"Ni la Ciencia oficial y consagrada ni otra fe ninguna puede hacer más que procurar que se cumpla lo previsto, que no se haga más que lo que está hecho, y que no nos pase nada del otro mundo". Mentiras principales, Agustín García Calvo

El despertar de la conciencia: un mundo que se desvanece

por Robert Jensen / 25 de febrero 2011

(http://www.redroom.com/publishedwork/all-my-bones-shake-seeking-a-progressive-path-prophetic-voice)

Este es el problema central de la historia de mi toma de conciencia. Cuando comencé este proceso hace 20 años, me hice el compromiso de enfrentarme a la verdad con lo mejor de mis capacidades, incluso aunque esa verdad fuese dolorosa o desagradable. Mis ideales no han cambiado y mi compromiso con las organizaciones no ha disminuido, pero el peso de esta evidencia me sugiere que nuestra especie está entrando en un período de declive permanente, debido a un rápido deterioro de las condiciones ecológicas. Creo que tenemos más problemas de los que la mayoría de la gente está dispuesta a reconocer.

La historia de nuestros despertares, ya sean morales, intelectuales, religiosos, artísticos o sexuales, son difíciles. Una reflexión honesta tampoco es fácil, y una mirada satisfecha es la norma: nos encanta ser héroes de una épica propia.

Esto también se puede decir del despertar político, y sobre todo para aquellos de nosotros que nacimos con privilegios inmerecidos como resultado de un poder ilegítimo. No sólo nos encanta contar historias en las que salimos bien parados, sino que también decoramos la narración con toda una humilde parafernalia para no parecer arrogantes. Utilizamos nuestros fracasos para trazar una historia de nuestra transformación, incluso cuando hablamos de nuestras limitaciones estamos poniendo de relieve nuestra sabiduría en ver esas limitaciones.

Así que cuando recibí una petición de un investigador para contar la historia de cómo surgió mi conciencia política, mostré dudas. No me gusta sentirme como un fraude, y siempre uno se siente un fraude en algunos aspectos, incluso cuando uno trata de ser tan honesto como sea posible. Pero, como la mayoría de la gente, siento un impulso de contar mi historia, sobre todo para tratar de explicarme a mí mismo. Así que insisto:

 

Siendo un adolescente en la década de los años 1970, en medio de la cultura dominante del Medio Oeste, me perdí los movimientos radicales de los Estados Unidos de la década anterior, por tiempo y por distancia. Desarrollé una política liberal convencional como reacción a la política convencional conservadora de mi padre y de mi generación. Pero, en líneas generales, crecí despolitizado: como otros estadounidenses de mi tiempo, nunca se nos enseñó a analizar los sistemas y las estructuras de poder, así que mis posiciones liberales parecían banales para que la crítica que realizaba sobre esta base supusiese una ventaja para mí. Después de acabar mis estudios en la Universidad, trabajé como periodista en varios diarios de amplia difusión, aún más retrasados en su crítica de las estructuras del poder. Los periodistas que no tienen una conciencia política es poco probable que ésta se desarrolle en un medio que reclama neutralidad, pero que se dedica de manera enfática a los saberes convencionales.

El despertar de mi conciencia empezó cuando participé en un doctorado en 1988 sobre un programa de comunicación de masas, una época en la que las Universidades de Estados Unidos eran intelectual y políticamente más abiertas que en la actualidad. Después de dos años de rutina diaria en las redacciones de los periódicos, me sentí liberado para leer, pensar y hablar de las nuevas situaciones con las que me enfrentaba. Mi estudio de la Primera Enmienda me llevó una crítica feminista de la pornografía, que en ese momento era un asunto importante en lo relativo a la libertad de expresión. Mis cursos de postgrado fueron impartidos en primer lugar por los defensores liberales de la pornografía, que era la norma académica por aquel entonces y lo sigue siendo ahora. Pero también formé parte un grupo de activistas locales que luchaba contra la industria de la explotación sexual (pornografía, prostitución, desnudos) y me di cuenta que allí había una crítica feminista rica, compleja y apasionante, que me obligó a repensar lo que antes creía, sobre la libertad, la elección y la liberación.

