"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

Walter Benjamin: Berlín-Moscú-París-Portbou, 70 años después

Ángel Ferrero


El 26 de septiembre se celebra el 70º aniversario de la muerte de Walter Benjamin. La historia es de sobra conocida: después de haber conseguido cruzar con éxito la frontera francesa con la ayuda de Lisa Fittko, Benjamin, temiendo ser detenido por las autoridades franquistas y deportado a Francia –lo que equivalía a una condena a muerte segura, pues los nazis habían tomado París en junio de 1940–, cometió suicidio la noche del 25 al 26 de septiembre ingiriendo una sobredosis de morfina en la localidad fronteriza de Portbou (Girona), a donde había llegado con la esperanza de cruzar el país hasta Portugal y, desde allí, partir por mar hacia el exilio en los EE.UU.

Ni exégesis ni panegíricos: mucho de eso vamos a tener, mucho me temo, coincidiendo con la conmemoración. A la muerte de Daniel Bensaïd, Antoni Domènech comentaba, a propósito de una necrológica en la que el nombre Benjamin aparecía caprichosamente citado, sin otra finalidad que la de establecer una analogía gratuita y más bien torticera entre ambos escritores, que algún día habrá que escribir la historia de los abusos a los que ha sido y es sometido con regularidad el polígrafo berlinés por toda esta izquierda intelectualmente errática y políticamente desnortada de nuestros días. No han sido pocos.

Terry Eagleton hace comenzar correctamente su libro sobre Benjamin criticando la idea, muy extendida en determinados círculos académicos, de que su marxismo no fue sino un accidente de la época –propio, al decir de estas gentes, de muchos contemporáneos, tantos que de hecho convendría preguntarse hasta qué punto se trató de un accidente o de algo mucho más firme– o de una excentricidad tolerable. [1] Esta caracterización tendente a debilitar los aspectos más críticos de la obra de Benjamin contrasta fuertemente con la importancia de la mística judía que resaltan desmesuradamente muchos autores, comenzando (acaso poco inocentemente) por el por otra parte notable filósofo de la religión Gershom Scholem. El vivo interés de Benjamin por el movimiento obrero y su historia está no obstante bien documentado.

Sabido es que comenzó con la lectura en Capri de Historia y conciencia de clase de Lukács – un año después de la publicación del libro y el debate que se produjo en el seno de la III Internacional a partir del mismo–, una recomendación de Ernst Bloch que desplazó definitivamente su interés hacia el estudio de una estética materialista. No menos sabido es que leyó con detalle a Marx, cuyo nombre aparece señaladamente al comienzo de la La obra de arte en la era de su reproducción técnica. Menos conocido es sin embargo que leyó, entre otros muchos libros, la Historia de la revolución rusa de Trotsky durante unas vacaciones en Ibiza. [2] También sabemos que su hermano Georg Benjamin –asesinado en agosto de 1942 en el campo de concentración de Mauthausen– fue un destacado militante del Partido socialdemócrata independiente (USPD) y del Partido comunista alemán (KPD) consecutivamente. Por qué este interés nunca se formalizó en una militancia activa en la KPD, acaso haya que buscarlo en el rechazo que entre muchos intelectuales – Bertolt Brecht, por señalado ejemplo– provocaba la bolchevización del partido y la pérdida de democracia interna, un proceso que con Stalin culminó en la dependencia casi absoluta del partido alemán hacia los intereses de la política exterior de Moscú. Asja Lacis – la directora teatral bolchevique que sería el gran amor de su vida– nos ha legado el siguiente testimonio sobre la indeterminación de Benjamin:

«En ocasiones Walter me explicaba que tenía un hermano que era médico y comunista. Yo tenía muchas ganas de conocerlo. Benjamin me prometió presentármelo, pero no mantuvo su palabra. […] A veces tení­a lugar entre nosotros más o menos la siguiente conversación:

Eres un hombre cultivado, tienes una mente privilegiada, tienes una especialidad, y no tienes ningún medio de subsistencia.” Walter permanecía en silencio. Yo continuaba: “En Riga yo tampoco tenía una buena subsistencia material. ¿Por qué? Porque luchaba contra el estado burgués. De lo contrario podría haber ganado mucho dinero. ¿Pero dónde estás tú, genio de la cultura? ¡Tu hermano está en el Partido comunista! ¿Por qué no tú?”

