"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Haciendo una buena limpieza de la literatura científica

Por el Pr. Jack Heinemann, 24 de diciembre de 2013
Centro de Investigación integrada en Bioseguridad, vía Newsvine

Hasta el momento más de 785 científicos han firmado una carta abierta apoyando un boicot contra Elsevier, por su retractación en la publicación del trabajo de Séralini y su equipo sobre el maíz transgénico de Monsanto NK603: http://www.i-sis.org.uk/index.php

Hasta el momento más de 785 científicos han firmado una carta abierta apoyando un boicot contra Elsevier, por su retractación en la publicación del trabajo de Séralini y su equipo sobre el maíz transgénico de Monsanto NK603: http://www.i-sis.org.uk/index.php

Food and Chemical Toxicology tomó la inusual medida  el pasado mes de noviembre de 2013 de retractarse de la publicación del trabajo de Séralini (Séralini et al. 2012), que había aparecido en la revista un año antes. Los aciertos y las limitaciones para señalar  los efectos adversos del maíz modificado genéticamente se evaluaron de forma sistemática (Meyer y Hilbeck, 2013); no se falsearon datos, no hubo plagio, ni se encontró nada que no fuera correcto. Sin embargo, en una posterior revisión encontraron que los resultados no eran concluyentes.

Creo que sí, que no andaban descarriados. Ya lo señalaban los autores cuando dijeron aquello de “hacen falta más investigaciones”. Este tipo de declaraciones nunca se ven en los buenos trabajos: los buenos trabajos son conocidos porque son buenos desde el mismo momento en que se publican. No generan ningún tipo de controversia; nada hay incorrecto ni nunca habrá nada incorrecto. Son del agrado de la gente adecuada y de las personas que siempre tiene razón.

A raíz de esta retractación se me ocurrió la idea de revisar mi colección de papeles fotocopiados y deshacerme de lo que me quedaba de mis lecturas de juventud, la cual desperdicié con documentos que nunca debieran de haber manchado mis manos ni obnubilado mi mente…

¿Por qué están ahí? Pensé ¿Por qué no deshacerse de toda esta indigna literatura científica? Les voy a dar algunas de mis recomendaciones de lo que debieran de desechar. Está lejos de ser una lista exhaustiva, pero les invito a que la repasen. Quizás se decidan a repasarla y luego les diré lo que he aprendido.

1.- El primer documento habla de que los genes están formados por ADN

Muchos piensan que a Oswal Avery y a sus colaboradores se les negó injustamente el Premio Nobel en 1944 por su trabajo (Avery et al. 1944) que mostraba que una sustancia llamada ADN (ácido desoxirribonucleico) podía originar cambios hereditarios en una bacteria (Deichmann, 2008). Este documento establece la asociación entre los genes y el ADN que los forman.

El Premio Nobel Gunter Stent, contemporáneo de Avery, dijo de este trabajo: “El descubrimiento de Avery fue muy discutido y se tardaron ocho años en apreciar su valía… la naturaleza molecular del ADN… lo cual por entonces parecía inconcebible, que el ADN pudiera ser el portador de la información hereditaria” (Deichamnn, 2008).

(Nota: ¿ocho años?, la primera señal de que este no fue un buen trabajo)

En el documento que publicaron, Avery et al. incluían una advertencia de que se necesitaban más evidencias. Cuando dijeron que el ADN captado por las bacterias producía un cambio heredable, señalaron por precaución que era posible que “pequeñas cantidades de alguna otra sustancia fuera adsorbida o estuviera tan íntimamente ligado a ella como para escapar a la detección, y que fuera la causa de la transmisión del rasgo y su heredabilidad (Avery et al. 1944)”.

(Ambigüedad, segunda señal de que efectivamente no es un buen trabajo).

El contenido de este documento está presente en los libros de texto utilizados para enseñar Microbiología y Biología Molecular.  El documento es utilizado como un icono en la creación de controles experimentales cuidadosos y significativos. Sin embargo, los resultados de Avery et al. no fueron concluyentes en su tiempo. Así que propongo que se descuelgue de los registros científicos.

2.- Los primeros dos artículos que describían la estructura del ADN y cómo se podía replicar

En sus famosos trabajos de abril (Watson y Crick, 1953b)y mayo (Watson y Crick, 1953a) de 1953 informaban de la estructura del ADN y las implicaciones de esta estructura. Watson y Crick formularon algunos reparos en sus datos: ya en el documento de mayo indican que los datos cristalográficos obtenidos mediante rayos X que aparecen en el documento podrían no ser definitivos.

