"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

La historia olvidada de las vacunas

Por los Dres. Roman Bystrianyk y Suzanne Humphries, 11 de julio de 2015

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Los libros de historia clínica ensalzan casi de manera unánime las virtudes de la vacunación. Al leer estos libros uno se queda con la impresión de que durante los años 1800 y 1900 se producían terribles epidemias que mataban a un sinnúmero de personas y que gracias a las vacunas se pudo superar esa situación. Esto es lo que la mayoría de las personas creen, y si hablamos con otras personas la impresión que tienen es la misma. Por lo general, es un hecho reconocido por la sociedad.

Es difícil subestimar la contribución de la inmunización a nuestro bienestar. Se estima que si no fuera por la vacunación infantil contra la difteria, la tos ferina, el sarampión, las paperas, la viruela y la rubéola, así como la protección que ofrecen las vacunas contra el tétanos, el cólera, la fiebre amarilla, la poliomielitis, la gripe, la hepatitis B, la neumonía bacteriana y la rabia, las tasas de mortalidad infantil probablemente estarían en torno a un 20-50%. De hecho, en los países donde no se administran las vacunas, las tasas de mortalidad entre los lactantes y los niños pequeños se mantienen en ese nivel” (1).

Paul Offit explica en su reciente libro Deadly Choices: How the Anti-Vaccine Movement Threatens Us All cómo la vacuna contra la tos ferina ha reducido el número de muertes por esa enfermedad, de 7000 a sólo 30.

La tos ferina (pertussis) es una infección devastadora. Antes de que se aplicase la vacuna por primera vez en Estados Unidos en la década de 1940, alrededor de 300.000 casos de tos ferina causaban la muerte de 7000 personas al año, la mayoría niños pequeños. Ahora, debido a la vacuna contra la tos ferina, menos de 30 niños mueren cada año por esta enfermedad. Los tiempos están cambiando” (2).

Este tipo de información también se recoge en las revistas médicas. Un extenso estudio sobre la tos ferina y la vacuna contra la tos ferina se publicó en 1988 en la revista Pediatrics. El primer párrafo de este artículo decía lo siguiente:

En Estados Unidos, la tos ferina se ha controlado con éxito mediante la inmunización en masa de los lactantes y los niños. En la época anterior a la vacuna, se registraban de 115.000 a 270.000 casos de tos ferina y de 5.000 a 10.000 muertes cada año debido a la enfermedad. Durante los últimos 10 años, se han producido de 1200 a 4000 casos y de 5 a 10 muertes al año” (3).

Este párrafo da una idea del tono del resto del artículo: miles de personas morían cada año de tos ferina, pero después de la introducción de la vacuna, las muertes se redujeron drásticamente. Cualquier persona que lea esto, por supuesto que creerá en los beneficios de las vacunas.

El problema con ese tipo de consideraciones es que no están de acuerdo con las evidencias. Cuando nos fijamos en los datos reales, vemos que aunque mucha gente murió de tos ferina en la primera década de 1900, cuando se introdujo la vacuna la tasa de mortalidad en Estados Unidos se había reducido más de un 90%. Uso la misma fuente que utilizó la revista Pediatrics en su artículo, y vemos que la disminución de las muertes alcanzó un máximo del 92% antes de que se introdujese la vacuna DTP (DPT (o en ocasiones DTP) es una mezcla de tres vacunas que inmunizan contra la difteria, Bordetella pertussis (la tos ferina) y el tétanos) (4).

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Este artículo de la revista Pediatrics da lugar a confusión, porque siendo leído principalmente por médicos da la impresión de que las vacunas fueron las únicas responsables de la disminución de las muertes. El número real de fallecimientos en el momento de la introducción de la vacuna DTP fue de aproximadamente 1200 y no de 5000 a 10000 como a menudo se dice. Una vez más, esa idea errónea de que fueron las vacunas las responsables de la mayor parte de disminución de la mortalidad es algo generalizado y extendido por todos los rincones de nuestra sociedad.