»Walter respondía: “Bueno, tú lo presentas todo muy fácil.” E incluso añadía: “A veces te comportas como un caballo que lleva anteojeras. Sólo ve lo que tiene en frente, el camino se le presenta por sí mismo enfrente suyo. Para mí es mucho más difícil, mucho más complicado. Debo pensar todavía en muchas otras cosas.”

»Benjamin no se afilió al Partido comunista, pero siempre mantuvo contacto con comunistas y frecuentó las reuniones de la Asociación de escritores proletario-revolucionarios.» [3]

¿Por qué autores como Walter Benjamin – pero también podríamos decir: como Antonio Gramsci– son tan manipulables para usos tan distintos como espurios? La pregunta se la hizo el Wolfgang Harich desde la cárcel, y es una excelente pregunta político-cultural, pero murió varias décadas después sin habérsela respondido. Acaso para encontrar el origen mismo de todos estos usos y abusos haya que retroceder hasta los propios textos de Benjamin, incluso si no se tienen en cuenta las manipulaciones a que fueron sometidos tras su muerte por Theodor W. Adorno y su esposa, motivo, todavía hoy, de enconados debates académicos y justificaciones falsarias. [4]

Al conocer la muerte de Benjamin, Bertolt Brecht – con quien le unía una profunda amistad– se lamentaba, con enorme lucidez, del «ínfimo número de personas» que iban a entender las “Tesis sobre la filosofía de la historia” , y anotaba lo siguiente en su diario de trabajo, escrito con su característico estilo en minúsculas:

«walter benjamin se ha envenenado en una pequeña localidad fronteriza española. la gendarmería había detenido al pequeño grupo del cual él formaba parte. por la mañana, cuando sus compañeros quisieron comunicarle la noticia de que podían proseguir el viaje, lo encontraron muerto. estoy leyendo el último trabajo que presentó al instituto de investigaciones sociales. al entregármelo, günther stern me comentó que era oscuro y confuso, creo que añadió la palabra “ya”. el pequeño tratado se vincula con la investigación histórica y podría haber sido escrito después de la lectura de mi CÉSAR (que b[enjamin] no entendió muy bien cuando lo leyó en svendborg). b[enjamin] se resiste a aceptar el concepto de historia como fluir ininterrumpido, de progreso como potente empresa de un grupo de mentes lúcidas y serenas, de trabajo como fuente de toda ética, de clase trabajadora como protéges de la técnica, etcétera. se burla de quienes con tanta frecuencia se admiran de que algo como el fascismo haya podido surgir “todavía en este siglo” (como si no fuera el fruto de todos los siglos anteriores). en una palabra, es una obrita clara y esclarecedora (a pesar de todas las metáforas y de todos los judaísmos), y uno no puede menos que pensar alarmado en el ínfimo número de personas que, por lo menos, están dispuestos a tratar de entenderla.» [5]

Tan característico era el estilo de Benjamin que incluso cuando se ofreció a redactar un texto a Lacis sobre su experiencia como directora de un teatro infantil en Riga, todo el mundo reconoció inmediatamente a su verdadero autor: «Walter Benjamin había tenido ya conocimiento de mi teatro infantil en Capri (1924) – escribe Lacis– y había mostrado un interés extraordinario por él. “Escribiré el programa”, dijo, “y presentaré y fundamentaré teóricamente tu trabajo práctico.” Y lo escribió. Pero en el primer borrador mis tesis fueron presentadas de una manera enormemente complicada. Se leyeron en la Liebknecht-Haus [sede del KPD, N.T.] y la gente se reí­a: ¡Eso te lo ha escrito Benjamin!”»[6]

No vale la pena entrar aquí en el viejo debate entre forma y contenido. De haber renunciado a su estilo, toda la penetración analítica de Benjamin perdería su fuerza literaria. Ahí están los textos para demostrarlo. Y no necesitamos precisamente de hierofantes que nos ofrezcan la revelación definitiva y nos guíen a través de su presunta obscuridad. No necesitamos de más citas descontextualizadas –y aún tergiversadas – encabezando un sinfín de catálogos de arte y artículos académicos. De lo que se trata es de reinsertar a Walter Benjamin en su contexto histórico. Pues, ¿cómo hablar de “El autor como productor” sin conocer los debates politicoculturales del momento, sin saber nada de Serguéi Tretyakov, el poeta y dramaturgo soviético amigo de Vsevolod Meyerhold y Serguéi M. Eisenstein, quien representaba a ojos de Benjamin el primer ejemplo de un modelo de escritor postcapitalista?

