"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Las Bombas de Palomares 50 años después: los daños en la salud entre el personal militar que participó en las labores de limpieza (II)

Por Dave Philipps, 19 de junio de 2016

The New York Times

Parte 1

Personal de la Fuerza Aérea trabajando en las labores de limpieza, llevando sólo una mascarilla y guantes.

Personal de la Fuerza Aérea trabajando en las labores de limpieza, llevando sólo una mascarilla y guantes.

El día posterior al accidente, varios autobuses llenos de soldados comenzaron a llegar procedentes de las distintas bases estadounidenses, trayendo equipos de medición de los niveles de radiación. William Jackson, un joven teniendo de la Fuerza Aérea, ayudó a registrar algunas de las primeras mediciones cerca de los cráteres usando un contador Geiger de partículas alfa, que podía medir hasta hasta dos millones de partículas alfa por minuto.

Casi en todas partes obteníamos unas lecturas muy altas, pero nos dijeron que este tipo de radiación no penetraba en la piel. Nos dijeron que estábamos seguros”.

El Pentágono se concentró en la búsqueda de la bomba perdida en el mar y en gran medida ignoró los peligros por la exposición al plutonio de los miembros de la Fuerza Aérea que permanecieron en el lugar. Las tropas recorrieron a pie de manera innecesaria el campo de tomates muy contaminado sin ningún equipo de seguridad. Muchos se acercaron en los primeros días para observar las bombas reventadas. “Una vez salí para comprobar los sistemas G.I y les encontré con las piernas colgando dentro del cráter, allí sentados, comiendo su almuerzo”, dijo Jackson.

El accidente se convirtió en noticia de primera página tanto en Europa como en Estados Unidos. Las autoridades estadounidenses y españolas trataron de inmediato de encubrir el accidente y minimizar los riesgos. Se impidió el acceso al pueblo y se negó que en el accidente estuvieran implicadas armas nucleares o que se hubieran producido emisiones radiactivas. Cuando un periodista estadounidense vio a personas vestidas con batas blancas, un oficial de prensa militar le dijo: “Oh, no, son miembros del servicio postal”.

Una vez que ya no se pudo ocultar la existencia de las bombas, un mes más tarde Estados Unidos admitió que una bomba, no dos, se había fragmentado, pero sólo había liberado una “pequeña cantidad de radiación básicamente inofensiva”.

Hay en día a este tipo de cabezas nucleares se las conoce como bombas sucias y es motivo de una rápida evacuación. En ese momento, con el fin de minimizar la importancia de la explosión, la Fuerza Aérea dijo a los habitantes del pueblo que permaneciesen en el lugar.

Las autoridades invitaron a los medios de comunicación para presenciar al Ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, y al Embajador de Estados Unidos, Angier Biddle Duke, bañándose en una playa cerca para mostrar que la zona era segura. Duke dijo a la prensa: “Si esto es la radiactividad, entonces me gusta”.

Famosa foto del baño del entonces ministro de  Información y Turismo español, Manuel Fraga Iribarne en las aguas de la localidad almeriense de Palomares, para comprobar que las aguas no estaban contaminadas de radioactividad. Manuel Fraga y el embajador de los Estados Unidos se bañaron  después del accidente del 17 de enero de 1966, en el  que la Fuerza Aérea de los Estados Unidos perdió un avión cisterna, un bombardero estratégico y las armas nucleares que trnasportaba. La imagen fue captada por el fotógrafo de La Vanguardia, Tomás Lorente Abellán, quien recibió por su trabajo un cheque de 300.000 pesetas, un auténtico dineral para la época.

Famosa foto del baño del entonces ministro de  Información y Turismo español, Manuel Fraga Iribarne en las aguas de la localidad almeriense de Palomares, para comprobar que las aguas no estaban contaminadas de radioactividad.
Manuel Fraga y el embajador de los Estados Unidos se bañaron  después del accidente del 17 de enero de 1966, en el  que la Fuerza Aérea de los Estados Unidos perdió un avión cisterna, un bombardero estratégico y las armas nucleares que trnasportaba. La imagen fue captada por el fotógrafo de La Vanguardia, Tomás Lorente Abellán, quien recibió por su trabajo un cheque de 300.000 pesetas, un auténtico dineral para la época.

Una limpieza apresurada

Ante el temor de que la bombas pudiesen dañar la Industria del Turismo, España insistió en que las zonas contaminadas iban a ser limpiadas antes del verano.

En cosa de tres días, las tropas cortaron con machetes las plantas de los campos contaminados, como la que estaba cultivada con tomates. Aunque los científicos sabían que el polvo de plutonio era lo que más peligro suponía, se recogieron miles de camiones llenos de restos de plantas que se metieron en una máquina de trituración cuyo restos fueron quemados cerca del pueblo.

A algunos de los hombres que realizaban los trabajos en los que se levantaba mayor cantidad de polvo, se les dio unas batas y máscaras quirúrgicas como medida de seguridad, pero un posterior Informe de la Agencia de Defensa Nuclear dijo: “Es dudoso que una mascarilla quirúrgica no sirva para otra cosa que de barrera psicológica”.

Se hizo algo para ayudarles psicológicamente. No les servía como medida de protección, pero así se sentían mejor, permitiendo que las usasen”, dijo el principal asesor científico, el Dr. Wright Lagham a sus colegas de la Agencia de la Energía Atómica en una conferencia secreta celebrada después.

Al comentar sobre la seguridad con la que se realizaron las tareas de limpieza, el Dr. Langham, cuyo papel es ahora conocido por los experimentos secretos realizados en pacientes hospitalizados en Estados Unidos, a los que se inyectó sin su consentimiento plutonio, dijo a sus colegas: “La mayor parte de las veces es muy difícil cumplir con las normas recogidas en los manuales de protección radiológica”.