Es importante también hacer notar que cuando se mira el gráfico se puede ver claramente que la tendencia era año tras año la de una disminución de las muertes por tos ferina. Cuando se introduce la vacuna no se produjo ningún efecto aparente en la tendencia hacia la baja.

Otro conjunto de datos de Inglaterra a principios del siglo XX, nos muestra que no hay ningún impacto con la introducción de la vacuna. Se puede ver que la tasa de mortalidad ya había disminuido un 98% antes de administración de la vacuna a nivel nacional en la década de 1950.

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En Inglaterra se comenzó a llevar un registro estadístico desde 1838, es decir, 62 años antes de que apareciesen las primeras estadísticas oficiales en Estados Unidos. En cuanto a estos datos, se observa que la tasa de mortalidad por enfermedades infecciosas era muy alta en los primeros años 1800, aunque ya se había reducido a mediados de 1800, y en 1900 era prácticamente cero. En cuanto a las muertes por tos ferina en Inglaterra, ya habían disminuido más de un 99% antes de que se introdujese cualquier vacuna.

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En el caso del sarampión, la tasa de mortalidad ya había disminuido en casi un 100%.

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El análisis de los datos muestra que ese mantra tan repetido de que fueron las vacunas la clave para la disminución de la mortalidad por enfermedades infecciosas es falso. Las muertes ya habían disminuido en gran medida antes de la vacunación. En el caso de la escarlatina y otras enfermedades infecciosas, las muertes se redujeron casi a cero antes de que hubiese una vacunación generalizada.

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Por desgracia, esta creencia errónea ha llevado a mucha gente a confiar en la vacunación como única manera de hacer frente a las enfermedades infecciosas, cuando claramente se observa que tuvo que haber otros factores que hicieron que la mortalidad disminuyese. Esos factores han sido la higiene, los sistemas de saneamiento, la nutrición, la mejora de las condiciones laborales, la electricidad, la cloración del agua, la refrigeración, la pasteurización y otras muchas facetas de la vida moderna que ahora damos por sentadas. Muy poco de la mejora de las tasas de mortalidad tienen que ver con la Medicina. Un informe de 1977 estimaba, como mucho, que aproximadamente el 3% de disminución de la mortalidad por enfermedades infecciosas puede atribuirse a la atención médica moderna.

En general, las intervenciones médicas ( ya sean quimioterapéuticas o profilácticas) parecen haber contribuido muy poco a la disminución general de la mortalidad en Estados Unidos desde 1900, ya que en la mayoría de los casos se introdujeron con posterioridad al descenso de la mortalidad y cuando se hicieron efectivas tuvieron muy poca influencia. Más concretamente, si hacemos referencia a cinco enfermedades infecciosas ( gripe, neumonía, difteria, tos ferina y poliomielitis), en las que la reducción de la mortalidad estaría relacionada con el momento de la intervención, resulta bastante inverosímil que esta disminución sea atribuible a dichas intervenciones… Se estima que a lo sumo puede haber influido en un 3,5% en la disminución de la mortalidad desde 1900 gracias a las medidas médicas introducidas en relación a las enfermedades aquí consideradas”. (5)

El énfasis que se pone hoy en día en la administración de una mayor cantidad de vacuna, se debe en parte a lo arraigado de ese pensamiento. El hecho de que las muertes por enfermedades infecciosas disminuyeran en gran medida mucho antes de introducir la vacunación y los antibióticos, se sigue ignorando. Durante todo este tiempo se podían haber creado unas mejores condiciones para aprender a manejar todas las infecciones de una manera más integral. Sin embargo, hasta la fecha, a pesar de tan importantes cambios, poco hemos aprendido de las lecciones de esta historia. Siguen olvidadas las soluciones que llevaron a una disminución del 99% en las muertes , poniendo todo el énfasis en ese 1% final, lo que habría ocurrido de todo modos, incluso sin ninguna vacuna.

