"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Precio del petróleo: una guerra de desgaste

La ironía de la abundancia de petróleo

Por Michael T. Klare, 8 de marzo de 2016

tomdispatch.com

Explotación de las arenas bituminosas en Alberta, Canadá

Explotación de las arenas bituminosas en Alberta, Canadá

Hace tres años y medio la Agencia Internacional de la Energía (AIE) anunció que Estados Unidos superaría a Arabia Saudí, convirtiéndose en el primer productor mundial de Petróleo en el año 2020, y junto con Canadá sería exportador neto alrededor de 2030, lo que provocó que la noticia ocupase los titulares de los medios de comunicación. De repente una oleada de triunfalismo energético recorrió Estados Unidos y los expertos comenzaron a hablar de la Arabia Americana: un revitalizado Estados Unidos, con grandes yacimientos de gas y petróleo, gran parte de ellos obtenidos mediante la técnica de la fractura hidráulica. Una verdadera revolución energética, cantaba el editorial del Wall Street Journal al referirse al anunció de la AIE.

El efecto inmediato de esta revolución, proclamaban sus impulsores, sería el de desterrar cualquier posibilidad de un pico en la producción mundial de petróleo y una posterior escasez de petróleo. Los teóricos del pico del petróleo, que florecieron en los primeros años del siglo XXI, advirtieron que la producción mundial probablemente alcanzase su nivel más alto en un futuro no muy lejano, posiblemente ya en 2012, y luego comenzaría un declive irreversible al agotarse las reversas de petróleo. Los defensores de esta perspectiva no preveían, sin embargo, la llegada de la fractura hidráulica y la explotación de las reservas de petróleo y gas natural que anteriormente eran inaccesibles, situadas en las formaciones subterráneas de esquistos.

De manera comprensible, el impresionante aumento de la producción de petróleo de América del Norte no estaba en sus perspectivas. Según la Administración de Información sobre la Energía (EIA) del Departamento de Energía, la producción de crudo de Estados Unidos aumentó de 5,5 millones de barriles al día a 9,7 millones de barriles al principio de 2016, es decir, un aumento de 3,7 millones de barriles al día, en lo que puede ser considerado como un abrir y cerrar de ojos. Del mismo modo, resultó algo inesperado el éxito de los productores canadienses en la extracción de petróleo ( en forma de alquitrán, una sustancia petrolera semisólida) procedente de las arenas bituminosas de Alberta. Hoy en día, la idea de que el petróleo está escaseando es algo que se ha desechado, y al contrario, los analistas de energía y los ejecutivos de las compañías petroleras han estado promocionando hasta hace poco la idea de una nueva era de abundancia de petróleo.

La imagen que tenemos de los recursos todavía presentes en el suelo es muy buena”, dijo Bob Dudley, Director General de la Empresa BP, en enero de 2014. “Las perspectivas son muy diferentes a las anteriores preocupaciones sobre un pico en la producción de petróleo. La teoría de un pico en la producción de petróleo parece ser que anunció su declive”.

Triunfalismo sobre la Nueva Energía

Con la abundancia de energía en América del Norte en 2012, los entusiastas del petróleo empezaron a vender la idea de un “nuevo renacimiento industrial en Estados Unidos” a base de la producción acelerada de petróleo y gas de los esquistos y el desarrollo de las subsecuentes empresas petroquímicas. Combinar una visión en la que se habían adueñado los temores acerca de una dependencia del petróleo importado, sobre todo de Oriente Medio, y a tener de manera repentina, según afirmaron los entusiastas en aquel momento, una serie de ventajas geopolíticas, daba una nueva vida a Estados Unidos como la única superpotencia del planeta.