Como resultado de estos primeros encuentros, empecé a leer sobre el feminismo y recibiendo clases de feministas, y hablé con las personas de esta comunidad, lo que me llevó a participar en sus actividades educativas. No era consciente de que con estas decisiones estuviese construyendo un marco filosófico y político radical. Sólo seguía las ideas que me parecían más convincentes desde el punto de vista intelectual y me relacionaba con las personas que consideraba más decentes. Pues bien, estas decisiones me cambiaron la vida de dos maneras.

En primer lugar, se me abrió todo una alternativa a los convencionalismos, en los que liberales y conservadores mantienen unos estrechos límites ideológicos. Esta apertura al pensamiento feminista, es especial a lo que se considera el feminismo radical, me ha permitido dar un paso fuera de aquellos límites y hacerme sencillas preguntas: ¿De dónde viene el poder y cómo se pone en práctica, tanto en las instituciones formales como en las relaciones informales?

En segundo lugar, me ayudó a comprender la importancia de tener una vida política fuera del ámbito universitario. En lugar de poner todo mi empeño en la enseñanza y la investigación, participé en un proyecto comunitario y me relacionaba con personas que estaban preocupadas con la publicación de investigaciones que eran marginadas, en revistas de una importancia marginal. A pesar de que tenía que publicar las pertinentes investigaciones académicas como profesor asistente, una vez que conseguí seguridad en el trabajo, regresé de inmediato a aquella organización e ignoré las pretensiones pseudo-intelectuales que dominan la mayor parte del mundo académico en el campo de las ciencias sociales y las humanidades. Había desarrollado un proyecto riguroso y relevante, pero me di cuenta de la escasa relación que tenía con el ámbito académico de ese momento.

Desde esas primeras investigaciones en la industria de la explotación sexual y el papel de la cultura pornográfica en la violencia de los hombres, yo seguía pensando en cómo se organiza el poder y funciona en torno a otras dimensiones de nuestra identidad y estatus en el mundo. Después de abrir la puerta de los sexos, era inevitable que abriese la puerta de las razas. A partir de ahí, surgieron múltiples preguntas sobre la injusticia inherente al capitalismo económico y la violencia en la dominación imperial de Estados Unidos. Finalmente, comencé a pensar más sobre cómo la dominación humana está destruyendo la capacidad de la ecosfera para sostener la vida y tal como la conocemos.

Todas estas preguntas me llevaron a la misma conclusión: vivimos en un mundo estructurado por jerarquías ilegítimas sobre la base de un dominación/subordinación dinámica. Los que disponemos de privilegios inmerecidos, la recompensa por hacer caso omiso de esa conclusión es que podemos conseguir un estatus social y económico dentro de este sistema, pero el coste de esta capitulación al poder es que entregamos una parte esencial de nuestra humanidad. Veinte años después de aquello me he embarcado en esta investigación, y puedo ver con más claridad. Pero cuando empecé a enfrentarme a estos problemas, sólo sabía que los convencionalismos daban una explicación insuficiente, que los lugares comunes expresados por el poder eran lugares vacíos, y que los razonamientos lógicos ofrecidos por los intelectuales al servicio del poder me parecían egoístas. No sabía lo que quería, pero sabía lo que no quería, no una carrera de este tipo, no una vida de esta forma.

Lo único que tengo claro ahora, algo que no me era evidente al principio, a la pregunta de cómo surgió esta primera concienciación, es que no tengo una respuesta sencilla, porque quizás fuese algo gradual. Pero hubo un momentos en este camino, como el día en que leí un discurso de Andrea Dworkin, en 1983, “ Quiero una tregua de veinticuatro horas en la que no haya ninguna violación”, en el cual solicita a los hombres “un día en el que no se amontonen nuevos cuerpos, un día en el que no se añadan nuevas agonías sobre las viejas” (1). En este discurso señalaba que las feministas no odian a los hombres, sino que “creen en su humanidad, en contra de toda evidencia”(2).

