"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Las miserias forestales. Critica al extractivismo forestal en Chile y propuestas para su superación

A continuación dejamos con ustedes un texto que aborda, desde una perspectiva antidesarrollista, la problemática derivada de la industria forestal que existe en el territorio bajo dominio del E$tado $hileno. El material se encuentra disponible para su descarga y posterior difusión. Alentamos la reproducción, impresión y distribución de este cuadernillo por todos los medios posibles. [Fuente: Metiendo Ruido].

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Un nuevo monstruo industrial está naciendo de las entrañas más profundas del modelo capitalista extractivista que impera en la región chilena. Su nombre es MAPA: “Proyecto de Modernización y Ampliación de la Planta de Celulosa Arauco”. Su objetivo es transformar la Planta “Horcones”, ubicada entre Laraquete y Carampangue, en la más grande del país y una de las más grandes de América Latina y el mundo. La planta, de sus actuales 790.000 toneladas anuales de producción de celulosa, pretende pasar a generar 2.100.000, triplicando su producción. Este proyecto cuenta con una inversión que bordea los 2.000 millones de dólares y viene a consolidar el negocio forestal en la región del Biobio, transformando los territorios en máquinas de producción de capital y empobrecimiento de comunidades circundantes, deprimiendo aún más una zona caracterizada por el abandono y la explotación socio-ambiental. El siguiente texto pretende generar una crítica al modelo forestal a propósito de la ampliación de esta planta de celulosa, desnudando las nocividades de esta industria y proponiendo una respuesta a este sistema que gestiona desastrosamente nuestra existencia como humanidad.

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Negocio Forestal y devastación del territorio: una caracterización general.

El negocio forestal, sector industrial-extractivista que se configura, después del minero, como el segundo más importante del país, se ha instalado con fuerza en los últimos 40 años en la zona centro-sur de Chile modificando el territorio, llenando las carteras de empresarios y empobreciendo dramáticamente a las poblaciones rurales y mapuche circundantes. Su irrupción surge a la par de la instauración del terrorismo militar post-golpe de Estado, y su imposición solo se explica a través de la complicidad de la dictadura y todo su aparato represivo. El Decreto 701 aprobado por la junta militar en 1974 otorgaba extensiones tributarias y bonificaciones estatales enormes a una industria controlada por los sectores más reaccionarios de la sociedad: terratenientes y burgueses industriales reconvertidos al neo-extractivismo.

El modelo actualmente abarca 2,5 millones de hectáreas de monocultivos de pino radiata y eucalipto, los que se encuentran principalmente en 4 regiones del país: Maule, Biobío, Araucanía y los Ríos. La producción satisface principalmente al mercado mundial de madera y papel, siendo China, Estados Unidos, Japón, México y Corea del Sur los principales compradores de los “comodities forestales”. Se estima que en 2014 las ganancias de esta industria superaron los 7,000 millones de dólares. La instauración de este modelo forestal en los últimos 40 años ha fragmentado y debilitado considerablemente el bosque nativo y sus ecosistemas asociados, como arbustos y matorrales, transformando el territorio en un monocultivo gigante: una enorme fábrica de madera al aire libre. Algunos estudios afirman que desde la llegada de la civilización occidental a nuestro continente, o sea desde hace 500 años, la masa de bosque nativo en la región de los bosques valdivianos de Chile se ha reducido de 11,3 millones de hectáreas a 5,8 millones en 2007, es decir ha desaparecido la mitad del bosque nativo original. Las causas del cambio son el reemplazo de bosques por praderas y matorrales, en la habilitación de terrenos para la agricultura, y posteriormente, ya en el siglo XX, el modelo forestal exportador.