Sin embargo, todavía queda alguna disensión, un reconocimiento de que las vacunas no fueron la causa de tan importante disminución de la mortalidad por enfermedades infecciosas. A veces también se apunta a la aparición de los antibióticos y una mejor atención médica, y de  mala gana se da algo de crédito a los servicios de saneamiento y otros factores. Existe poca curiosidad por saber cómo influyeron todos estos factores y cómo se siguen aplicando en la actualidad. En cambio, ahora se pone un mayor énfasis en la incidencia de la enfermedad después de la vacunación, y menos en la mortalidad. El razonamiento es que con la poca incidencia de la enfermedad gracias a las vacunas, ya no hay riesgo de muerte. Parece un enfoque razonable, pero ¿para qué ha servido?

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Tomemos el caso de la tos ferina, por ejemplo. En 1979 Suecia dejó de administrar la vacuna DTP sobre la base de que no era eficaz y posiblemente peligrosa. El temor era que, con unas tasas de vacunación más bajas, aumentase la tasa de mortalidad. ¿Fue esto lo que sucedió?

En una carta de 1995 de Victoria Romanus del Instituto Sueco de Control de Enfermedades Infecciosas, decía que las muertes por tos ferina se mantuvieron muy cerca de cero. La población de Suecia era de 8.294.000 habitantes en 1979 y de 8.831.000 en 1995. De 1981 a 1993 se registraron ocho fallecimientos de niños en los que la causa aparece como tos ferina. Esto da una tasa de mortalidad por tos ferina de 0,6 niños al año. Estas cifras muestran que las probabilidades de morir por tos ferina en Suecia es de 1 por 13 millones, incluso sin que haya ningún programa nacional de vacunación de tos ferina. (6)

En Inglaterra la tasa de vacunación DTP se redujo del 78% al 30-40% debido a las preocupaciones sobre su seguridad. Se suponía que habría un aumento de las muertes debido a una menor tasa de vacunación. Durante los años 1976-1980 se registraron las menores tasas de vacunación. Según las estadísticas oficiales, el número de muertes durante esos años fue de 35. Las muertes en los cinco años anteriores (1971-1975), con unas tasas de vacunación más altas, fueron 55, alrededor de 1,5 veces más que cuando las tasas de vacunación fueron más bajas (7). Es decir, ocurrió lo contrario de lo que se pensaba iba a ocurrir.

¿Se han controlado las tasas de incidencia de la tos ferina? La triste verdad es que la tos ferina no ha sido erradicada y es endémica. Un gran número de personas todavía tosen por la presencia de Bordetella pertussis, las bacterias implicadas en la tos ferina. Debido a la disminución de la inmunidad inducida por la vacuna, hasta un tercio de la tos persistente de debe a la tos ferina.

Aunque la tos ferina se ha considerado tradicionalmente una enfermedad de la infancia, está bien documentada su presencia en los adultos desde hace casi un siglo y actualmente está reconocida como una de las causas más importantes de enfermedades respiratorias en los adolescentes y adultos. A causa de la disminución de la inmunidad, adultos y adolescentes pueden contraer la enfermedad incluso si hay un historial completo de vacunación o enfermedad natural…Estudios realizados en Canadá, Dinamarca, Alemania, Francia y Estados Unidos, indican que del 12 y el 32% de los adultos y adolescentes con tos persistente durante al menos 1 semana, están infectados con Bordetella pertussis”. (8)

Vamos a centrarnos en otras enfermedades infecciosas, como el sarampión. Tenga en cuenta que en el año 1963 se produjeron muy pocas muertes por sarampión. Durante ese año, en Nueva Inglaterra sólo se produjeron cinco muertes atribuidas al sarampión ( Maine:1; New Hampshire:0; Vermont:3; Massachusetts:0; Rhode Island:1; Connecticut:0) (9). El número de muertes por asma fue 56 veces más alto que las de sarampión durante ese año.

¿Pero ese declive se debe a la incidencia de la vacuna? Hay diferentes gráficos que se pueden encontrar en Internet que reflejan muy poca incidencia en la disminución. El gráfico que he encontrado sólo tiene algunos puntos de referencia y una línea entre dos puntos muy distantes en el tiempo. Esta gráfica es de mala calidad y establece una conclusiones incorrectas. Observando datos más completos de la incidencia, se comprueba un descenso en la incidencia en 1963, que es cuando se introduce la vacuna contra el sarampión.