Recuerdo también el importante papel de un amigo del grupo anti-pornografía, un hombre mayor que yo, que no solamente formaba parte del movimiento feminista, sino también de grupos de derechos civiles, contra la guerra y las amenazas ambientales. Me dio un modelo de cómo una persona con privilegios podía contribuir a una política radical y dar forma a unos principios. En mi libro sobre la pornografía, escribí sobre un momento especialmente importante con Jim Koplim, cuando hablamos sobre mi trabajo voluntario en el grupo:

“Si quieres formar parte de este grupo porque quieres salvar a las mujeres, entonces no te queremos”, me dijo al principio – ¿no era la crítica a la explotación sexual de las mujeres mediante la pornografía una forma de ayudar a las mujeres? Sí me explicó Jim, pero también muchos hombres que se involucran en este trabajo se ven como caballeros de brillante armadura, que montan a caballo como héroes que salvan a las mujeres, y por lo general resultan ser aliados de poca confianza. Lo hacen por sí mismos, no para cuestionar su masculinidad, sino para jugar el papel de héroes en un nuevo contexto, el pseudo-feminismo. Usted tiene que tener un concepto diferente, me dijo: “Tiene que estar aquí para salvar su propia vida”.

No entendía en ese momento exactamente lo que quería decir, pero algunas de esas palabras resonaron en mi interior. Esto era lo que el feminismo ofrecía a los hombres: no solamente una manera de no hacer daño, sino una manera de entender el sistema de dominación masculina, que tanto daño hace a las mujeres, pero que también impide que los hombres sean plenamente humanos (3).

Jim me desafió a que me preguntase por qué estaba allí y lo que esperaba conseguir, de modo que llegué a entender que mi interés por la política feminista se debió en gran parte a mi propia alienación en la definición tradicional de masculinidad. Para mí, contar esto de forma sencilla me parecía lo correcto, lo que implicaba nobleza por mi parte.

Veinte años después todavía me hago las mismas preguntas acerca de por qué tomo las decisiones que tomo. Soy un hombre que forma parte del movimiento feminista y un hombre blanco que critica la supremacía blanca, que tan arraigada está en la cultura dominante. Soy un estadounidense que se opone a la política imperial de los Estados Unidos y trabajo con un grupo local que organiza a los trabajadores inmigrantes. En estos esfuerzos llama la atención las desproporcionadas alabanzas en relación con mi esfuerzo y capacidad, un hecho que indico siempre que me es posible. La gente a veces me escucha, no porque sea más inteligentes que las feministas, sino porque soy un hombre. Lo que digo sobre el racismo no es mejor que lo que han dicho otros autores negros, pero soy apreciado porque soy blanco.

Esta es la difícil historia de mi despertar. Tuve la suerte de aprender a ver el mundo desde el punto de vista de los que luchan contra el poder, y se me recompensa de muchas maneras al hablar, al escribir o al actuar con estos movimientos. Pero reconozco que los premios son injustos, pero mi humildad se convierte para otros en una supuesta sofisticación. Sin embargo, si me negase a utilizar estos privilegios, en el fondo un desvanecimiento de mi persona, estaría desperdiciando recursos de mi posición en el mundo y que puedo ofrecer a estos movimientos.