La industria forestal conlleva una serie de perjuicios asociados, como la contaminación por pesticidas, herbicidas y fungicidas, la degradación del suelo y la escasez hídrica. Se estima que un solo eucalipto puede absorber hasta 200 litros de agua al día. Si multiplicamos esto por la cantidad de árboles que están plantados en las 2,5 millones de hectáreas ocupadas, podemos hacernos una idea de la envergadura de la crisis hídrica que se encuentra actualmente en curso. La mayoría de las comunas que conforman la región del Biobío tienen problemas de escasez hídrica producto de haber convivido durante décadas con las plantaciones forestales, situación que agrava el panorama general de disminución de las precipitaciones en la zona, debido a cambios climáticos de escalas globales. Las principales afectadas por esta usurpación del agua son las comunidades rurales que están cercadas por las plantaciones forestales, estos grupos humanos se ven obligados a abandonar sus actividades agrícolas y su forma de vida producto de la escasez hídrica y la degradación del suelo. Este proceso ha generado un empobrecimiento masivo de las comunidades rurales, viéndose obligadas a emigrar a las ciudades o someterse al precario trabajo asalariado que le ofrece la misma industria que les quita su autonomía alimentaria y laboral. Los campesinos que antes gozaban de cierta independencia y podían cultivar sus propios alimentos, ahora se han transformado, muchas veces, en obreros rurales al servicio de la industria forestal, de esta manera, la misma industria que los ha empobrecido les ofrece empleos con sueldos miserables para que compren sus alimentos en algún supermercado. Se sabe que comunas rurales como Lumaco, Galvarino y Los Sauces han perdido drásticamente su población rural, que ha emigrado por la pobreza que azota el campo. Otro grupo profundamente golpeado por las forestales es el pueblo mapuche, obligado a entregar sus tierras a la vorágine forestal, perdiendo su cultura y sometiéndose a los avatares del progreso que impulsa el capitalismo.

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La escasez hídrica no solo han producido pobreza y desertificación del territorio, sino que también ha contribuido a las condiciones que posibilitan grandes incendios forestales. La falta de agua y la alta combustibilidad de las plantaciones forestales han hecho de los mega-incendios “pan de cada verano” en las diferentes zonas rurales acechadas por el negocio forestal. Estos incendios por lo general son abordados por los medios de comunicación de forma superficial, achacando las causas a pirómanos o personas individuales que a veces ocasionan incendios, pero quitando toda responsabilidad a las empresas forestales, las causantes estructurales de estas catástrofes. El Estado, por su parte, no ha sabido reaccionar frente a estos hechos, eximiendo a las empresas forestales de toda culpa, y señalando recurrentemente a los mapuche como causantes de los incendios. En Enero de 2012, en medio del incendio en la comuna de Carahue, en un predio de Forestal Mininco, el ministro del interior de la época, Rodrigo Hinzpeter, acusó sin ninguna prueba a la CAM (Coordinadora Arauco Malleco) como la responsable. En ese mismo incendio murieron 7 jóvenes brigadistas subcontratados por Mininco para combatir el incendio, los cuales no contaban con la preparación adecuada, muriendo calcinados el 5 de enero de 2012.

Las empresas forestales operan a través de la CORMA (Corporación Nacional de la Madera) que agrupa a los dos conglomerados económicos que manejan casi la totalidad del negocio: Forestal Arauco (controlada por la familia Angelini) y CMPC (controlada por la familia Matte). Aquí se discuten las estrategias de la ex-burguesía industrial chilena (hoy transformada al neo-extractivismo) y la conservadora clase terrateniente nacional, facción histórica del monopolio agrícola y forestal. El poder de estos grupos económicos es tal que sus tentáculos se han expandido al extranjero, plantando monocultivos y construyendo plantas de celulosa en diferentes países de América Latina como Uruguay, Argentina y Brasil. Las familias Matte y Angelini no solo controlan el negocio forestal, sino que también poseen bancos, AFP ́s, industrias energéticas y más, lo que hace que su poder sea aún mayor y su control de los medios de comunicación abrumador, evitando cualquier crítica o cuestionamiento por parte de la llamada “opinión pública”.

Capitalismo verde forestal

Pese a toda la destrucción y pobreza que se esconde tras el modelo forestal, la CORMA se escuda en que su negocio está certificado por organizaciones internacionales que regulan la conservación del bosque nativo y promueven relaciones “responsables” con las comunidades, como por ejemplo el sello FSC fundado por la organización Rainforest Alliance. El sello FSC se puede ver en muchos productos derivados del papel alrededor del mundo, incluyendo Chile. Lo cierto es que este sello no representa más que la burocracia ambientalista mundial, instituciones y ONGs que gestionan la destrucción del planeta en base a certificaciones internacionales que supuestamente regulan la producción mundial bajo criterios de “responsabilidad socio-ambiental”. El hecho de que estos sellos hayan certificado a la industria forestal chilena, conocida por sus pésimas relaciones con las comunidades circundantes y la destrucción que provoca en los territorios, solo demuestra la falacia que se esconde tras un capitalismo que intenta desesperadamente vestirse de verde y limpio, pero que lejos está de limpiar el humo negro que expulsan las chimeneas de su progreso.