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La incidencia del sarampión parece caer de forma drástica a partir de 1963. Sin embargo, ¿ este descenso se puede atribuir al éxito de la vacuna contra el sarampión? Las primeras vacunas contra el sarampión contenía virus muertos en un precipitado de aluminio, producido a partir del cultivos de células de riñón de mono inactivado con formaldehído. Un estudio de 1967 revelaba que la vacuna podía producir neumonía, así como encefalopatía (inflamación del cerebro).

La neumonía es un hallazgo consistente y prominente. Se produce fiebre severa y persistente y dolor de cabeza, que cuando está presente, sugiere una afectación del sistema nervioso central. De hecho, en la revisión de un paciente mediante encefalograma, se observó una perturbación de la actividad eléctrica , lo que sugería encefalopatía… Estos resultados adversos de la vacuna con virus inactivos del sarampión fueron algo inesperado. Pero su presencia debe acarrear una restricción en el uso de la vacuna con virus inactivos del sarampión. Ahora recomendamos que no se administre más esta vacuna con virus inactivos del sarampión” (10).

El uso de vacunas con virus muertos se abandonó rápidamente (11). Pero también se produjeron problemas importantes con las vacunas vivas, que al no estar muy atenuadas produjeron un sarampión modificado, una erupción en la mitad de los inyectados, que esencialmente es equivalente a un caso de sarampión. El 48% de las personas tenían esta erupción, y el 83% presentaba una fiebre de hasta 41ºC después de la inyección.

Entonces, ¿cómo es posible hablar de que la incidencia del sarampión cayó tan espectacularmente después de la vacuna de 1963? En parte, tiene que ver con la propia definición. Si usted tiene fiebre muy alta después de ser vacunado, por supuesto que usted no tiene el sarampión, incluso si se encuentra peor de haber contraído el sarampión de forma natural.

De vuelta a la década de 1960, se esperaba que con una sola administración se protegiese de por vida sin efectos serios, que luego resultó no ser cierto.

El Servicio de Salud Pública de Estados Unidos ha autorizado una nueva vacuna, refinada, contra el sarampión con virus vivos. Aunque se han autorizado desde 1963 varias vacunas con virus vivos, todas ellas proporcionando inmunidad de por vida con una sola administración sin graves efectos secundarios, la nueva es considerada por los epidemiólogos como “la mejor hasta ahora en la minimización de los efectos secundarios”. (12)

Incluso se llegó a decir en la década de 1960 que sólo con un cierto número de niños vacunados era suficiente para erradicar el sarampión.

El sarampión, una enfermedad inofensiva de la niñez que puede matar, será casi erradicada de la mayor parte del país dentro de un año, según predicen las autoridades del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos… Aunque todavía hay más de 12 millones de niños susceptibles, con la vacunación de 2 a 4 millones de niños se puede acabar con la enfermedad, de acuerdo con el Dr. Robert J. Warren del Centro de Enfermedades Transmisibles de Atlanta” (13).

Más de una década después, todavía no se había logrado el objetivo de erradicar el sarampión. Varias epidemias se repitieron a lo largo de los años en Estados Unidos.

En 1989 la nueva teoría sobre el fracaso en la erradicación de algunas enfermedades era que las anteriores vacunas no ran tan eficaces como se cre en un principio. Algunas de las primeras vacunas producidas en grandes cantidades en 1963 contenían el virus muerto. En 1989, el Dr. Figin, del Hospital de Niños de Texas, declaró que creía que la vacuna de 1963 no fue muy eficaz y que la vacuna de 1967 era inestable y perdía su efectividad si no se conservaba adecuadamente refrigerada. No fue hasta 1980 cuando una vacuna viva y estable contra el sarampión estuvo disponible” (14)

Ese mismo año, después de que tres tipos de vacunas contra el sarampión no hubieran podido erradicar la enfermedad o incluso una inmunidad fiable del grupo, los científicos de vacunas cambiaron el rumbo y dijeron que en lugar de una sola administración, con la nueva vacuna viva se necesitarían dos dosis para obtener una protección fiable. También recomendaron que todos los menores de 32 años se revacunasen porque las viejas vacunas que recibieron eran inadecuadas. Una única administración, como se prometió para proporcionar inmunidad de por vida contra el sarampión en la década de 1960, no fue suficiente.