Estoy atrapado, sin embargo, en un sistema que hace que mi vida sea relativamente fácil. Incluso cuando hay alguna amenaza por mis actividades políticas, como por ejemplo los ensayos críticos sobre los crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos después del 11 de septiembre, tengo mucho apoyo externo a las estructuras de poder, así como el privilegio de persona educada, hombre blanco… de modo que nunca me siento amenazado…

No se dan cuenta los que adoptan una perspectiva crítica, incluso los que pertenecen a la categoría privilegiada, tan bien como yo: en las últimas décadas en los Estados Unidos, en las que la disidencia, como es mi caso, es tolerada, no ha habido ninguna represión en contra de los sectores privilegiados. Ciertos grupos específicos ( en particular los inmigrantes, musulmanes, árabes) han tenido que mostrarse cuidadosos, y no hay garantía de que una represión más generalizada no regrese a los Estados Unidos, especialmente si el poder del país sigue en declive en todo el mundo y las elites se ponen nerviosas. Pero por ahora, los hombres blancos de los Estados Unidos tienen una posición bastante segura. Existe el riesgo de perder el trabajo, pero eso resulta trivial en comparación con el destino sufrido por los radicales en otras épocas de la historia de Estados unidos, o en otros lugares en la actualidad.

Por lo tanto, éste es el resumen de mi historia de concienciación: He vagado durante 30 años de mi vida en todo lo ajeno a las operaciones de poder, protegido por un privilegio. Durante los últimos 20 años he estado contribuyendo con una gran variedad de movimientos por la justicia social y la sostenibilidad ecológica, realizando aportaciones de forma regular en nuevas experiencias que me llevan más allá de lo que se da por sentado (últimamente estoy acudiendo a 5604 Manor, nuestra comunidad progresista de Austin, TX). Aunque me encanta enseñar y poner mucha energía en mi trabajo como profesor, mi comunidad y las actividades políticas son más importantes para mí, y una fuente de mayor vitalidad intelectual. Si la sensibilización es un proyecto en curso, es probable que esto no suceda en las instituciones moribundas, como las universidades, sino que se encuentra en las personas con un fuerte compromiso y que asumen riesgos en el trabajo político.

Esta es la cuenta más exacta de lo que he llegado a ser, a la persona política que soy. Pero contar esta historia siempre me marea un poco, todavía no he encontrado la manera de describir mi desarrollo político, de forma que no suene como un auto-agradecimiento, como si yo fuera un héroe de una leyenda épica.

El malestar de los años en contar mi historia se complica aún más por las nuevas preocupaciones de los últimos años. Ahora más que nunca soy consciente de que no importa lo alto que pueda llegar la conciencia de alguien en los Estados Unidos, pues es muy poco lo que podemos hacer para revertir las consecuencias del asalto de la sociedad industrial moderna al mundo de los vivos. No quiero decir que no se pueda hacer nada o que nada se deba hacer para promover la sostenibilidad ecológica, sino que los procesos puestos en marcha durante la era industrial pueden haber llegado más allá del punto de no retorno, que la salud de la ecosfera que haga posible nuestra vida esté comprometida más allá de su recuperación.

Las izquierda contemporánea se centra por lo general en las pequeñas victorias logradas en su momento y en una visión de un cambio social a largo plazo. Como no hay ninguna revolución en el horizonte, sólo reformas en el sistema existente, aferrándose a los ideales radicales que dan cuenta de esas actividades. Estamos dispuestos a trabajar sin garantías, apoyados en una creencia, como la que expresó Martin Luther King Jr,: “el universo moral es amplio, pero se doblega hacia la justicia” (4). Se supone que nos llevará hacia ello, incluso si nuestros movimientos no prevalecen con vida propia, contribuyendo a un futuro mejor.

Pero ¿qué pasa si no no se están doblegando hacia la justicia? ¿Qué pasa si el arco moral universal tiene la espada encorvada y la crisis ecológica desborda nuestra capacidad moral colectiva? Hay que decirlo sin rodeos: ¿Qué pasa si el homo sapiens entra en un callejón evolutivo sin salida?

Este es el problema central de la historia de mi toma de conciencia. Cuando comencé este proceso hace 20 años, me hice el compromiso de enfrentarme a la verdad con lo mejor de mis capacidades, incluso aunque esa verdad fuese dolorosa o desagradable. Mis ideales no han cambiado y mi compromiso con las organizaciones no ha disminuido, pero el peso de esta evidencia me sugiere que nuestra especie está entrando en un período de declive permanente, debido a un rápido deterioro de las condiciones ecológicas. Creo que tenemos más problemas de los que la mayoría de la gente está dispuesta a reconocer.