La Fuerza Aérea compró toneladas de tomates contaminados procedentes de los campos de cultivo del lugar del accidente y que los consumidores españoles rechazaron. Para dar la impresión de que no había ningún tipo de peligro, los comandantes dieron de comer estos tomates a los soldados de las tropas. Aunque el riesgo de comer alimentos contaminados con plutonio es mucho menor que el de su inhalación, no está exento de riesgos.

Desayuno, almuerzo y cena. Los teníamos con tanta frecuencia que estábamos hartos de ellos. No paraban de decirnos que no había nada malo en esos tomates”, dijo Wayne Hugart, de 74 años, de la policía militar.

Expediente médico del año 1979 del Sr. Garman en el que se indica que sufrió exposición al plutonio en España.

Expediente médico del año 1979 del Sr. Garman en el que se indica que sufrió exposición al plutonio en España.

En total, la Fuerza Aérea cortó y aró unas 243 hectáreas de cultivos y tierras contaminadas. El personal militar llenó 5300 contenedores con suelo de las zonas más radiactivas cercanas a los cráteres y se cargaron en barcos para ser enterrados en un lugar de almacenamiento de residuos nucleares de Carolina del Sur.

Las autoridades españolas y estadounidenses aseguraron a los vecinos de la localidad que no tenían nada que temer. Acostumbrados a vivir bajo una Dictadura, apenas protestaron. “Incluso si las personas de aquí hubiesen querido saber algo más, Franco era el máximo responsable, así que todo el mundo estaba demasiado asustado como para preguntar algo”, dijo Antonio Latorre, un vecino que ahora tiene 78 años de edad.

Para dar la impresión de que sus viviendas eran seguras, la Fuerza Aérea envió a jóvenes militares con medidores manuales de la radiación. Peter M. Ricard, un cocinero de 20 años de edad, sin la formación adecuada, recuerda que realizó mediciones de los objetos que quiso, pero siempre mantuvo su detector apagado.

Se suponía que teníamos que realizar falsas mediciones, de esta forma evitábamos las protestas entre los vecinos. A menudo pienso en esto. Yo era muy ignorante por aquella época. Era decirlo y nosotros no perdíamos el tiempo en cumplirlo: ¡Sí señor!”.

El personal militar de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que trabajó en las labores de limpieza y recuperación se alimentó muy a menudo de los productos locales de Palomares.

El personal militar de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que trabajó en las labores de limpieza y recuperación se alimentó muy a menudo de los productos locales de Palomares.

Pruebas rechazadas

Durante la limpieza, un equipo médico reunió más de 1500 muestras de orina recogidas entre el personal de limpieza para calcular la cantidad de plutonio que estaba absorbiendo. Cuanto mayor fuese el nivel detectado en las muestras, mayor era el riesgo para la salud.

Los registros de estas pruebas siguen siendo las evidencias más importantes de aquellas labores de limpieza. Muestran que sólo 10 de aquellos hombres absorbieron más de las dosis permitidas, y en el resto de los 15000 no se observaron daños. Los argumentos de hoy en día de la Fuerza Área se basan en los resultados: que los hombres no resultaron perjudicados por la radiación. Pero los hombres que se sometieron a esas pruebas dicen que los resultados son muy defectuosos y de poca utilidad para determinar a los niveles de radiación a los que estuvieron expuestos.

¿Que no cumplimos con los protocolos? Claro que no. No teníamos ni el tiempo necesario y los equipos adecuados”, dijo Victor B. Skaar, de 79 años de edad, que trabajó en el equipo que realizaba las pruebas. Las normas para determinar el nivel de contaminación requieren que se recoja la orina durante 12 horas, pero se nos dijo que era suficiente con obtener una única muestra de la mayoría de los hombres. E incluso de otros nunca se recogió ningún tipo de muestra.

El Sr. Skaar envió las muestras para las pruebas de radiación al Jefe de la Fuerza Aérea, el Dr. Lawrence T. Odland, que comenzó a observar unos alarmantes resultados. Sin embargo, el Dr. Odland dijo que esos altos niveles de radiación no suponían una amenaza para la salud, sino que estaban causados por el plutonio disperso por el campo y que había contaminado las manos de los hombres, su ropa y el resto del equipo. Se desestimaron unas 1000 muestras, el 67% de los resultados, incluyendo todas aquellas muestras recogidas durante los primeros días posteriores al accidente, cuando la exposición fue probablemente la más alta.

Ahora, con 94 años de edad, vive en una casa de estilo victoriano en Hillsboro, Ohio, donde cuelga una foto del accidente de Groenlandia, y pone en duda su decisión.

No teníamos forma de saber lo que era contaminación y qué estaba producido por inhalación. ¿Era el fin del mundo o todo estaba bien? Sólo tuve que hacer una llamada”, dijo.

Dijo que nunca obtuvo resultados precisos para saber si cientos de hombres pudieron resultar contaminados. Además, pronto se dio cuenta de que el plutonio alojado en los pulmones no se podía detectar con los análisis de orina, de modo que los hombres con unas muestras libres de radiación podían estar contaminados.

Todo esto resulta muy triste ¿Pero qué podía hacer? No se puede extraer el plutonio; no se puede curar el cáncer. Así que todo lo que pude hacer fue inclinar la cabeza y decir que lo sentía”.

Parte 3

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Procedencia del artículo:

http://www.nytimes.com/2016/06/20/us/decades-later-sickness-among-airmen-after-a-hydrogen-bomb-accident.html


Artículos relacionados:

http://rebelion.org/noticia.php?id=213886

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