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Sabemos que la actual fase del capitalismo se preocupa bastante de mostrarse verde y amigable con el medio ambiente. Para enrostrar que han aportado en la mitigación del cambio climático y en la conservación de la biomasa nativa, argumentan que ellos hacen una gran labor plantando “bosques”. Lo cierto es que esto es una mentira, ya que un bosque es algo muy distinto a una plantación forestal. El primero está constituido por una serie de especies distintas en un equilibrio dinámico con el entorno, aportando refugio a distintas especies y conservando los flujos de agua, donde la vida prolifera y se autoregula. En cambio, las plantaciones forestales están constituidas principalmente por monocultivos de pino y eucalipto que no tienen un equilibrio con el entorno, y no tienen autoregulación, sino que dependen de la civilización humana y sus técnicas científicas para vivir, todo en base a la busqueda de las mejores variedades, modificaciones genéticas, pesticidas, químicos y sistemas de mantención industrial. Los monocultivos forestales, a diferencia de los bosques nativos, no protegen ni generan flujos hídricos, sino todo lo contrario, propician sequías que favorecen la ocurrencia de grandes incendios, y en algunos casos, acidifican y alteran el balance químico del suelo.

El proyecto MAPA, a pesar de todo esto, ha querido ir un poco más allá en su cruzada por un “capitalismo sustentable” y ha afirmado que de consolidarse aportará grandes cantidades de energía al país. Esto la pondría como una empresa “energéticamente sustentable”, ya que contaría con su propia generadora de electricidad. Lo que no mencionan es que esta matriz energética se alimentaría de residuos de madera y químicos que sobran de los procesos industriales de las celulosas, mecanismos altamente contaminantes y emisores de sustancias tóxicas derivadas de la quema de estos componentes. Los empresarios optimistas afirman que la planta Horcones incluso venderá energía al Sistema Interconectado Central del país que alimenta la zona comprendida entre Taltal y Chiloé. En un país en donde el fantasma de la falta de energía ronda hace años, estos voladeros de luces suelen legitimar la barbarie del supuesto progreso.

La industria forestal chilena se constituye así como una compleja maquinaria de producción de dinero, explotación de las comunidades y destrucción del territorio. Pero las plantaciones forestales no son las únicas caras de este modelo, falta mencionar a toda la infraestructura asociada al modelo forestal y por sobre todo a los plantas de celulosa, una de las caras más miserables de este negocio.

Industria de celulosa y contaminación.

La industria de celulosa se caracteriza por el alto impacto que genera en su entorno. A comienzos del siglo XX estas fábricas se encontraban instaladas en el primer mundo, pero a medida que pasó el tiempo fueron paulatinamente trasladadas a los países periféricos, dispuestos a soportar la contaminación a costa de recibir las migajas del progreso. En Chile, Forestal Arauco tiene plantas de celulosa en el Mataquito, el Maule, el Itata, la provincia de Arauco y Valdivia, mientras que CMPC cuenta con plantas en torno al río Biobio, Laja y Vergara (Nacimiento). El proceso de separación de la fibra de celulosa del resto de componentes de la madera es altamente contaminante, lanzando residuos al aire y a los flujos de agua circundantes.

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A los gases malolientes (TRS: azufres y anhídridos sulfurosos) se le añaden sustancias cancerígenas como las AOX (Precursores de dioxinas), las que reaccionan en el ambiente formando dioxinas y furanos altamente tóxicos. Se estima que la planta de celulosa de Valdivia, lanza un metro cúbico de RILes (Residuos industriales líquidos) por segundo al Río Cruces. A esto se suma la cantidad enorme de agua que necesitan estas plantas para funcionar. Horcones, por ejemplo, capta su agua del río Carampangue. Si el proyecto MAPA llega a concretarse, el agua utilizada sería del orden de 2.100 litros por segundo, es decir 190.080.000 litros al día, más agua que la que utiliza toda la población de las comunas de Concepción y Arauco juntas.

Pero no basta con mencionar las nocividades directas de la industria de celulosa, sino toda la infraestructura asociada que acelera la ocupación capitalista del territorio. Así, junto con estas fábricas, debe ser construidas toda una infraestructura vial para hacer circular las mercancías forestales hacia los puertos que posteriormente las exportarán al extranjero. Las modificaciones del territorio derivadas de las carreteras son otro perjuicio para las comunidades que quedan cercadas por estos viaductos del capital. La cantidad de CO2 que expulsan los camiones y grandes buques cargueros que trasladan la celulosa y la madera es otra problemática asociada.