Este no es un argumento para renunciar al abandono de la política radical. Sólo es una descripción de lo que me parece cierto, y no puedo ver cómo nuestros movimientos se dan el lujo de evitar este problema. No digo que tenga razón en todo, aunque tengo la seguridad de que este análisis es plausible y debe estar entre nuestras preocupaciones. Sin embargo, lo que veo es que la mayor parte de las personas quieren apartar ese cáliz de la vista.

Al tratar de dar sentido a la política de sensibilización, trato de evitar la imagen de mí mismo como un héroe épico que vence la adversidad desde la verdad. Esa es una lucha, pero es posible cuando una parte de una comunidad política vibrante, en el que todos adquieren responsabilidades, y en todos mis ensayos creo que he hecho un buen trabajo en este terreno. Podemos superar nuestra arrogancia individual.

Más difícil resulta enfrentarnos a la posibilidad de que la especie humana haya sido lanzada como un héroe trágico. Los héroes trágicos se enfrentan a adversidades, sus errores de juicio se basan en sus defectos de carácter inherentes. La arrogancia con la que los humanos modernos tratan el mundo de los seres vivos, la arrogancia de la era de la alta tecnología, puede tener efectos trágicos. Rodeados de fastuosos edificios, de sofisticados aparatos electrónicos creados por la inteligencia humana, es fácil para nosotros creer que somos lo suficientemente inteligentes como para sacar adelante este complejo mundo. Pero inteligencia no significa sabiduría y la capacidad de crear no garantiza la capacidad de destrucción que se ha desatado.

No todas las sociedades humanas van por este camino, pero vivimos en un mundo dominado por la arrogancia, negándonos a aceptar la realidad de esta decadencia. Esto significa que nuestro despertar individual puede ocurrir dentro de una catástrofe mucho mayor. Ver esta situación genera una profunda pena. Una conciencia política radical debe hacer frente a este dolor.

 

(1)Andrea Dworkin, Letters from a War Zone: Writings 1976-1987 (London: Secker & Warburg, 1988/Chicago: Lawrence Hill Books 1993), pp. 170-171 [↩]

(2)Ibid., pp. 169-170. [↩]

(3)Robert Jensen, Getting Off: Pornography and the End of Masculinity (Boston: South End Press, 2007), p. 9 [↩]

(4)“Where Do We Go From Here?” (annual report to the Southern Christian Leadership Conference), August 16, 1967 [↩]

 

Robert Jensen es profesor de periodismo en la Universidad de Austin en Texas, y autor de “Ciudadanos del Imperio: la lucha por reclamar nuestra humanidad” y “La pornografía y el fin de la masculinidad ( South End Press, 2007). Su último libro es “Todos mis huesos tiemblan: en busca de un camino de acceso a la voz profética”, publicado por Soft Skull Pres. Su dirección de correo electrónico: rjensen@uts.cc.utexas.edu. Sito web de Robert: http://uts.cc.utexas.edu/~rjensen/index.html

 

http://dissidentvoice.org/2011/02/consciousness-rising-world-fading/

 

 

 

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2 comentarios »

  1. Mi vida, mi pasado, mis ideales políticos, mi familia, mi país, mis cursos. Yo, yo, yo,yo….. Estoy harto del yo. Si quieres cambiar el mundo, desazte del yo y mira el mundo tal y como es. La objetividad es el camino para mejorar algo la sociedad. La critica desde los despachos me parece grosera he insultante. El intelectual que come todos los días porque tiene un buen sueldo lo tiene fácil.
    Estoy cansado del yo.

  2. http://WWW.LEYCOSMICA.ORG

    Antes de todo quiero agradecerte tu esfuerzo por compartir tal información. Si todos difundieramos estos conocimientos podríamos crear una mayor conciencia. Sin aprendizaje no hay futuro, siempre es bueno escuchar a los demás.

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