Syngenta, que recibió elogios por parte de un investigador de la Empresa, Charles Breckenridge, quien escribió en un correo electrónico que los “los artículos cuentan una historia sencilla pero convincente”.

Los estrechos lazos financieros entre el Dr. Simpkins y Syngenta se establecieron a través de casi 2000 páginas de correos electrónicos, que han sido obtenidos por The Times siguiendo una solicitud de la Ley de Libertad de Información (FOIA). No sólo el Dr. Simpkins recibe subvenciones para sus investigaciones, sino que la Empresa también le paga 250 dólares a la hora como consultor en paneles de expertos, estudios y manuscritos,, según muestran los registros. Syngenta incluso pidió al Dr. Simpkins que contribuyera en la revisión anual del trabajo del Dr. Breckenridge.

Pedir a un investigador de fuera que contribuya a las revisiones corporativas no es algo inusual. Sin embargo, el Dr. Simpkins también se describe en los correos electrónicos como socio de la empresa creada por el Dr. Breckenridge denominada Quality Scientific Solutions, una empresa de consultoría sobre pesticidas y otros asuntos.

En el sitio web de la Universidad de West Virginia (WVU) se dice que “las investigaciones llevadas a cabo en la WVU están basados en datos, son objetivas e independientes y no influenciadas por ninguna agenda política o prioridad comercial o por la fuente de financiación”. John A. Bolt dijo que todas las investigaciones del Dr. Simpkins relacionadas con Syngenta fueron realizadas antes de que llegara a la Universidad de West Virginia en el año 2012.

Pero una revisión del trabajo publicado por el Dr. Simpkins muestra que fue coautor de estudios favorables a la atrazina con científicos de Syngenta en 2014 y 2015, que recogió en su afiliación universitaria. El Dr. Bolt dijo que el Dr. Simpkins sólo “sirvió como experto asesor” en los citados estudios.

En el año 2014, Syngenta hizo una donación de 30.000 dólares a la fundación de la Universidad. El Sr. Bolt dijo que tal donación se realizó “como apoyo general a las actividades de investigación del Dr. James W. Simpkins. Ninguna parte de ese dinero fue utilizada para apoyar las investigaciones relacionadas con Syngenta”.

Las colaboraciones del Dr. Simpkins con el Dr. Breckenridge parecen ir en aumento. En un correo electrónico enviado al Dr. Simpkins, el Dr. Breckenridge le envió un estudio sobre la Dieta Mediterránea y sugirió la utilización de una empresa multinivel que les ayudase en la venta de un producto propio.

Si encontrásemos un Aceite de Serpiente mejor tendríamos acceso a una enorme fuerza de marketing”, le escribió al Dr. Simpkins.

Un crítico y un objetivo

Algunos científicos no trabajan para la Industria. Ese puede ser un difícil camino.

Angelika Hilbeck trabajó para Agroscope, un centro suizo de investigación agrícola en la década de 1990, y se ocupó de estudiar el maíz modificado genéticamente. Este maíz fue diseñado para matar las larvas de los insectos que se alimentaban de él, pero la Dra. Hilbeck encontró que era tóxico para una insecto denominado crisopa, un insecto útil contra las plagas.

Crisopa, un insecto beneficioso.

Crisopa, un insecto beneficioso.

Ciba-Geigy, una empresa predecesora de Syngenta, tenía un acuerdo de confidencialidad con Agroscope, e insistió en mantener la investigación en secreto. Los acuerdos de confidencialidad no son inusuales para Agroscope. En uno de esos acuerdos obtenidos por The Times, la Agencia acordó devolver o destruir los documentos que recibiese como parte de un proyecto de investigación.

La Dra. Hilbeck se negó a dar marcha atrás y publicó finalmente su trabajo. No se le renovó su contrato en Agrocope. Un portavoz de Agroscope dijo que tal episodio ocurrió hace demasiado tiempo como para hacer comentarlo ahora.

La Dra. Hilbeck continuó trabajando como investigadora universitaria y fue sustituida en Agroscope por Jörg Romeis, un científico que había trabajado en Bayer y que desde entonces ha sido coautor de investigaciones con los empleados de Syngenta, DuPont y otras Empresas. Ha pasado buena parte de su vida intentando desacreditar el trabajo de la Dra. Hilbeck. También ha realizado trabajos sobre la crisopa, encontrando que los cultivos modificados genéticamente no producen daños a este insecto.

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Después de que la Dra. Hilbeck fuera coautora de un documento que describía un modelo para evaluar los riesgos no intencionales de tales cultivos, el Dr. Romeis fue autor principal de un estudio alternativo con un científico de Syngenta, que aparece como coautor.

En el año 2009, la Dra. Hilbeck fue coautora de un artículo en el que se analizaban los riesgos que suponían para las larvas de las mariquitas los cultivos modificados genéticamente. En publicaciones posteriores, se hacía referencia al trabajo de la Dra. Hilbeck como malas prácticas científicas y como mito.

Se convirtieron en mis acosadores: todo lo que hacía lo echaban por tierra”.

En una entrevista, el Dr. Romeis, que ahora es jefe de un grupo de investigación sobre seguridad biológica en Agroscope, dijo: “Su trabajo no afecta de ninguna manera a nuestra misión”, agregando que la idea de investigar los efectos de los cultivos modificados genéticamente no es algo de su exclusiva incumbencia.

Mediar en una disputa científica es arriesgado. Pero el Dr. Romeis y sus colaboradores parecían preocuparse por el trabajo de la Dra. Hilbeck, a juzgar por el contenido de los correos electrónicos intercambiados entre Agroscope y la USDA, obtenidos por The Times después de una solicitud mediante la Ley de Libertad de Información.

En el año 2014, cuando el Dr. Romeis estaba redactando un artículo sobre el trabajo de la Dra. Hilbeck, un científico de la USDA, Steven E. Naranjo, bromeaba en un mensaje dirigido al Dr. Romeis: “Joerg, es muy generosa con usted al ver que Hilbeck publica de vez en cuando :)”.

La Dra. Hilbeck está acostumbrada a hacer la vista gorda: “No deberíamos encontrarnos todo tipo de obstáculos y enfrentarnos a este acoso integral haciendo lo que se supone que debemos hacer. Este campo está totalmente descompuesto”.

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