Se dice que Walter Benjamin comentó en una ocasión al comienzo de su carrera, un tanto arrogantemente, que se convertiría en el mejor crítico literario del siglo XX. Concederle el laurel sería ir demasiado lejos –olvidaríamos con ello a otro grande como Lukács, injustamente castigado hoy con el más vergonzoso olvido académico –, pero no cabe ninguna duda de que los textos de Benjamin, frente a la ortodoxia de paleo y neomarxistas, siguen siendo, hoy como ayer, tan válidos como leederos. No lo vieron sin embargo así sus contemporáneos (el poeta oficial de la RDA, Johannes R. Becher, consideraba por ejemplo a Benjamin y a Brecht, en tono abiertamente denunciatorio, meros escritores “burgueses”):

«Me peleaba a menudo con él –escribe Asja Lacis –, le reprochaba que no había conseguido abandonar la estética idealista que había aprendido en la academia. (Benjamin discutía educadamente, hablaba pausadamente y nunca alzaba la voz, pero movía la cabeza si le hacían una objeción que le ofendiera.) Después me di cuenta de que tenía razón y de que había reconocido las debilidades de los críticos de entonces, que no eran más que sociólogos vulgares.

»Hoy me he pregunto a menudo, ¿qué contienen los en una ocasión nada populares textos de Benjamin que tanto interesan hoy en Alemania y en otros países? Hablé de ello con [Berndhard] Reich. Me contestó más o menos lo siguiente: leímos en los clásicos del marxismo que las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante, las ideas que tienen éstos sobre su dominio. Lo leíamos y lo asentíamos, y eso era todo. Benjamin se preocupaba en cambio de cómo la clase dominante conseguía transmitir sus ideas a las masas; qué maniobras llevaba a cabo, qué suerte de esquemas empleaba; todo eso lo examinaba Benjamin con una extraordinaria perspicacia. Apenas habían mejorado las oportunidades para manipular a las masas mediante las técnicas de reproducibilidad del arte cuando Benjamin ya había descubierto los secretos de cómo influían éstas en las masas. Los procesos que Benjamin observó en su época son los que alarman a los hombres hoy. Por eso puede considerarse correctamente a Benjamin como un contemporáneo.»[7]

A setenta años de la muerte de Benjamin desempolvamos sus “Tesis sobre la filosofía de la historia” y las descubrimos lo suficientemente robustas como para resistir la sobrecarga de (sobre)interpretaciones que han soportado durante décadas. «El materialista dialéctico sin esperanzas en y para los hombres –escribe sobre ellas su biógrafo Bernd Witte – debe confiarse a la esperanza en la catástrofe escatológica que trastoque en cuestión de momentos al mundo y conceda su entrada preliminar al historiador materialista y su “memoria” redentora.»[8]

NOTAS:
[1] Terry Eagleton, Walter Benjamin o hacia una crítica revolucionaria (Madrid: Cátedra, 1981). Traducción de Julia Garcí­a Lenberg. [2] VV.AA., Walter Benjamin a Eivissa (Institut d’Estudis Baleàrics, 2007), p. 113 [3] Hildegard Brenner (Hg.) Asja Lacis. Revolutionär im Beruf. Berichte über proletarisches Theater; über Meyerhold, Brecht, Benjamin und Piscator. (München: Rogner & Bernhard, 1971), pp. 4950 [4] Manipulación, a propósito de la cual, escribe Asja Lacis: «Me gustarí­a señalar que la dedicatoria de Dirección única, “Esta calle se llama CALLE ASJA LACIS, en nombre de aquella que, como ingeniero, la abrió en el autor”, aclara que Walter Benjamin había experimentado un cambio muy importante en su visión del mundo (Weltanschauung) y que había encontrado un camino [StraBe significa tanto “calle” como “camino” o “vía” en alemán, N.T.]. […] En los Escritos de Benjamin editados por Theodor W. y Gretel Adorno esta dedicatoria ha desaparecido. Para la controversia en torno a las intenciones de los editores, véase Alternative , núm. 5657 (1967) y 5960 (1968)» Hildegard Brenner, op. cit., p. 71 y n. [5] Bertolt Brecht, Diario de trabajo . (Buenos Aires: Nueva Visión, 1977), vol. 1, p. 18. Traducción Nélida Mendilaharzu de Machain. [6] Hildegard Brenner, op.cit., pp. 2526. [7] Ibid., pp. 6162 [8] Bernd Witte, Walter Benjamin (Hamburg: Rowohlt, 1985), p. 135.

www.sinpermiso.info, 26 septiembre 2010

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