Lo que hizo tan interesantes estos trabajos fueron las implicaciones genéticas, porque en el momento en el que aparecieron los documentos de Watson y Crick ya había habido varias demostraciones experimentales que señalaban la importancia de los ácidos nucleicos, en particular el ADN, en la heredabilidad de los rasgos (Avery et. al. 1944; Hershey y Chase, 1952). Esta mayor implicación genética ahondaba en que la estructura de la molécula podía explicar en términos bioquímicos cómo se producía la replicación de los genes.

“No se nos escapa que este particular emparejamiento que hemos postulado sugiere el posible mecanismo de copia del material genético”, decían (Watson y Crick, 1952b). Sin embargo, pasarían otros cinco años en verificar esta afirmación, que especulaba sobre la estructura del ADN y las evidencias experimentales de cómo esa estructura participaba en su replicación (Meselson y Stahl. 1958). El modelo de Watson y Crick fue profético, pero no concluyente en su momento; por lo tanto propongo que se retire también del registro científico.

3.- El primer documento (bueno, en realidad no) que mostraba que los genes se transfieren desde las bacterias a las plantas.

La idea de que el ADN (es decir, genes) se podía transferir desde las bacterias a las plantas y animales fue una cuestión polémica durante muchos años (Ferguson y Heinemann, 2002). Algunas de las pruebas más contundentes se observaron por la interacción entre la bacteria patógena Agrobacterium tumefaciens y las plantas, dando lugar a una enfermedad denominada agalla de la corona (Heinemann, 1991). Ya se habían realizado estudios con anterioridad sobre la transferencia de genes entre las bacterias y las plantas, desde los años 1960 hasta mediados de 1970 (Drlica y Kado, 1975; Stroun et al. 1970; Stroun et al., 1977). Sin embargo, un experimento realizado en 1974 no pudo demostrar la existencia de ADN bacteriano en los tumores de las agallas de las plantas (Chilton et al., 1974). El primer equipo que no pudo confirmar la presencia del ADN de A. tumefaciens en las agallas de las plantas también dijo que no pudo reproducir aquellos otros estudios que sí habían encontrado el ADN de A. tumefaciens en la agallas (Chilton et. al., 1977). ¡Pero un momento!, este equipo sí pudo detectar el ADN de la bacteria en las células de la agalla de la planta (Chilton et al., 1977).

La confirmación de la transferencia de ADN de una bacteria a una planta se convirtió en la base para el desarrollo de la Ingeniería Genética, y sigue siendo todavía la técnica empleada  para el uso comercial de las plantas modificadas genéticamente. Como consecuencia, este trabajo permitió más adelante que una empresa obtuviese el Premio Mundial de la Alimentación 2013. Lamentablemente, tanto el trabajo de Chilton et al. de 1974 como el de Chilton et al. de 1977, tenían algunos resultados que no fueron correctos, o en todo caso no concluyentes. Por tanto, sugiero que estos documentos desaparezcan del registro científico.

4.- Documento que muestra que los priones de origen bovino no podían infectar los cerebros de otras especies

En 1995, uno de los principales laboratorios del Reino Unido sobre las enfermedades de los priones publicó los resultados de un estudio sobre si un prión podía transmitirse desde el ganado a los seres humanos (Anónimo, 1995).

El estudio utilizó ratones modificados genéticamente para expresar la versión de una proteína humana, que cambia su conformación cuando se desarrolla la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob (ECJ). Esta es la forma humana de la encefalopatía espongiforme. Los ratones expuestos a las proteínas extraídas del ganado que mostraba los síntomas de la enfermedad de las vacas locas, también conocida como encefalopatía espongiforme bovina (EEB), no mostraron un aumento estadísticamente significativo en la incidencia de la enfermedad. Esto sugería que el agente causante de la EEB no podía transmitirse a los seres humanos desde los bovinos (Collinge et al., 1995).