Está apareciendo un nuevo mapa mundial del petróleo, y ya no se centra en oriente Medio, sino en el hemisferio occidental”, proclamaba el asesor de la Industria del petróleo Daniel Yergin en el Washington Post. “El nuevo eje de la energía se extiende desde Alberta, Canadá, a través de los campos de esquistos de Dakota del Norte y del Sur de Texas… a los enormes depósitos de petróleo existentes en alta mar cerca de Brasil”. Todo esto, afirmaba, “apunta a un importante giro geopolítico”, es decir, colocaba a Estados Unidos en una situación ventajosa con respecto a cualquiera de sus rivales en la esfera internacional.

Sí, la ceguera de estos alardes nos empieza a sonar un tanto familiar, y la razón es muy simple: del mismo modo que los teóricos del cénit del petróleo no previeron los avances tecnológicos cruciales en el mundo de la energía y cómo afectarían a la producción de combustibles fósiles, la Industria y sus impulsores no pudieron anticipar el impacto en los precios de la energía de un mercado con mayores cantidades de petróleo y gas. Y del mismo modo que la introducción de la fractura hidráulica hizo que la teoría del cénit del petróleo quedase obsoleta, una abundancia de gas y de petróleo – que ha llevado a los precios a unos niveles bajísimos- ha hecho añicos las perspectivas de un renacimiento industrial de Estados Unidos en base a la producción acelerada de energía.

En fechas tan recientes como junio de 2014, el crudo Brent, el petróleo de referencia a nivel internacional, se vendía a 114 dólares el barril. A mediados de 2015 ya había caído a 55 dólares el barril. En el año 2016 se encuentra en torno a 36 dólares el barril, y en descenso. Las consecuencias de este rápido descenso ha sido poco menos que desastrosas para la Industria mundial del petróleo: muchas pequeñas compañías se han declarado en quiebra; las grandes empresas han visto reducidos sus beneficios; países enteros, como Venezuela, muy dependientes de las ventas de petróleo, parecen encaminarse a la suspensión de pagos; y se estima que 250.000 trabajadores de esta Industria han perdido sus puestos de trabajo a nivel mundial (50.000 sólo en Texas).

Además, algunas de las principales zonas productoras de petróleo se están cerrando o son descartadas como posibles perspectivas futuras de exploración y explotación. Es el caso de las explotaciones británicas en el Mar del Norte, de las que se ha proyectado el cierre de 150 plataformas de extracción de gas y petróleo de las 300 existentes, en la próxima década, incluyendo el campo de Brent, ese prolífico depósito que dio nombre a la mezcla de referencia. Mientras tanto, prácticamente todos los planes elaborados para perforar en aguas situadas en los hielos del Ártico se han archivado en el cajón.

Muchas razones se han esgrimido para explicar la caída de los precios del petróleo, desde teoría de conspiración, tratando así de explicar lo que parecía inexplicable. En tiempos pasados, cuando los precios caías, los saudíes y sus aliados de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) podían reducir la producir para hacerlos subir de nuevo. Pero esta vez, se ha hecho lo contrario, se ha aumentado la producción, lo que llevó a los analistas a sugerir que Riad estaba tratando de castigar a países productores como Irán y Rusia por apoyar el régimen de Assad en Siria. En The New York Times, Thomas Friedman, por ejemplo, afirmó que los saudíes estaban tratando de llevar a la “ quiebra a esos países mediante un descenso de los precios del petróleo a niveles por debajo de lo que Moscú y Teherán necesitaban para financiar sus presupuestos”. Variaciones sobre este tema fueron expuestas por otros expertos.

En realidad el asunto era mucho más sencillo: Estados Unidos y los productores canadienses fueron inundando el mercado con millones de barriles al día en un momento en el que la demanda mundial era incapaz de absorber tanto crudo extra. Un aumento inesperado de la producción iraquí añadió petróleo adicional a un mercado en creciente saturación. Mientras tanto, el malestar económico en China y en Europa contuvo el consumo mundial de petróleo frente al ritmo endiablado de etapas anteriores, y de este modo se llegó a unos mercados sobresaturados de crudo. En otras palabras, el caso clásico de un exceso de oferta y una demanda escasa, es lo que llevó a una caída de los precios. “Todavía hay unos enormes suministros; no crece la demanda, sólo lo hace la oferta”, dijo Dudley de BP.