¿Y se estaba produciendo de todos modos un declive en la incidencia del sarampión antes de 1963? Si miramos los datos de incidencia del sarampión, la tendencia de la línea muestra que ya la incidencia estaba en declive.

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De hecho, de haber seguido esa tendencia, la incidencia del sarampión habría llegado a cero alrededor del año 2000. Este fue el año en que el CDC declaró que el sarampión había sido erradicado de Estados Unidos.

¿Y valió la pena tanto esfuerzo y tantas reacciones adversas para tratar lo que se consideraba en 1963 una enfermedad leve de la niñez?

Cuando oímos hablar de las vacunas, a menudo nos cuestan una historia muy simple de cómo se estimula la aparición de anticuerpos. La teoría dice que la estimulación de anticuerpos crea una memoria de una determinada enfermedad, de modo que la próxima vez que te encuentras con ella el cuerpo va a derrotar al enemigo con rapidez. Es una historia bonita, sencilla y fácil de recordar.

Creemos entender cómo funciona el sistema inmunológico hablando de anticuerpos y protección, y mencionarlos juntos es como pensar que sabemos cómo funciona realmente un coche porque vemos que tiene ruedas. El sistema inmunológico es una entidad muy compleja y poco comprendida, compuesto por muchas líneas celulares, cada una de las cuales produce diferentes productos químicos que se liberan en la sangre. Estos productos químicos son utilizados por el cuerpo y cambian de acuerdo con la edad, el estrés, el estado nutricional, el medio ambiente, y toda una serie de factores que apenas entendemos.

el sistema inmunológico sigue siendo una caja negra”, dice el Dr. Garry Fathman, profesor de inmunología y reumatología y director asociado del Instituto de Inmunología de Trasplantes e Infecciones… “Es extremadamente complejo, comprendiendo por lo menos 15 tipos de células que interactúan entre sí, segregando diferentes moléculas en la sangre que se comunican entre sí y hacer frente a una infección. Dentro de cada una de esas células hay decenas de miles de genes cuya actividad pueda alterarse por la edad, el ejercicio, la infecciones, las vacunas administradas, la dieta, el estrés, etc…Es un gran conjunto de piezas móviles. Y no se sabe muy bien lo que hacen la mayoría de ellas… o deberían hacer”. (15)

El sistema inmune se divide tradicionalmente en el sistema inmune humoral, que está relacionado con los anticuerpos, y el sistema inmune celular, que no implica a los anticuerpos, pero sí la activación de varias células tales como las células asesinas naturales. Lo que sí sabemos, contrariamente a la creencia popular, en que los anticuerpos no son necesarios para una recuperación completa en caso de sarampión.

los niños con un síndrome de deficiencia de anticuerpos cursan un ataque muy leve de sarampión con la característica erupción y una recuperación normal. Además, no son posteriormente propensos a una reinfección. Por lo tanto, parece que los anticuerpos del suero, en cualquier caso, no son necesarios para la producción de una erupción de sarampión, ni para la recuperación normal de la enfermedad; ni para prevenir la reinfección” (16).

Los niños con un déficit en la producción de anticuerpos, lo que se denomina agammaglobulianemia, se recuperan del sarampión tan bien como los niños que producen anticuerpos normalmente, y esto ya se sabe desde finales de 1960, cuando se estaban desarrollando las vacunas. Pero la respuesta de los anticuerpos es lo único de lo que se habla y lo que se promueve cuando se trata de las vacunas. Este descubrimiento perturba el paradigma simplista de la protección de los anticuerpos, y se consideró desconcertante este documento médico de 1968.