La revista Nature publicó una noticia en la que se informaba de una disparidad de criterios entre estos autores y otros científicos, que alegaban que los resultados no eran concluyentes (Anónimo, 1995). Su argumento se basaba en que la enfermedad podía tener un período de incubación indefinida entre la exposición y la aparición de los síntomas, y que a los animales no se les había realizado un seguimiento lo suficientemente largo para que apareciesen los síntomas (Hope, 1995). Por otra parte, el período de incubación de la enfermedad, que ahora se estaba estudiando en ratones, se sabía que era más largo. También podía ocurrir que los resultados se hubieran falseado por la interferencia por la versión de la proteína presente en los ratones (Heinemann et al., 2013).  El estudio del grupo de control de las ratones que expresaban sólo la forma humana de la proteína se hizo más tarde, de modo que los resultados todavía no estaban disponibles cuando Collinge et al. decidieron la publicación del estudio.

Más tarde se demostró que la partícula infecciosa presente en el ganado se podía transmitir a los seres humanos ( y a los ratones transgénicos), con el grupo de Collinge proporcionando pruebas convincentes (Almond y Pattison, 1997). Dos años más tarde se realiza un añadido al artículo aparecido en 1995 en Nature, donde el grupo anunciaba: “También incluimos los resultados provisionales del grupo de control de los ratones que expresaban la proteína humana…con la EEB; estos ratones no presentaron síntomas de la enfermedad en los 264 días posteriores a la inoculación. Sin embargo, a partir del día 489 en adelante, algunos de estos ratones empezaron a desarrollar la enfermedad priónica” (Collinge et al., 1977).

Los resultados del estudio de 1995 no fueron concluyentes en el momento de la publicación, pero el documento se mantiene dentro de la literatura científica. Propongo que se realice una retractación de su publicación.

¿Qué he aprendido?

En primer lugar, que no se hace ningún servicio a la Ciencia o a los estudios futuros si se retiran estos artículos considerados ya clásicos dentro de la Literatura Científica. Se han convertido en iconos por diferentes motivos. Algunos eran revolucionarios y poco apreciados en su tiempo. Algunos eran revolucionarios y oportunos. Otros mostraron deficiencias por un escaso desarrollo técnico, o no siguieron las pistas correctas. Pero podemos aprender de todos ellos. No todo lo que aprendemos de un artículo científico está relacionado con la Ciencia misma.

En segundo lugar,  resultados concluyentes  en algunos aspectos faltaban en todos estos documentos, y casi ausentes en algunos de ellos. Eso no les convierte en irrelevantes para la historia de la ciencia y para aprender cómo funciona la Ciencia.  Las conclusiones concluyentes son fruto de una imaginación empobrecida.

Al decir esto, no quiero sugerir que algunos trabajos científicos no estén mejor realizados que otros. Quiero decir que en la vanguardia de los descubrimientos y la investigación siempre habrá gran incertidumbre: errores experimentales, límites humanos de la percepción,  posibilidades. Los descubrimientos en Ciencia resisten el  paso del tiempo.

En tercer lugar, algunos aspectos de la Ciencia son más controvertidos que otros. Cuanto más cerca se encuentre la Ciencia de los intereses comerciales, o conflictos con otras muchas personas, más fuertes son las quejas. No retractarse de la publicación de ciertos documentos que aparecen en el registro científico, algunos de los cuales no eran concluyentes y algunos estaban francamente mal en aspectos importantes, muestran que la retractación es una decisión política, que no se basa en las omisiones o errores.

En cuarto lugar, lo que estos documentos nos enseñan es que hacer una cosa mal, o no obtener unos resultados definitivos, no es algo infrecuente. No es ni bueno ni malo, sino algo a veces inevitable con lo que hay que tratar. Si no somos capaces de reconocer esto en Ciencia o en Educación, se induce a error a la gente y  a los estudiantes, que piensan que las respuestas son obvias y la Ciencia inequívoca. Eso no es cierto.

Por último, una retractación será visto por algunos como algo que no es tal. Considerarán que los que no están de acuerdo con el documento tenían razón. Una retractación por no obtener resultados concluyentes no muestra eso. Sólo muestra que la comunicación científica está sometida a la Política.

Referencias
Almond, J. and Pattison, J. (1997). Human BSE. Nature 389, 437-438.

Anonymous (1995). BSE results ‘may quell panic’, but caution still needed. Nature 378, 759.

Avery, O. T., MacLeod, C. M. and McCarty, M. (1944). Studies on the chemical nature of the substance inducing transformation of Pneumococcal types. J. Exp. Med. 79, 137-158.

