"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Adiós a Yarmouk: El viaje de un refugiado palestino de Esmirna a Grecia

Por Ramzy Baroud, 26 de julio de 2016

Dissident Voice

 Campo de refugiados de Yarmouk en Damasco. Imagen: eldiario.es

Campo de refugiados de Yarmouk en Damasco. Imagen: eldiario.es

(Nota del autor: Este artículo se ha redactado en base a las entrevistas realizadas a los refugiados palestinos de Siria)

El campo de refugiados de Yarmouk estuvo alguna vez presente en su ser, pero decidió salir del abismo de los miedos persistentes y no volver nunca más. ¿Pero cuál sería para este refugiado su última tierra ahora que dejaba Yarmouk, su primera tierra de asilo?

¿Cómo podría cualquier otro lugar mostrarse hospitalario, convertirse en su casa, cuando ha aprendido que Palestina, la que nunca ha visitado, nunca podrá ser su hogar? Al ser preguntado, responde sin vacilar: “Soy de este pueblo y de aquel de Palestina”. Sin embargo, el campo de refugiados de Yarmuk en Siria es todo lo que queda de Palestina, y de Palestina sólo sabía lo que había leído en los libros o por el mapa hecho jirones que colgaba en el salón de la casa familiar.

Pero al menos ella estaba junto a él y compartían el mismo dolor, sin ella nunca se habría embarcado en esta búsqueda. Su nombre, Khaled al-Lubani, y el de ella, Maysam.

Su primer intento de cruzar el mar estaba condenado al fracaso. Los mil dólares estadounidenses que el padre de Khaled le había dado en Yarmouk casi se habían terminado, y el dinero que le prometió su tía de los Emiratos Árabes Unidos no aparecía por ningún lado. Para entonces, se habían establecido en Esmirna, la esquina más occidental de Turquía, el lugar más próximo a Grecia.

Esmirna

Querían oportunidades de una vida mejor; sabían que su estancia allí sólo era temporal dentro de sus planes con mayor amplitud de miras.

Después de una breve estancia en un hotel barato, buscaron un alojamiento aún más barato, un pequeño piso por el que pagaban 400 liras turcas al mes (unos 120 euros ). Pero el dinero se acababa, y la ansiedad de Maysam se hacía cada mayor. Khaled sintió la creciente presión. Mientras esperaba el dinero de su tía, sintió que pendía de una cuerda al borde un acantilado.

Cuando comenzó la guerra de Siria, Khaled se preocupó poco por los avatares de la guerra. Había llegado a la conclusión, hacía ya mucho tiempo, de que nada bueno se podía obtener de la política y que cualquier persona que llegara al Gobierno, o fuera de la milicia uniformada, era alguien en quien no se podía confiar. Sin embargo, la guerra se fue acercando a Yarmouk, a pesar de las súplicas de los refugiados a las partes en conflicto para que no aumentaran su agonía.

Y cuando Yarmouk fue brutalmente destruida, Khaled, presionado por las lágrimas y las súplicas de sus padres, huyó. Un largo viaje, costoso y agonizante antes de llegar a Esmirna.

Su primer intento fue el de cruzar el mar con Abu Dandi. Había algo de sombrío y de falta de honradez, de modo que no confiaba mucho al ponerse en sus manos. De unos 50 años, era un hombre pesado, con un viente prominente, y con el pelo blanco muy corto. Era adicto al té negro, y pasaba la mayor parte de su tiempo en el Club Sirio jugando al backgammon, rezumando la confianza sin reparos de un jugador.

Otros refugiados palestinos también pusieron toda su fe en encontrar una nueva vida en un viaje sin garantías. Pero una hora después del inicio del viaje, el motor de la pequeña lancha se detuvo completamente.

El motor se ahogó y fue imposible ponerlo en funcionamiento de nuevo. Khaled, con todo el miedo recorriendo su cuerpo, sabía que volver no era una opción. Así que añadiendo al drama los temores y las ansiedades de Maysam, estallaron en unos reproches ininteligibles sobre las profundidades del mar.

Sin otra opción. Abu Dandi llamó a la guardia costera turca, que finalmente apareció y les condujo hasta una prisión de Esmirna.

Conocieron al capitán de un segundo bote, Abu Salma, mientras se encontraban en prisión. Capturado después de una fallida expedición, Abu Salma les prometió que les liberaría o les devolvería su dinero, ¡garantizado! Por desgracia, el primer desembolso de dinero nunca les fue devuelto por aquel miserable traficante de vientre protuberante.