La ruta 160, que comprende el territorio de la cordillera de Nahuelbuta hasta la ribera sur del Biobio está siendo ensanchada y modificada supuestamente para el beneficio de la población, sin embargo los principales beneficiarios serán las empresas forestales que tendrán los ansiados ductos viales para que transiten sus mercancías. El proyecto MAPA y el aumento en la producción de celulosa, implica necesariamente un aumento de la masa forestal, lo cual augura que este proyecto impulsará aún más la invasión de monocultivos por todos los lugares que sean necesarios, agudizando aún más la crisis derivada de este negocio.

La explotación humana.

La expansión de la planta de celulosa Horcones no es primera ocasión por la que se hace tristemente célebre. Además del proyecto MAPA, esta planta está en la memoria colectiva por ser el escenario de la muerte del obrero subcontratado Rodrigo Cisternas en medio de una manifestación de trabajadores. El obrero fue asesinado luego de embestir carros de Fuerzas Especiales de Carabineros con un vehículo de carga la noche del 3 de Mayo de 2007. Este hecho sirvió para visibilizar la precariedad extrema en que se encuentran los trabajadores forestales.

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Muchas veces los empresarios forestales escudan sus planes frente al hecho de que entregan empleos, sin embargo los trabajadores forestales solo representan el 1,6% de los asalariados del país, 130.000 trabajadores que pueden parecer bastantes, pero que en realidad son una cantidad mínima comparada con el enorme territorio que ocupan los monocultivos, donde viven más de 2 millones de personas. Las condiciones laborales en las faenas forestales en plantaciones son paupérrimas, por eso, esta industria busca legitimarse mostrando siempre las condiciones laborales de los trabajadores de las plantas de celulosa, relativamente mejores que las faenas de cosecha. Sin embargo, en las plantas de celulosa solo trabajan entre 6mil y 7mil trabajadores, muy pocos, no obstante los suficientes para desmentir el mito de que estás industrias generan mucho trabajo. Por otro lado, el trabajador forestal se caracteriza por la precariedad laboral y los bajos sueldos que percibe. El obrero forestal definitivamente no es el obrero del cobre, sus sueldos son por lo general miserables y la masa de subcontratados es alta en todos los sectores, tanto en faenas de terreno como en aserraderos y plantas de celulosa. El propio Estado no puede desmentir la pobreza generalizada tras la industria forestal, constatando mediante diversas aproximaciones que las 4 regiones del país en donde se encuentran la mayor cantidad de monocultivos son también las más pobres de Chile. Paradójicamente los supuestos beneficiados de los puestos de trabajo que dan las forestales muchas veces son mapuche y campesinos que se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a estas empresas, precisamente luego de que sus territorios han sido continuamente expoliados por estas mismas empresas, perdiendo la fertilidad de sus tierras y los imprescindibles cursos de agua que alimentan su modo de vida. Esto genera un círculo vicioso en donde los efectos de los monocultivos empobrecen a los campesinos y mapuche, para luego obligarlos a someterse al trabajo asalariado dentro de estas industrias; quienes venden el remedio del empleo son los mismos que producen la enfermedad de la pobreza y la imposición del trabajo asalariado, negocio redondo.

El negocio de las celulosas es un pilar fundamental en el proceso de acumulación de capital y ganancia por parte de la burguesía forestal del país. El proyecto MAPA, por su parte, viene a consolidar esta industria altamente nociva. Creemos que la contestación frente a los males que genera este sistema tiene que estar a la altura de las circunstancias y no puede ahorrarse ningún atisbo de radicalidad.

Nuevas alternativas

Luego de constatar y caracterizar la catástrofe derivada del negocio forestal comienzan a aflorar una serie de preguntas ¿Cómo detener sus nocividades? ¿Cómo generar una estrategia de contención de estos monstruos industriales? En definitiva: ¿Qué debemos hacer quienes nos oponemos a este modelo destructor?

La solución tradicional del movimiento comunista y anarquista frente al capitalismo ha sido postular la socialización de los medios de producción, para de esta manera generar la autogestión de nuestras necesidades, repartiendo los frutos del trabajo entre los productores mismos, sin la burguesía, clase social que históricamente se ha apropiado de la riqueza social.

Pongamos un ejemplo histórico cercano a nuestra realidad. El sueño de la izquierda chilena durante los años 60 y 70 fue socializar los medios de producción. Algunos postularon la necesidad de utilizar al Estado para este fin y otros postularon la organización autónoma de los pobladores, los cordones industriales y la democracia directa de los trabajadores. Sin embargo, no se cuestionó jamás la naturaleza del aparato productivo. En resumidas cuentas, el problema fundamental consistía en quién gestionaba las fábricas: el obrero o el patrón. Sin embargo, no se problematizó el qué, el cómo y el por qué producir, es decir el contenido del proceso productivo de la sociedad. Se asumía que las fabricas, minas, pesqueras, etc eran todas necesarias, solo que estaban en manos equivocadas. Este sueño responde a una visión esencialista del aparato productivo y la técnica. Bajo esta lógica éstos se manifestarían como neutros, unas herramientas que serían buenas o malas en virtud de las manos que las utilizarán: la burguesía o el proletariado.