Chilton, M.-D., Currier, T. C., Farrand, S. K., Bendich, A. J., Gordon, M. P. and Nester, E. W. (1974).

Agrobacterium tumefaciens DNA and PS8 DNA not detected in crown gall tumors. Proc. Natl. Acad. Sci. USA 71, 3672-3676.

Chilton, M.-D., Drummond, M. H., Merlo, D. J., Sciaky, D., Montoya, A. L., Gordon, M. P. and Nester, E. W. (1977). Stable incorporation of plasmid DNA into higher plant cells: the molecular basis of crown gall tumorigenesis. Cell 11, 263-271.

Collinge, J., Palmer, M. S., Sidle, K. C. L., Hill, A. F., Gowland, I., Meads, J., Asante, E., Bradley, R., Doey, L. J. and Lantos, P. L. (1995). Unaltered susceptibility to BSE in transgenic mice expressing human prion protein. Nature 378, 779-783.

Collinge, J., Palmer, M. S., Sidle, K. C. L., Hill, A. F., Gowland, I., Meads, J., Asante, E., Bradley, R., Doey, L. J. and Lantos, P. L. (1997). Addendum: Unaltered susceptibility to BSE in transgenic mice expressing human prion protein. Nature 389, 526.

Deichmann, U. (2008). Antimicrobial resistance in Escherichia coli and Pseudomonas aeruginosa from Intensive Care Units in The Netherlands, 1998–2005. HSPS 34, 207-232.

Drlica, K. A. and Kado, C. I. (1975). Crown gall tumors: are bacterial nucleic acids involved? Bacteriol. Rev. 39, 186-196.
Ferguson, G. C. and Heinemann, J. A. (2002). Recent history of trans-kingdom conjugation. In Horizontal Gene Transfer, M. Syvanen, and C. I. Kado, eds. (London and San Diego, Academic Press), pp. 3-17.

Heinemann, J. A. (1991). Genetics of gene transfer between species. Trends Genet. 7, 181-185.

Heinemann, J. A., Agapito-Tenfen, S. Z. and Carman, J. A. (2013). A comparative evaluation of the regulation of GM crops or products containing dsRNA and suggested improvements to risk assessments. Environ Int 55, 43-55. (Open Access)

Hershey, A. D. and Chase, M. (1952). Independent functions of viral protein and nucleic acid in growth of bacteriophage. J. Gen. Physiol. 36, 39-56.

Hope, J. (1995). Mice and beef and brain diseases. Nature 378, 761-762.

Meselson, M. and Stahl, F. W. (1958). The replication of DNA in Escherichia coli. Proc. Natl. Acad. Sci. USA 44, 671-682.
Meyer, H. and Hilbeck, A. (2013). Rat feeding studies with genetically modified maize – a comparative evaluation of applied methods and risk assessment standards. Environ Sci Eur 25, 33.

Séralini, G.-E., Clair, E., Mesnage, R., Gress, S., Defarge, N., Malatesta, M., Hennequin, D. and de Vendômois, J. S. (2012). Long term toxicity of a Roundup herbicide and a Roundup-tolerant genetically modified maize. Food Chem. Toxicol. 50, 4221–4231.

Stroun, M., Anker, P. and Auderset, G. (1970). Natural release of nucleic acids from bacteria into plant cells. Nature 227, 607-608.

Stroun, M., Anker, P., Maurice, P. and Gahan, P. (1977). Circulating nucleic acids in higher organisms. Int. Rev. Cytol. 51, 1-48.

Watson, J. D. and Crick, F. H. C. (1953a). Genetical implications of the structure of deoxyribonucleic acid. Nature 171, 964-967.

Watson, J. D. and Crick, F. H. C. (1953b). Molecular structure of nucleic acids. Nature 171, 737-738.
—-

Procedencia: http://biosafetycooperative.newsvine.com/_news/2013/12/24/22038524-lets-give-the-scientific-literature-a-good-clean-u

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3 comentarios »

  1. La ciencia no es hecha de artículos científicos definitivos, pero de la suma de evidencias basadas en buena metodología. El Prof.Heinemann esta bromeando o perdió todo el sentido del método científico. Echa un vistazo a las opiniones de http://genpeace.blogspot.com.br/2014/01/a-clumsy-attempt-to-discredit-good.html.

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