"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Gaza: un campo de concentración para 1,8 millones de personas

Por Amira Hass, 21 de julio de 2014

Common Dreams

rafah_1Palestinos intentando cruzar la frontera de Rafah con Egipto. Una de las peticiones de Hamas es que haya una supervisión internacional de la salida.. (Foto:Reuters)

Ya he levantado la bandera blanca. He dejado de buscar en el diccionario la palabra para designar cuando a un niño le falta la mitad de la cabeza y mientras su padre grita: “Despierta, despierta, te he comprado un juguete”. ¿O lo que dijo la canciller Angela Merkel de la Gran Alemania?: El derecho de Israel a defenderse.

Todavía me debato en la necesidad de compartir la multitud de detalles de las conversaciones que he tenido con los amigos de Gaza, saber lo que se siente cuando uno espera el turno para ser degollado en el matadero. Por ejemplo, la charla que tuve el sábado por la mañana con J del Campo de Refugiados de Al-Bureij, mientras iba de camino de Dir al-Balah con su esposa. Tiene cerca de 60 años de edad. Esa mañana, la madre recibió una llamada telefónica y escuchó una grabación que instaba a los residentes en el campo de refugiados a que fuesen a Dir al-Balah.

En los libros de psicología militar israelí debería haber un capítulo dedicado a este tipo de sadismo, que santurronamente hacen pasar por misericordia: un mensaje grabado pidiendo a cientos de miles de personas a que abandonaran sus hogares y se dirigieran a otro lugar, igual de peligroso, a 10 kilómetros de distancia. Le pregunté a J ¿te vas? – ¿Por qué? Me dijo: “Tenemos una cabaña cerca de la playa con un poco de tierra y unos gatos. Vamos a darles de comer y volvemos. Vayamos juntos. Si atacan el coche, moriremos juntos”.

Si yo fuera un analista escribiría: “En contraste con la Hasbará israelí, Hamas no está obligando a los habitantes de Gaza a permanecer en uno u otro lugar. Es una decisión suya. ¿Dónde iba a ir?”. “Si vamos a morir es más digno morir en tu casa, en vez de salir corriendo”, dijo con franqueza J.

Sigo convencida de que una frase como ésta vale más que mil análisis. Pero cuando se trata de los palestinos, la mayoría de los lectores prefieren los resúmenes.

Estoy harta me mentirme a mí misma, como si pudiera por teléfono obtener la información necesaria para informar sobre lo que está ocurriendo allí. En cualquier caso, es información importante para un pequeño grupo de población de habla hebrea. Están buscando información en los canales extranjeros de noticias o en los sitios web. No se creen lo que se escribe aquí, quieren saber lo que pasó con las cortas vidas de Jihad (11 años) y Wasim (8 años), de Shuhaibar o su primo Afnan (8 años), del barrio de Sabra en Gaza. Al igual que he podido hacerlo yo, ellos han podido leer el artículo de la periodista canadiense Jesse Rosenfeld en The Daily Beast.

Issam Shuhaibar, el padre de Jihad y Wasim, se apoyó en la tumba que estaba al lado de donde fueron enterrados sus hijos, sus ojos hundidos, mirando a la nada. En su brazo llevaba un vendaje que le pusieron en el hospital después de donar sangre para tratar de ayudar a su familia. La sangre de sus hijos aún cubría su camisa”, escribe Rosenfeld. “Estaba alimentando a los pollos cuando oí un gran ruido en el techo y me fui a buscarlos. No eran más que un montón de carne”, dijo con la voz entrecortada antes de romper a llorar. Fueron asesinados dos horas y media después de establecer un alto el fuego humanitario, que terminó el pasado jueves. Otros dos hermanos, Oudeh (16 años) y Bassel (8 años) resultaron heridos, Bassel de gravedad.

El padre, decía Rosenfeld, dijo que el misil podía ser de advertencia. Antes del ataque oyeron el zumbido de aviones no tripulados, de esos que golpean en el techo. Así que decía Rosenfeld: “Si el misil era de los que llamamos misericordiosos, los que se lanzan como un advertencia, ¿por qué bombardearon la casa después?”. Por casualidad encontré la respuesta en un reportaje de la CNN. La cámara de infrarrojos logró captar la explosión que se produjo después de la advertencia: explosión, fuego, humo y polvo. Pero fue otra la bombardeada, no la casa de Shuhaibar. ¿Qué bomba mató a los tres niños? No fue un cohete palestino extraviado, era un misil israelí de advertencia. Y el propio Issam Shuhaibar es un policía palestino que se encuentra en la nómina de la Autoridad Palestina con sede en Ramala.

También me he dado por vencida para tratar de obtener una respuesta directa de las Fuerzas de Defensa de Israel. ¿Sabían ustedes que han bombardeado por error la vivienda que no era, matando a los tres niños? (De los 84 que han muerto desde el domingo por la mañana).

Estoy harta de los esfuerzos fallidos de competir con los abundantes comentarios orquestados sobre los objetivos y las acciones de Hamas, como si ellos hubieran estado sentados con Mohammed Deif e Ismail Haniyeh, y no sólo con las fuentes del Ejército de Israel o Shin Bet. Los que rechazaron las propuestas de paz de al-Fatah o de Yasser Arafat, la existencia de dos Estados, ahora tienen a Haniyeh, a Hamas y el BDS. Los que transformaron a Gaza en un campo de concentración para el castigo de 1,8 millones de seres humanos no deberían sorprenderse de que hagan túneles. Los que siembran asedio, bloqueo y aislamiento ahora cosechan lanzamiento de cohetes. Los que durante 47 años han cruzado la Línea Verde, expropiando tierras, instalando nuevos asentamientos, persiguiendo a los civiles, disparando, ¿qué derecho tienen a esquivar la mirada y hablar del terror cometido por los palestinos contra los civiles?

Hamas es cruel y está destruyendo el concepto tradicional del doble rasero, en lo que Israel es maestro. ¿Las brillantes inteligencias y el cerebro de Shin Bet no entienden que hemos sido nosotros mismos los que hemos creado la receta perfecta para nuestra propia versión de Somalia? ¿Desea evitar una escalada del conflicto? Ahora es el momento: abra la Franja de Gaza, deje que regresen al mundo, a la Ribera Occidental, que se unan a sus familias y las familias de Israel. Deje que respiren y se dará cuenta de que la vida es más bella que la muerte.

Amira Hass es la corresponsal de Haaret en los Territorios Ocupados. Nacida en Jerusalén en 1956, se unió a Haaretz en 1989, y lleva en estas funciones desde 1993. Ha vivido tres años en Gaza, lo que le sirvió de base para escribir su aclamado libro “Bebiendo el mar en Gaza”. Ha vivido también en la ciudad cisjordana de Ramala, desde 1997. Hass también ha escrito otros dos libros, los cuales son recopilaciones de sus artículos.

Procedencia del artículo:

http://www.commondreams.org/view/2014/07/21-0

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Clasificado en:Conflicto palestino-israelí, Ocupación de Palestina

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