Pongamos como ejemplo la industria forestal actual ¿Cuál es el problema fundamental? ¿Que los dueños de estas fabricas son los burgueses, en vez de los trabajadores? ¿Necesitamos la gestión autónoma de las forestales por parte de la ciudadanía, los campesinos, los mapuche? Hablar de autogestión de la industria forestal es como hablar de gestionar la destrucción de nuestro propio territorio, y por tanto nuestra destrucción como comunidad. Se pueden repartir y socializar las jugosas ganancias de este negocio, pero esta solución sigue estando bajo la lógica capitalista. Porque al final esta solución solo consiste en repartir dinero, valor ficticio e inmaterial a costa de la destrucción material de nuestro entorno.

Esto no es un grito de defensa abstracto del ambiente o una “hippeza” más, es plantear que se están destruyendo las bases materiales y los flujos de autorregulación de nuestro territorio, único generador de vida y sustento para nuestras comunidades. ¿Qué mundo se puede construir en un territorio devastado? ¿Qué comunismo o socialismo podría instalarse en un ambiente muerto? ¿Qué sociedad anti-autoritaria y anárquica podría florecer en un desierto sin vida? No se trata de defender la tierra bajo una lógica esencialista, sino de entender que el territorio es el único capaz de albergar una comunidad humana. Con esto planteamos una visión profundamente materialista frente al idealismo capitalista que destruye la tierra y las comunidades pensando que está lógica puede sustentarse hasta el infinito, porque, pese a todos sus costos, el progreso no se detiene, esta es su máxima fundamental.

Uno de los problemas del movimiento revolucionario, incluso en sus corrientes más radicales comunistas y anarquistas, es que aún mantiene una fe casi ciega en torno a las ideas de progreso y desarrollo. En torno a la idea de que la apropiación del mundo creado por el capitalismo puede ser utilizado para emancipar a la sociedad. De que la tecnología y el aparato tecno-industrial pueden estar al servicio de una sociedad comunista si se ocupan de buena manera. Lo cierto es que esta idea cada vez pierde más sentido en un mundo en donde la mayoría de la producción está determinada por una demanda vinculada a necesidades ficticias y deseos manipulados. Pongamos un ejemplo relacionado con las plantas de celulosa.

¿Para qué sirve la producción de papel hoy en día? La mayoría del papel se utiliza para publicidad y embalaje de mercancías. Dos actividades que sólo tienen sentido en una sociedad que necesita promocionar sus productos y embalarlos en papel para ser trasladados en la economía globalizada actual. En una sociedad comunista, la abrumadora cantidad de publicidad desaparecería, así como la necesidad de transportar mercancías de un lado al otro del mundo en virtud de la lógica de la oferta y la demanda guiada por los irracionales mercados financieros que hacen que las papas producidas en Bulgaria sean más baratas que las producidas en la comuna rural más cercana a nuestros barrios. El retorno a la producción local y a la socialización de los productos generados por las comunidades haría innecesaria gran parte de la producción de celulosa. En este punto constatamos que las fábricas de este tipo, más que servir a un mundo nuevo, son una piedra de tope para su desenvolvimiento. No se puede entender el mundo que anhelamos bajo la mismas necesidades que tiene el modelo capitalista actual.

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Bajo esta lógica es que entendemos que más que una apropiación de la industria forestal, deberíamos buscar su supresión, en tanto y en cuanto no son unidades productivas que satisfagan necesidades humanas, sino de generación de dinero, mercancías y valor abstracto sin utilidad más que para los capitalistas que miden su poder a través de la cantidad de ceros electrónicos en sus cuentas financieras. Esta realidad se manifiesta en gran parte del aparato productivo actual que no busca satisfacer necesidades reales, sino creadas bajo la lógica consumista. No parece muy provechoso socializar el sistema productivo capitalista para fines de construir una sociedad comunista. La sociedad revolucionaria no puede basarse en la satisfacción de las necesidades tal como las entendemos hoy.