Guerra de desgaste

Amenazados por esta nueva situación, los saudíes y sus aliados se enfrentan a una dolorosa realidad: si bien los países de la OPEP controlan aproximadamente el 40% de la producción mundial de petróleo y ejercen un fuerte dominio, pero no lo hacen sobre el mercado mundial. Podrían haber elegido reducir su propia producción y así forzar una subida de precios. Pero había pocas probabilidades de que países productores no pertenecientes a la OPEP, como Brasil, Canadá, Rusia y Estados Unidos, entrasen en el juego, beneficiándose del aumento de los precios la mayoría de los países, pero perdiendo los países de la OPEP cuota de mercado. De este modo, los saudíes, incluso dispuestos a perder ingresos, decidieron aumentar la producción. Su esperanza era que una fuerte caída en los precios conduciría a algunos de sus rivales, sobre todo a la Industria de la fractura hidráulica que requiere de unos altos precios del petróleo, a sacarles del negocio. “No se encuentra entre los intereses de los países productores de la OPEP reducir su producción, sea cual sea el precio”, dijo el Ministro del Petróleo de Arabia Saudí, Ali al-Naimi, que explicaba: “Si reducimos nuestra producción, ¿qué ocurre con nuestra cuota de mercado? Subiría el precio y los rusos, los brasileños, y los estadounidenses se quedarían con nuestra parte”.

Al adoptar esta estrategia, los saudíes sabían que asumían elevados riesgos. En torno al 85% de los ingresos de las exportaciones del país y una, sorprendentemente, buena parte de los ingresos del Gobierno, provienen de las venta de petróleo. Cualquier bajada de los precios puede poner en peligro la capacidad de la Familia Real para mantener la estabilidad social, mediante los pagos, subsidios y programas generosos que se ofrecen a muchos de los ciudadanos. Sin embargo, de cuando los precios del petróleo fueron altos, los saudíes amontonaron cientos de miles de millones de dólares en cuentas de inversión en todo el mundo, creando así unas enormes reservas en efectivo, de modo que pueden controlar el descontento de la gente ( incluso aunque empiecen a apretarse el cinturón). “Si los precios siguen bajos, seremos capaces de soportarlos durante mucho tiempo”, dijo Khalid el-Falih, Presidente de Saudí Aramco, la compañía nacional de petróleo del reino, en enero en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza.

El resultado de todo esto es una guerra de desgaste en torno al petróleo, una lucha entre los principales productores de petróleo para sobrecargar una mercado de la energía ya de por sí saturado. Con el tiempo, los precios bajos de la actualidad pueden impulsar a que algunos productores se quedan fuera del negocio y el exceso de oferta probablemente se disipe, arrastrando a los precios al alza. Pero cuánto tiempo puede durar esto es algo que nadie lo sabe. Si Arabia Saudí dice que puede aguantar durante mucho tiempo sin que aumente el malestar social interno, será, por supuesto, para encontrarse en una buena posición una vez que se produzca, finalmente, el repunte de los precios.

No obstante, todavía está por ver que los saudíes tengan éxito en su apuesta para aplastar a la Industria de la fractura hidráulica de Estados Unidos o a otros competidores antes de que se vacíen sus arcas de las cuentas de inversión en el exterior y los cimientos de su mundo comiencen a desmoronarse. En las últimas semanas, se han producido señales de que están empezando a ponerse nerviosos: se están reduciendo los ayudas gubernamentales y las conversaciones con Rusia y Venezuela, sino aparcadas, al menos se han reducido, sobre la producción.