Uno de los descubrimientos más desconcertantes en la medicina clínica fue el hallazgo de que los niños con la enfermedad congénita de la agammaglobulianemia, con escasez de anticuerpos y con rastros insignificantes de inmunoglobulina en circulación, contrajeron el sarampión de forma normal, mostrando la secuencia habitual de los síntomas y signos clínicos, siendo posteriormente inmunes” (17)

¿Que papel juega la nutrición en relación a las enfermedades? Descubierta en la década de 1920, la vitamina A se denominó vitamina antiinfecciosa. Es la única que tiene una estrecha relación con la mortalidad por sarampión. Durante la década de 1990, se midió una reducción de la mortalidad de un 60 al 90% en los países pobres utilizando vitamina A en los casos de hospitalización por sarampión.

Los análisis combinados muestran que dosis altas de vitamina A administradas a los pacientes hospitalizados con sarampión redujeron en aproximadamente un 60% el riesgo de muerte, y una reducción aproximada al 90% entre los lactantes… La administración de vitamina A a los niños que desarrollaron neumonía antes o durante la estancia hospitalaria redujo la mortalidad en un 70% en comparación con los niños del grupo de control”. (18).

La disponibilidad de frutas y verduras ricas en vitamina C es otro factor que interviene en la morbilidad por enfermedad o reducción de la mortalidad. Se ha producido en general una mejora en la nutrición, como se puede observar en el paralelismo en la disminución de las muertes por sarampión y la enfermedad por deficiencia de vitamina C, el escorbuto. Los estudios realizados en los años 1940 mostraron que la vitamina C era muy eficaz contra el sarampión, sobre todo cuando se utiliza en dosis altas.

Durante una epidemia (de sarampión) se utilizó vitamina C como profilaxis y todos los que recibieron unos 1.000 mg cada seis horas, por vía muscular o venosa, estuvieron protegidos contra el virus. Administrando 100 mg por vía oral en zumos de fruta cada dos horas no se protegía, a menos que se le diese durante todo el día. Se encontró además que 1000 mg por vía oral, de cuatro a seis veces al día, modificaba la incidencia de la infección: con la aparición de las manchas de Koplik y de fiebre, si se aumentaba a 12 dosis cada 24 horas, todos los signos clínicos y síntomas desaparecían a las 48 horas” (19)

En el año 1900 se utilizaron con éxito otros tratamientos contra el sarampión. En 1919, el Dr. Drummond comentó que el aceite de canela era una eficaz profiláctico contra el sarampión o que por los menos hacía que fuese un sarampión leve.

Durante mi práctica médica me encontré con un caso de sarampión en la familia, prescribiendo aceite de canela a todos los miembros desprotegidos de la familia. La mayoría de ellos y con este tratamiento ( con canela) no sufrieron la enfermedad ( el sarampión), o bien la cursaron de forma muy leve” (20)

La nutrición y otros factores tienen una gran relevancia en el sarampión, así que ¿por qué no hablamos en absoluto de esto? Debido a que el énfasis se pone en una sola cosa, muy lucrativa, la vacunación médica. Este es el único paradigma que se ha extendido y barrido al resto de estrategias.

Otro factor clave a considerar es que la vacuna contra el sarampión no crea una inmunidad de por vida, mientras que la infección natural de sarampión sí que lo hace. La única manera de permanecer inmune mediante inmunidad artificial a través de las vacunas es el de ser vacunados varias veces durante toda la vida. Todavía no sabemos cómo influirá a lo largo de varias generaciones la vacunación. Las epidemias podrían volver a darse en un futuro.

Un estudio publicado en 2009 en Proceedings of the Royal Society investigaba qué podría suceder en caso de reducirse la inmunidad de la vacuna contra el sarampión, incluso con una alta tasa de vacunación en los niños. Se predecía, ,después de una ausencia de la enfermedad entre la población, que la aparición de la infección daría lugar a epidemias mucho más graves que lo predicho por los modelos estándar.