No es casualidad que quienes más radicalmente se han opuesto a las forestales no estén pidiendo la autogestión de esta industria, como en otros tiempos solía proponer gran parte de la izquierda nacional, sino la desaparición de esta misma, a través del enfrentamiento directo si es necesario. El pueblo mapuche en proceso de autodefensa, es el movimiento más avanzado y de mayor antagonismo frente a las empresas forestales. Esto proviene del hecho de que están afectados más directamente por ellas, pero también porque como comunidad aún mantienen importantes lazos con su entorno y no están tan alienados o colonizados como lo estamos los habitantes en las urbes. Muchas comunidades mapuche aún subsisten sin depender totalmente del trabajo asalariado o tienen recuerdos de sus padres y abuelos que vivían en relaciones no capitalistas mucho más igualitarias que las actuales, y sin el embobamiento por el consumo, la tecnología y la vida urbana, como la mayoría de la actual población del territorio. El pueblo mapuche en autodefensa no lucha por la estatización o por repartir las ganancias de la industria forestal, lucha por su eliminación, su retirada definitiva sobre sus territorios.

El pueblo mapuche en autodefensa ha logrado comprender esta realidad, en virtud de que su proyecto de vida actual y futuro se sustenta en el retorno a relaciones no capitalistas, más cercanas al “comunismo primitivo” que alguna vez describieron los primeros socialistas. Pero ¿Qué pasa con nuestra sociedad que está embobada con el consumo ilimitado de mercancías? Mientras no exista una crítica radical al consumo innecesario y a la abundancia obscena de mercancías, nuestra sociedad no podrá aceptar las tesis de desmantelar el aparato productivo en función de la protección del territorio y las comunidades. La combatividad de los mapuche no se deriva necesariamente de una crítica teórica o ideológica al capitalismo, sino de una forma y estilo de vida que es antagónica a las grandes lógicas mercantiles. En cambio, la vida de la mayoría de la población urbana, no. Así, nos damos cuenta naturalmente de que la crítica contra el progreso capitalista y sus nocividades, es inseparable de la crítica a la vida cotidiana.

El capitalismo actual se caracteriza por haber colonizado la casi totalidad de la cotidianidad humana. Ya no solo el capitalista adquiere ganancias explotando al asalariado en su puesto de trabajo, sino en el tiempo que este pasa fuera de su trabajo. El tiempo de ocio de los y las trabajadoras es utilizado en el consumo en los malls y centros comerciales. El capitalismo ha colonizado el “tiempo libre” través de la creación de ansias de consumo ilimitadas. Hoy, los trabajadores siempre están trabajando para el sistema, incluso cuando no están en el trabajo, ya sea insertos en las redes sociales virtuales o satisfaciendo sus necesidades mercantiles más superfluas. Mientras esta estructura mental no sea abandonada por amplias capas de población y se generen prácticas de resistencia, difícilmente se podrán aceptar las criticas más radicales al aparato tecno-industrial para luchar contra el sistema. La tarea más urgente para las organizaciones revolucionarias de hoy, pareciera ser: ayudar en la descolonización del consumo y del trabajo asalariado, liberando el máximo tiempo en la población para que ésta pueda ocupar sus fuerzas en auto-emanciparse desmantelando el aparato productivo que es innecesario y creando nuevas maneras de auto-sustentarse a través de formas solidarias de organizar la sociedad que satisfagan las necesidades colectivas. Este proceso no es un asunto de días, puede tomar décadas o siglos. El problema es que no podemos esperar tanto cuando la biosfera está siendo rápidamente degradada, eliminándose las bases materiales y territoriales para la constitución de una sociedad revolucionaria.

El progreso de la pobreza y la miseria

Un buen camino para lograr este cambio de mentalidad es objetivando la nueva pobreza de nuestros tiempos, la miseria moderna en Chile. En la década de 1960 y 70 la pobreza era medida en virtud de la ausencia material de objetos, comida, techo, salud, ropa, etc. En la actualidad esta visión de la pobreza ha quedado en parte obsoleta, o al menos el capitalismo de la abundancia consumible del tipo chileno ha sabido sortearla bien. En la actualidad la miseria material ha descendido considerablemente, integrando a amplias capas de la población en la vorágine del consumo. La pobreza actual de un niño de clase popular de Santiago o Curanilahue, no está solamente vinculada a la ausencia de zapatos o leche, sino, más bien, a la pobreza extrema de las relaciones sociales en las que se desenvuelve, que muchas veces lo empujan a la violencia, las drogas o la autodestrucción. Soledad, falta de una comunidad, intoxicación con fármacos, etc. Objetivar la nueva pobreza es indispensable. Si el niño pobre de los años 60 era flaco por la falta de alimentos, ahora es gordo por la excesiva comida chatarra que consume. Si el niño de los 60 era pobre por no tener zapatos con los que salir a la calle, el de los años 2015 tiene zapatillas NIKE, pero no puede salir a la calle por el ambiente de violencia que existe en la población donde habita. Antes el pobre no iba a la escuela, ahora sí puede ir y ser medicado para que no se subleve contra las normas que le impone la sociedad.