La segunda expedición tampoco tuvo éxito, aunque el barco logró avanzar mucho más. El motor no se detuvo bruscamente, pero empezó a hacer un extraño ruido antes de que empezase a soltar el oscuro combustible en las aguas azules del mar Mediterráneo. Finalmente el bote se detuvo al llegar a las aguas griegas. Cuando les interceptó el guardacostas, tiraron una cuerda desde su barco para poder transportar con seguridad a los incómodos pasajeros.

Tratando de eludir al barco griego, los pasajeros se pusieron a remar frenéticamente y con toda la energía que les quedaba. Era como si esta fuera la última tarea que acometían en su lucha épica por sentirse humanos de nuevo. Sin embargo, el bote fue obligado a detenerse y las emociones por la derrota y el fracaso cayeron sobre ellos encorvando sus espaldas.

Con un nulo interés en llevar a los refugiados a la costa griega, la guardia costera se sumó a las crónicas de muerte y desgracia, ya que llamaron a los gendarmes turcos para que llevaran el bote de regreso al punto de partida, lo cual suponía por lo menos dos días de cárcel.

Jurando por su hija de tres años de edad, Abu Salma insistió en que era el mejor en este negocio, y si no hubiera sido por la maldita suerte, ya habrían llegado a Grecia y comerían como reyes, mientras que los dioses griegos les observarían desde el Olimpo. Prometiendo que encontraría un motor más grande y más rápido para el próximo intento, Abu Salma, una vez más, llevó a los pasajeros al lugar de partida, donde supuestamente debía estar el bote escondido, pero no había bote por ningún lado.

Emocionalmente agotados y cansados, regresaron a la carretera principal, a la espera de que la policía les encontrara de nuevo.

Cuando lo intentaron de nuevo, el grupo de nueve se había convertido en uno de 20, sumándose otros refugiados de guerra, buscando la seguridad que no podían encontrar en su país. Este bote era un poco más grande que el anterior, pero el motor más pequeño que el primero. Se produjeron reacciones acaloradas y los hombres gritaron y montaron en cólera. Las mujeres también gritaban de dolor, algunas oprimiendo sus corazones y otras cayendo de rodillas. Maysam no pudo más y estrujó su rostro empapado contra la arena.

La mayoría de los pasajeros se fueron y otros se sentaron en la arena tratando de establecer un plan que nadie había imaginado antes. Pero los palestinos, junto con Khaled y Maysam, se quedaron. Su voluntad era demasiado fuerte como para renunciar después de todo lo que habían pasado. Asumiendo el papel de líder, fueron animados por Khaled, una vez más.

Sólo tienes que ir en esa dirección”, dijo el traficante, señalando en alguna dirección determinada en la oscuridad con sus rechonchos dedos. Y eso fue precisamente lo que hizo Khaled. Desafiando la oscuridad y empujado por su deseo de ir hacia la libertad. Durante todo el viaje, Maysam sollozó en silencio y se aferró a su brazo como si fuera un salvavidas.

Finalmente, aparecieron las esperadas luces de la isla de Mitilene, que brillaban en la distancia. “”Ya Allah, Ya Allah, Ya Allah,” murmuraba Maysam en el último intento de rezar tanto como le fuera posible para acompañar al bote en su viaje hasta la costa, poniendo fin a las pesadillas turca y siria, y liberándoles del abismo de los condenados.

Todo lo que dejaron Khaled y Maysam en la balsa de lona fue una bolsa de cacahuetes cuando sus pies tocaron las arenas de Mitilene a altas horas de la noche. La alegría de su éxito alejó sus pesadumbres, saltando y llorando del regocijo.

Pero cuando trataron de darse cuenta de la increíble comodidad que la arena blanca les ofrecía, rápidamente acudieron los temores, sobre su imprevisto e inesperado futuro. El agua que les cubrió sus zapatillas lo sintieron como un mal presagio.

Ramzy Baroud es escritor y periodista. Su último libro publicado es “La segunda Intifada palestina: crónica de una lucha popular” ((Pluto Press, London).

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Procedencia del artículo:

http://dissidentvoice.org/2016/07/farewell-to-yarmouk-a-palestinian-refugees-journey-from-izmir-to-greece/

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Clasificado en:Conflicto palestino-israelí, Derechos Humanos

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