Un exceso de petróleo desata estragos a nivel mundial

Mientras tanto, no hay lugar a dudas de que esta guerra de desgaste está empezando a pasar factura. Además de los productores del Ártico y del Mar Norte como los más afectados, las empresas que explotan las arenas bituminosas de Athabasca en Alberta, están mostrando todos los signos de una próxima crisis. Aunque la mayoría de las arenas bituminosas siguen operando ( a menudo con pérdidas), están posponiendo o cancelando futuros proyectos, mientras que el espacio entre el futuro y el presente se encoge de manera ominosa.

Casi todas las empresas del negocio del petróleo se están viendo afectadas por los nuevos precios, pero donde más duramente ha golpeado en las explotaciones no convencionales, es decir, en las perforaciones en las aguas profundas de Brasil, la fractura hidráulica en Estados Unidos y la explotación de arenas bituminosas de Canadá. Dichas técnicas han sido desarrolladas por las grandes empresas para compensar la disminución a largo plazo de los yacimientos convencionales de petróleo (cerca de la costa, cerca de la superficie, y en formaciones rocosas permeables). Por definición, una explotación no convencional requiere de un mayor esfuerzo para obtenerlo, de modo que resulta más cara su explotación. El punto de equilibrio para la producción, por ejemplo, de las arenas de alquitrán es de unos 80 dólares el barril de petróleo, y para los esquistos en torno a los 50-60 dólares por barril. Por lo tanto, se pueden mantener con unos precios de 100 dólares por barril, pero resultan insostenibles cuando los precios llegan a los 30 o 40 dólares, como ha ocurrido durante la mayor parte de los últimos cincuenta años.

Y hay que tener en cuenta que las grandes empresas arrastran en su caída a cientos de pequeñas empresas, proveedores de servicios, constructores de tuberías, controladores del transporte, catering, etc, que se beneficiaron por breve tiempo del renacimiento energético en América del Norte. Muchas ya han despedido a muchos obreros, o simplemente han ido a la quiebra. Como resultado, pueblos petroleros en otro tiempo en auge, como Wlliston, Dakota del Norte y Fort McMurray, Alberta, pasan por momentos difíciles, dejando viviendas de los trabajadores abandonadas y las tiendas cerradas.

En Williston, en otro tiempo el epicentro del boom petrolero del esquisto, muchas familias reciben ahora comida de las iglesias locales y reciben ropa y otros artículos de primera necesidad, de acuerdo con Tim Marcin, de International Business Times. El negocio inmobiliario se ha visto seriamente dañado. “A medida que los empleos empiezan a escasear y las familias se van, algunos barrios residenciales se han convertido en pueblos fantasma”, informaba Marcin. “Apartamentos y hoteles de la ciudad, muchos de los cuales fueron construidos durante el boom, se encuentran al 50-60% de ocupación en noviembre”.

Hay otra crisis que está al acecho: el fracaso o la inminente implosión de muchos productores de los esquistos está amenazando la salud financiera de los bancos estadounidenses, que prestaron a esta Industria durante los años de auge, de 2010 a 2014. En los últimos cinco años, de acuerdo con los datos financieros proporcionados por Dealogic, las compañías de petróleo y gas de Estados Unidos y Canadá emitieron bonos y obtuvieron préstamos por un valor de más de 13 billones de dólares. Muchos de ellos están en situación de riesgo, ya que las empresas están en situación de impago o se han declarado en quiebra. Citibank, por ejemplo, informaba que el 32% de sus créditos al sector energético se concedieron a empresas con baja calificación crediticia, lo cual presenta un mayor riesgo de incumplimiento. Wells fargo, dice que el 17% de sus créditos se concedieron a estas empresas. A medida que aumenta el número de incumplimientos, los bancos han visto caer en declive el valor de sus acciones, y esto, en combinación con la caída del valor de las acciones de las compañías petroleras, han sacudido el mercado de valores.