La nueva miseria, de esta manera, debe ser medida no solo por los niveles de las carencias materiales, sino a través de la constatación de la degradación extrema de las relaciones de comunidad. La pobreza de las clases populares en Chile, por ejemplo, ya no se puede medir en la ausencia de objetos, sino, por ejemplo, en virtud del espacio en el que viven, el urbanismo que los constriñe y los obliga a habitar en las periferias de las ciudades, y el endeudamiento cada vez más obsceno que los obliga a someterse a trabajos asalariados extensos, agobiantes y mal pagados. La crítica al consumo, al urbanismo y al trabajo asalariado son importantes pilares para una contestación genuina al modo de vida capitalista.

Olvidar estas premisas y suponer que nuestra crítica solo supone un desmantelamiento de las actividades productivas destructoras del territorio sin considerar la necesidad de superar las nuevas (y viejas) miserias a las que se somete parte considerable de la población es chocar con un callejón sin salida. Suponer una defensa abstracta de la naturaleza como lo hace el ecologismo clásico es seguir viendo la defensa de la vida de forma parcializada. A diferencia de ellos, nosotros no asumimos que nuestra tarea principal es evitar las relaciones destructivas con nuestro entorno, sino evitar las relaciones destructivas que eliminan una vida autentica en comunidad. La verdadera catástrofe no es sólo la contaminación de nuestro entorno, sino que la contaminación y colonización de la mercancía en nuestras relaciones humanas cotidianas. La degradación de la biosfera no es más que una consecuencia de esta catástrofe social.

Atacar la nueva pobreza, entonces, presupone buscar nuevas formas de relacionarnos que propicien suplir nuestras necesidades como comunidad y encontrar formas de vida plenas, al margen del concepto de felicidad burguesa que nos propone el capital: la abundancia de mercancías y apariencias. Reconceptualizar la pobreza también presupone criticar el concepto de riqueza y dejar de asociarlo con la abundancia consumible de mercancías, asumiendo que la única riqueza a la que podemos aspirar es a la construcción de relaciones humanas plenas. La sociedad comunista o anarquista no sería aquella que le dé a todos una capacidad ilimitada de consumo, no podemos imaginar la sociedad futura como un hipermercado que entregue a todos lo que necesitan.

El “problema ambiental”, por otro lado, no puede dejar de analizarse desde una perspectiva de clases sociales. Aunque esta perspectiva no explique todo, sí entrega claves para el entendimiento de los efectos de la catástrofe social. Más allá de cualquier relativización, es innegable que la degradación producida por el aparato productivo suele afectar a los más desposeídos y oprimidos. Una termoeléctrica no será instalada en un barrio de clase alta, tampoco un basural o una industria contaminante. Estas nocividades son instaladas, por lo general, en las cercanías de los barrios pobres. A diferencia de los ecologistas clásicos y ciudadanistas “verdes” que suelen defender “territorios vírgenes” y la “naturaleza” como algo abstracto, los más pobres de la sociedad suelen rebelarse simplemente porque las condiciones materiales de degradación de su ambiente no les dejan vivir, no les queda otra opción. Por tanto, es innegable que serán los más desposeídos de esta sociedad los que se enfrenten más radicalmente al aparato tecno-industrial nocivo, tal como lo demostraron los pobladores y pobladoras de Freirina en 2012, atacando la fábrica de carne de cerdo de Agrosuper que les violentaba, y pidiendo su desmantelamiento definitivo.

Pero, la miseria actual, no puede medirse solamente en la cantidad de polución que aspiramos o las radiaciones que pueden afectar nuestros cuerpos. No es solamente una nocividad cuantificable científicamente. La miseria actual proviene principalmente de la falta de autonomía de la población, la cual ha perdido la posibilidad de auto-sustentarse, debiendo someterse en cada momento al dinero y al trabajo asalariado, además de los hipermercados, canales de comunicación, transportes e infraestructura capitalista en general. La miseria actual proviene de la falta total de autonomía para decidir la forma y estructura de nuestras ciudades y barrios, teniéndonos que someter siempre a los expertos, urbanistas y arquitectos del capital.

