"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Encuentro con Miguel Amorós: cómo desmantelar la industria

Revista Hincapié, 2 de noviembre de 2014

antidesarrollismo

Miguel Amorós es un joven crítico que acaba de jubilarse. Joven porque su crítica anti desarrollista crece y crece en las jubiladas ciudades. Este historiador, teórico y militante coetáneo de Guy Debord, partícipe en las luchas autónomas de los 70, ha impregnado a su obra un carácter continuo de denuncia de la vida administrada, la búsqueda de espacios de autonomía colectiva y un cuestionamiento del progreso alienante y depredador. Jóvenes generaciones han recuperado su testimonio crítico. No son en esencia los males que en nuestra post industrial urbe vivimos diferentes de los que otras generaciones enfrentaron cuatro décadas atrás. Charlamos con Amorós en la urbe –antaño pueblo –  de Castro, Cantabria,  donde ha dado conferencias aquí – organizada por la combativa asociación cultural Pedro El Pirata – y en Santander sobre el desarrollismo urbano.

REVISTA HINCAPIE: Miguel, tu charla en Castro versaba sobre qué es hoy el discurso anti desarrollista. ¿Qué es hoy el discurso anti desarrollista?

MIGUEL AMOROS: Las ciudades se han convertido en conurbaciones. Las urbes cortan el territorio, lo fragmentan. Santander, por ejemplo, se ha expandido hasta otros pueblos, Castro está condicionada en su estética por la impersonalidad urbanística de Bilbao que está a decenas de kilómetros. En las conurbaciones, la ciudades se disuelven, perdiendo su identidad. Se orientan al turismo, esto es, a la sociedad de masas. Se da un cambio hacia la gestión optimizada de la conurbación. Santander era una ciudad burguesa que ahora está orientada al turismo. La conurbación se gestiona como una empresa. La crítica anti desarrollista hace de puente entre tendencias del pasado: coge de Marx, de Mumford… Integra críticas, salva las lagunas que separadas tenían esas tendencias. Se puede decir que la primera crítica anti desarrollista se da en los años 90 en Euskalherria. Entones se vivía como se trabajaba: de manera industrial. Hablábamos de luchar contra la nocividad que suponía convertir el territorio en capital. El territorio comenzaba a ser agredido como fuente de energía,  nucleares, renovables, fotovoltaicas, – estas últimas son una tapadera para justificar la primera -, y agredido como nuevo turismo de masas. Tratamos de revisitar el pasado agrario de las ciudades. El campo no ha sido el mundo de paletos que la burguesía ha pretendido ofrecer, sino un mundo autónomo, rico en saberes, en relaciones sociales  que no tenemos en la actualidad; si se cayera el capitalismo del que dependemos tanto, no tendríamos esos saberes para hacer absolutamente nada.

R.H: Hay un discurso bien pensante de cierta izquierda que habla de decrecimiento.

M.A: El decrecimiento, que nació de la universidad, es una fusión, y adolece del elemento histórico. Los decrecentistas piensan en el Estado. Serge Latouche, que es su máximo representante, no quiere traumas; tiene pánico a las revueltas. El suyo es el miedo de la clase media que sustituyó al  proletariado. Yo defiendo algo más antagonista, luchador.

R.H: ¿Es preciso seguir ahondando en la búsqueda de autonomía, al margen de organizaciones partidistas, sindicales o estatales?

M.A: Lo que me parece claro es que el discurso anti desarrollista tiene que pasar a plantearse metas más ambiciosas. Dar cabida a soluciones. La gente se lo va a demandar o se lo está demandando ya. Yo apostaría por resultados en el medio plazo.

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