"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Los insecticidas neonicotinoides y las plagas de ácaros

Por Douglas Main, 2 de octubre de 2016

europe.neskweek.com

 

La Araña Roja (Tetranichus urticae) es un ácaro que se alimenta de la savia de las plantas, con una longitud de medio milímetro (0,5 mm)

La Araña Roja (Tetranichus urticae) es un ácaro que se alimenta de la savia de las plantas, con una longitud de medio milímetro (0,5 mm)

En el año 2005, las autoridades de la ciudad de Nueva York, ante la plaga de escarabajos asiáticos de cuernos largos que afectaba a los olmos de Central Park, una plaga que es capaz de destruir un bosque entero, aplicaron unos insecticidas conocidos como neonicotinoides en los varios miles de miles de árboles infectados por este escarabajo, y contra otra plaga también invasiva, la del barrenador esmeralda del fresno.

El tratamiento fue efectivo, pero esta fumigación tuvo un efecto imprevisto: la aparición de una plaga de ácaros. Estos diminutos arácnidos, que tejen pequeñas redes y perforan orificios en las plantas de las que se alimentan, provocan enfermedades en los árboles, muchos de los cuales empezaron a perder sus hojas.

Ante esta situación, una entomóloga de Texas, Ada Szczepaniec, comenzó una investigación científica: ¿Por qué los pesticidas neonicotinoides, tales como la clotianidina y el imidacloprid, que pueden matar a una amplia variedad de insectos, provocan un aumento de las poblaciones de la araña roja?

Ada Szczepaniec buscó una respuesta, sobre todo porque los insecticidas neonicotinoides se empezaron a usar en gran cantidad en los años noventa y ahora están omnipresentes. Si bien considera que son más seguros que los insecticidas anteriores, no dejan de presentar una serie de preocupaciones por sus consecuencias no deseadas, que generalmente se han minimizado, especialmente en los Estados Unidos, sobre todo por sus efectos tóxicos para las abejas. Por esta razón la Unión Europea ha prohibido varios de ellos.

Su trabajo inicial condujo a la publicación en PLOS ONE en el año 2011 de un artículo que mostraba que los olmos tratados con los insecticidas neonicotinoides suponían diezmar las poblaciones de los insectos que atacan a los ácaros. Su descubrimiento más importante: los ácaros que se alimentaban de las hojas de los olmos tratados tenían un 40% más de descendencia que los que se alimentaban de las hojas de los olmos no tratados. Esto sugirió que estos insecticidas estaban haciendo algo inusual en los árboles que los convertía en más apetecibles.

A continuación, Szczepaniec dirigió su atención hacia el campo de la agricultura, donde se encontró con resultados similares en el maíz, el algodón y los tomates. De ser tratados estos cultivos, se comprobó que aumentaba la población de ácaros.

Su último trabajo, presentado en el Congreso Internacional de Entomología a finales de septiembre en Orlando, Florida, mostró que cuando se aplica en la soja el insecticida neonicotinoideo imidacloprid se altera la actividad de más de 600 genes implicados en la formación de las paredes celulares y defensa contra los parásitos. La actividad de la mayor parte de estos genes se redujo. Szczepaniec sospecha que la reducción en la actividad de estos genes lleva a las hojas a ser más porosas y a presentar un menor nivel de hormonas implicadas en la resistencia contra los parásitos. Nadie lo sabe con certeza, pero esto explicaría el aumento de las poblaciones de la araña roja en presencia de estos insecticidas.

Otros investigadores han llegado a conclusiones similares, mostrando que el uso de los neonicotinoides puede provocar plagas en los manzanos, los olmos y la cicuta, en plantas ornamentales como el rosal y en productos agrícolas como la soja. Y un estudio publicado en Journal of Economic Entomology por investigadores de la Universidad Estatal de Washington, encontró que la araña roja puso más huevos cuando las plantas de judías verdes eran tratadas con imidacloprid.

Mientras tanto, en los últimos años, Szczepaniec y John Tooker, de la Universidad Estatal de Pensilvania, han observado el creciente aumento de las plagas de araña roja en el maíz y la soja en todo el país, aunque no se ha realizado una cuantificación. “Las conclusiones generales son interesantes porque ponen de manifiesto una consecuencia negativa no deseada de los insecticidas y porque los ácaros suponen una importante plaga que puede infectar una amplia gama de huéspedes”, dijo Gregg Howe, un investigador de la Universidad del Estado de Michigan, que no participó en la investigación.

Sin embargo, dos estudios dirigidos por Ralf Nauen de la división de CropScience de Bayer, que fabrica los neonicotinoides (incluyendo el imidacloprid), llegó a una conclusión diferente. Estos dos documentos, el de Journal of Economic Entomology y el de Ciencias de la Gestión de Plagas, encontraron que el imidacloprid reduce la fertilidad de algunas cepas de ácaros. Se necesitan más estudios para resolver estos hallazgos contradictorios.

La araña roja puede ser controlada con algunos insecticidas y acaricidas, pero resultan tratamientos costosos y difíciles de aplicar. La resistencia a estos productos químicos parece que está aumentando.

Tooker dice que además de los ácaros, la aplicación de insecticidas neonicotinoides puede acarrear otros efectos secundarios no deseados. Su trabajo ha demostrado que el uso de productos químicos también ha provocado el aumento de la población de babosas, que ingerirían el insecticida al consumir el cultivo tratado y diezmando a un importante depredador, el escarabajo de tierra.

Todo esto sugiere que deben utilizarse con menor profusión los insecticidas neonicotinoideos, dicen Tooker y Szczepaniec. Se muestran especialmente preocupados por el uso de estos insecticidas para recubrir las semillas, a lo que se recurre para prevenir infecciones, algo poco probable que ocurra. Y esto se hace en el 95% de las semillas de maíz y en la mitad de las soja.

La mayor parte de esta capa que recubre las semillas se escurre hacia el agua, terminando en las vías fluviales. El trabajo de Christian Krupke, de la Universidad de Purdue, ha demostrado que más del 90% de estos revestimientos a base de insecticidas no es absorbido por las plantas.

La Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) llegó a la conclusión en un Informe de 2014 de que “Estos tratamientos de las semillas proporcionan escasos beneficios en la producción de soja en la mayoría de las situaciones”. Tooker dice que ocurre lo mismo en el maíz.

Jeff Donald, un portavoz de Bayer CropScience, no está de acuerdo: “Los modernos tratamientos de las semillas con neonicotinoides ofrecen una serie de importantes beneficios, incluyendo el aumento del rendimiento de los cultivos, la reducción de insecticidas lanzados al medio ambiente y la minimización de la exposición potencial de organismos no objetivo, siempre y cuando se usen de acuerdo a las instrucciones específicas del etiquetado”.

Tanto Szczepaniec como Tooker aconsejan a los agricultores adoptar un sistema integrado de manejo de los parásitos, un conjunto de políticas que establecen cuando deben usar los insecticidas en respuesta a la aparición de plagas, en lugar de utilizarlos de manera preventiva en la mayoría de los casos. Con frecuencia, dice Tooker, estos productos químicos se usan “para prevenir un problema que no es probable que ocurra”. Con impactos negativos, como la plaga de ácaros, dice, “esa actuación es difícil de justificar”.

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Clasificado en:Contaminación química, Régimen científico

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