Aquí las preguntas son muchas ¿Cómo conformamos comunidades antagónicas al modelo constituidas en base a relaciones no capitalistas, basadas en el apoyo mutuo y la solidaridad? ¿Desde dónde construir este nuevo mundo al margen del sistema que nos permite la vida en las enormes ciudades? Resulta sumamente difícil responder a estas preguntas debido a la dependencia extrema que tiene la actual sociedad en relación al enorme entramado tecno-industrial y energético. Construir formas autónomas de suplir nuestras necesidades más allá de pequeños grupos, es decir de forma extendida, es muy difícil, sobre todo para quienes vivimos en las ciudades. Frente a esto no nos queda más que empezar a instalar nuevas ideas e ir rompiendo los dogmas establecidos para que este sueño se materialice rápidamente y de forma sostenida en el tiempo. Las premisas básicas siguen siendo las mismas que tuvieron las formas más avanzadas de contestación contra el sistema en otras épocas. La lucha anti-Estatal, el abandono del consumismo, el desecho de cualquier forma de representación y parlamentarismo, así como el rechazo a la esclavitud moderna del trabajo asalariado, siguen siendo pilares fundamentales.

Pero a esto hay que agregarle el abandono de las visiones desarrollistas y de fe en el progreso técnico e industrial. Hemos de constatar que los avances tecno-científicos no han traído el paraíso que prometían. Aún con nuestros avances tecnológicos, nuestros viajes al espacio y todas la maravillas modernas, es de tener en cuenta que aún miles de millones en el mundo sufren de una pobreza desgarradora vinculada al hambre y la enfermedad. El capitalismo europeo no funciona igual que el chileno, pero el chileno tampoco funciona igual que el de Etiopía. Es por eso que en Chile o Europa se podría incluso desarrollar un capitalismo verde y mejorar relativamente las condiciones de vida de la población, sin embargo, este nivel de vida necesariamente deberá explotar otras poblaciones y otros territorios, con altos impactos ambientales y sociales. ¿Qué territorios sacrificaríamos? ¿Qué población deberá ser explotada para mantener estos niveles? Las utopías tecnológicas de elevar el nivel de vida de la población de los países en desarrollo y el tercer mundo al nivel de vida de las clases medias occidentales es un absurdo, pues para ello serían necesarios los recursos equivalentes a más de un planeta Tierra.

Es un paso fundamental abandonar cualquier pretensión liberadora a partir de la técnica capitalista. Romper con este dogma nos evitaría caer en trampas y espejismos en los que el movimiento social ha chocado tantas veces: la ilusión de que la estatización o socialización de los medios de producción basta para cambiar el mundo. Nosotros creemos que se necesita cambiar primero las mentalidades y las prácticas para empezar a preguntarnos qué, cómo y por qué necesitamos vivir en comunidad y recuperar relaciones sociales solidarias y plenas.

Combatir la destrucción del territorio es combatir la destrucción de nuestras relaciones sociales como humanidad. La reconstitución de nuestro mundo solo puede venir de la mano de la reconstitución en el aquí y ahora de una comunidad solidaria y a la vez antagónica contra el Estado y el Capital. La creación de espacios liberados de la colonización de la mercancía es fundamental. Aquí nos damos cuenta de que la lucha contra la destrucción de nuestros territorios es inseparable de los sistemas de dominación que aquejan a nuestra sociedad: las clases sociales, el patriarcado y el racismo. Cualquier esfuerzo en este sentido constituye automáticamente una resistencia y una propuesta viable al sistema capitalista que degrada nuestro entorno y nuestras vidas.

Puede parecer superfluo empezar a construir cotidianamente nuevas relaciones humanas frente a la inmensa destrucción de nuestro ambiente, sin embargo estas prácticas constituyen el único refugio para construir en el aquí y ahora una nueva sociedad. Cuestionar nuestras relaciones autoritarias, mercantiles, patriarcales y racistas, así como el antropocentrismo y especismo de nuestra civilización, son importantes herramientas para ir creando comunidades que alberguen respuestas antagónicas al modelo imperante. La autoliberación integral en todas las esferas de nuestra vida parecer ser el único camino posible de seguir. La catástrofe que asola a nuestros territorios, es sobre todo el reflejo de la catástrofe que asola nuestras relaciones humanas. Nuestro objetivo, por tanto, debiese empezar a construir estas nuevas relaciones que sean la semilla de un proceso real de emancipación.

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Escrito por Grupo Antidesarrollista del Biobío

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