La ironía, por supuesto, es que los tan alabados avances tecnológicos de 2012 que mejoraban las perspectivas energéticas de Estados Unidos, son ahora los responsables de una sobreoferta del mercado, que está generando tanta miseria a las personas, a las empresas y las comunidades en las zonas petroleras de América del Norte. “A principios de 2014, Estados Unidos extraía tanto petróleo y gas que los expertos preveían un nuevo renacimiento industrial estadounidense, con billones de dólares en inversiones y millones de puestos de trabajo”, comentaba el experto en energía Steve LeVine en el mes de febrero. Dos años más tarde “las caras horrorizadas ante este cambio, desatando estragos a nivel mundial”.

Ventajas geopolíticas en entredicho

Si ese nuevo renacimiento industrial prometido no se ha materializado, ¿qué pasa con las supuestas ventajas geopolíticas que la nueva producción de petróleo y gas, que habían envalentonado a Washington? Yergin y otros habían afirmado que el aumento de la producción en América del Norte iba a desplazar el centro de la gravedad de la producción mundial hacia el hemisferio occidental, lo que permitiría, entre otras cosas, la exportación por parte de Estados Unidos de gas natural licuado, o GNL, a Europa. Eso haría disminuir la dependencia de aliados como Alemania del gas ruso y aumentaría la influencia y el poder estadounidense. Estábamos, en otras palabras, ante un nuevo orden mundial, en el que la superpotencia del planeta se beneficiaría, como dijeron analistas tales como Amy Myers Jaffe y Ed Morse, de una “contrarrevolución en el panorama energético creado por la OPEP”.

Hasta el momento, hay pocos signos de tal bonanza geopolítica. Frente a la guerra de desgaste iniciada por Arabia Saudí, el gigante ruso del gas natural, Gazprom, ha comenzado a bajar el precio del gas que vende a Europa, lo que hace que el gas licuado producido en Estados Unidos no sea potencialmente competitivo. Si bien es verdad que el 25 febrero se envió el primer cargamento de gas licuado al mercado exterior, pero no tenía como destino Europa, sino Brasil.

Mientras tanto, Brasil y Canadá – dos soportes del nuevo orden energético mundial, como predijo Pyergin en 2011- se han visto devastados por la disminución del precio del petróleo. La producción estadounidense todavía no ha sufrido la crisis en todas sus consecuencias, en gran medida por el aumento de la eficiencia en las regiones productoras. Sin embargo, los pilares de la nueva Industria están empezando a tambalearse o se enfrentan a la quiebra, mientras que en la guerra mundial de desgaste, los saudíes siguen conservando su cuota de mercado, y sin duda van a jugar un papel fundamental en los acuerdos petroleros mundiales durante las próximas décadas ( suponiendo, por supuesto, que el país no se deshaga al romperse las costuras por el actual exceso de petróleo). Esto en cuanto a la contrarrevolución contra la OPEP. Mientras tanto, en Texas, Pennsylvania, Dakota del Norte y Alberta, se extienden los detritus de oxidación de una industria nueva ya en declive, y el poder de Estados Unidos no ha ganado en robustez.

Al final, las guerras de desgaste en torno al petróleo puede que no supongan alcanzar las metas triunfalistas que predecía América del Norte, ni siquiera en su versión más modesta, pero se presenta un mundo orden en el que una capacidad ilimitada de producir petróleo se une al cada vez más lisiado sistema capitalista, sin capacidad de absorción del mismo.

Piénselo de esta manera: en esta guerra sin prisioneros, iniciada por los saudíes, un mundo basado en el petróleo puede estar llegando a su fin, tanto por exceso como por escasez en un mundo cada vez más recalentado. Es decir, de hecho una guerra de desgaste.

Michael T. Klare, que escribe de forma regular en TomDispatch, es profesor de estudios sobre la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College, y autor de su reciente libro La carrera por lo que queda. Una versión de su libro en documental, Sangre y petróleo, está disponible en la Fundación de Medios para la Educación. Sígale en Twiter en @mklare1.

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Procedencia del artículo:

http://www.tomdispatch.com/post/176112/tomgram%3A_michael_klare%2C_a_take-no-prisoners_world_of_oil/#more

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