Podemos prever que la vacunación tendrá efectos contradictorios… reduciéndose el número de personas susceptibles entre los recién nacidos y por lo tanto tendrá algunos beneficios de salud pública, reduciéndose el número de casos entre los niños. Sin embargo, esta reducción en el número de casos conducirá a una reducción en el estímulo y por lo tanto a una mayor susceptibilidad de infección en las personas de más edad… Cuando disminuye la inmunidad, la vacunación tiene un impacto mucho más limitado en el número promedio de casos. Si bien esta observación tiene claras implicaciones de salud pública, las consecuencias de la interacción entre la vacunación, la disminución de la inmunidad y el estímulo van mucho más allá. Con unos altos niveles de vacunación ( mayor del 80%) y niveles moderados de inmunidad ( en los mayores de 30 años), se pueden producir ciclos de epidemias de considerable importancia” (21)

Un estudio de 1984 (22) informaba que en el año 2050 la proporción de personas susceptibles de contraer sarampión puede ser mayor que en la era prevacunas. ¿Así que hemos creado una bomba de tiempo con la disminución de la inmunidad? ¿Habrá grandes epidemias de sarampión en un futuro? De haberlas, se echará la culpa de ellas a los no vacunados, sin ninguna consideración a lo que se lleva haciendo durante más de 100 años, y se obligará a vacunarse a diferentes grupos de edad.

Debido al celoso sesgo provacunas que impregna nuestra sociedad, se siguen sin reconocer las verdaderas fuerzas que impulsaron el descenso de muertes por enfermedades infecciosas. A lo sumo se reconoce que el saneamiento pudo tener algún efecto, pero todavía siguen teniendo un mayor crédito la asistencia médica y los antibióticos.

Diversos grupos que se denominan así mismo escépticos buscan detener cualquier planteamiento en contra de la vacunación. La definición de escéptico solía ser “el que por instinto o habitualmente duda, pregunta, o no está de acuerdo con las afirmaciones o conclusiones generalmente aceptadas”, pero esta definición en su uso moderno ha sido transformada y secuestrada en favor de alguien que apoya ciegamente cualquier posición ortodoxa como si de un Evangelio se tratara. Estas personas continúan en su cruzada de apoyo a las vacunas, a toda costa, atacando cualquier cosa que cuestione su miope punto de vista. Si esas personas tuviesen el deseo de conocer la verdad, tal vez tendrían que mirar debajo del capó de las enfermedades infecciosas y las vacunas, y aprender un poco más. ¡Imagínense lo que puede haber en el maletero!

Los doctores Suzanne Humphries y Roman Bystrianyk son autores de Desvaneciendo ilusiones: las enfermedades, las vacunas y la historia olvidada, recientemente editado por la Editorial Octaedro.

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Bibliografía:

1. Irwin W. Sherman, Twelve Diseases That Changed Our World, 2007, p. 66.

2. Paul A. Offit, MD, Deadly Choices—How the Anti-Vaccine Movement Threatens Us All, 2011, p. xii.

3. James D. Cherry, MD MSc; Philip A. Brunell, MD; Gerald S. Golden, MD; and David T. Karzon, MD, “Report on the Task Force on Pertussis and Pertussis Immunization—1988,” Pediatrics, June 1988, vol. 81, no. 6, Part 2, p. 939.

4. Historical Statistics of the United States Colonial Times to 1970 Part 1, Bureau of the Census, 1975, pp. 77.

5. John B. McKinlay and Sonja M. McKinlay, “The Questionable Contribution of Medical Measures to the Decline of Mortality in the United States in the Twentieth Century,” The Milbank Memorial Fund Quarterly, Health and Society, vol. 55, no. 3, summer 1977, p. 425.

6. Letter from Victoria Romanus, MD, PhD, Department of Epidemiology Swedish Institute of Infectious Disease Control, Stockholm Sweden, August 25, 1995.

7. Record of Mortality in England and Wales for 95 Years as Provided by the Office of National Statistics, 1997; Health Protection Agency Table: Notification of Deaths, England and Wales, 1970–2008.

8. Edward Rothstein, MD, and Kathryn Edwards, MD, “Health Burden of Pertussis in Adolescents and Adults,” Pediatric Infectious Disease Journal, vol. 24, no. 5, May 2005, p. S44.

9. Vital Statistics of the United States 1963, Vol. II—Mortality, Part A, pp. 1–18, 1–19, 1–21.

10. Vincent A. Fulginiti, MD; Jerry J. Eller, MD; Allan W. Downie, MD; and C. Henry Kempe, MD, “Altered Reactivity to Measles Virus: Atypical Measles in Children Previously Immunized with Inactivated Measles Virus Vaccines,” Journal of the American Medical Association, vol. 202, no. 12, December 18, 1967, p. 1080.

11. “Measles Vaccine Effective in Test—Injections with Live Virus Protect 100 Per Cent of Children in Epidemics,” New York Times, September 14, 1961.

12. “Thaler to Hold State Senate Hearing to Find Fastest Way to Expedite Plan,” New York Times, February 24, 1965.

13. Jane E. Brody, “Measles Will Be Nearly Ended by ’67, U.S. Health Aides Say,” New York Times, May 24, 1966.

14. Lisa Belkin, “Measles, Not Yet a Thing of the Past, Reveals the Limits of an Old Vaccine,” New York Times, February 25, 1989.

15. B. Goldman, “The Bodyguard: Tapping the Immune System’s Secrets,” Stanford Medicine, summer 2011.

16. P. J. Lachmann, “Immunopathology of Measles,” Proceedings Royal Society of Medicine, vol. 67, November 1974, p. 1120.

17. “Measles as an Index of Immunological Function,” The Lancet, September 14, 1968, p. 611.

18. Wafaie W. Fawzi, MD; Thomas C. Chalmers, MD; M. Guillermo Herrera, MD; and Frederick Mosteller, PhD, “Vitamin A Supplementation and Child Mortality: A Meta-Analysis,” Journal of the American Medical Association, February 17, 1993, p. 901.

19. Fred R. Klenner, MD, “The Treatment of Poliomyelitis and Other Virus Diseases with Vitamin C,” Southern Medicine & Surgery, July 1949.

20. “Cinnamon as a Preventive of Measles,” American Druggist Pharmaceutical Record, New York, November 1919, p. 47.

21.J. M. Heffernan and M. J. Keeling, “Implications of Vaccination and Waning Immunity,” Proceedings of the Royal Society B, vol. 276, 2009.

22. D. L. Levy, “The Future of Measles in Highly Immunized Populations: A Modeling Approach,” American Journal of Epidemiology, vol. 120, no. 1, July 1984, pp. 39–48.

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9 comentarios »

  1. El tema de las vacunas ha dejado al parecer el estatus de ciencia y ahora aparece colocado el la sección de mitos y leyendas. Cualquier cuestionamiento de las vacunas, incluso con datos epidemiológicos bien fundados como hace este artículo, es descalificado rápidamente sin demasiada argumentación y colocado en el saco de los “antivacunas”. Con este calificativo, ya estás listo digas lo que digas, o argumentes lo que argumentes. Y yo no soy un antivacunas, yo soy un anti-ciencia chapucera. Para empezar, no entendemos muy bien porqué se produce lo que llamamos “infección”. Nuestro paradigma infeccioso está herido de muerte con el descubrimiento del microbioma y sus funciones. Nuestro modelo no puede explicar gran parte de estos hallazgos. Y todavía menos con el tema de los virus, que, al parecer, serían un tipo de elemento móvil del genoma. El artículo hace referencia a “virus muertos”. Eso es incorrecto, un virus no es un ser vivo, es sólo un puñado de genes (en forma de ADN o transcritos a ARN) rodeado de una cápsula.
    Al parecer, de acuerdo con los datos expuestos en el artículo, los principales factores que afectarían a la morbimortalidad por enfermedades infecciosas serían socioeconómicos. Pero tampoco es seguro. Lo que si está claro es que las vacunas y los antibióticos, si han tenido algún papel, es minúsculo.
    El papel de las vitaminas y la alimentación puede ser importante, pero ojo, hay que tener estudios (ensayos clínicos) bien hechos. Lo que no se puede hacer es criticar a la ciencia oficial por ser chapucera, y después justificar dar vitamina C para el sarampión a partir de un médico que trató a un puñado de pacientes. Eso también es una chapuza.
    Gran parte de los estudios que justifican el uso de vacunas lo hacen a partir de variables subrogadas: incidencia y seroconversión. Lo que de verdad hay que medir es mortalidad específica y total, y incidencia de complicaciones graves.
    Un saludo

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